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Opinión / Sabatinas

Brillar o reflejar

Por Fermín Mínguez 07 noviembre, 2015 - 10:18

Voy a volver a hablar de rugby, les aviso de inicio. ¿Por qué? Pues porque uno es rugbista militante y para una vez cada cuatro años que se nos hace un poco de caso, tenemos que aprovechar.

Me consta incluso que hay quien vio el mundial después del artículo sobre la victoria de Japón, bienvenidos sean los nuevos seguidores.

Como sabrán el mundial lo ha ganado Nueva Zelanda y su rugby total. Nuestros amigos japoneses no pasaron la primera ronda pero ha sido el mejor mundial de su historia, y eso no es decir poco. También ha sido el mundial de los grandes gestos, de esos en los que un deporte de valores como el rugby es especialista. No sé si habrán visto el que tuvo Sonny Bill Williams jugador de Nueva Zelanda (1´94m y 108 kg. el angelico) al regalar su medalla de oro a un niño que entró en el campo para abrazarlo y fue parado bruscamente por un guarda de seguridad. “No podía ser que el niño se llevase un mal recuerdo de ese día”, vino a decir. Y ahí empieza la diferencia entre brillar y reflejar.

Mi gesto favorito fue cuando en la rueda de prensa posterior a la final Richie McCaw, capitán de Nueva Zelanda, tras ganar el mundial , tras ser la primera selección que lo gana en tres ocasiones, y la primera que lo gana dos veces consecutivas suelta: “Solo somos gente normal que juega bastante bien al rugby”.  McCaw ha sido designado tres veces mejor jugador del mundo y es considerado por muchos el mejor en su posición. Este señor cuando fue suplente en un partido en el que le tocó descansar, fue el encargado de llevar el agua a sus compañeros durante el partido. ¿Se imaginan a Messi o Cristiano Ronaldo haciendo esto?  Y esa sigue siendo la diferencia entre brillar y reflejar. Para brillar no hace falta tapar al otro, ocultarlo para aprovechar su luz. El brillo es interior. Y se brilla siendo el mejor en lo que te toque hacer, no sólo cuando sabes que te miran, bajo los focos. Como McCaw. Cuando toca jugar, ser el mejor, darlo todo, hasta la extenuación. Que toca estar en el banquillo, ser el mejor aguador. Que no eres ni convocado, anima como el que más. Eso es compromiso. Cada parte es igual de importante.

El titulo tiene más valor por el titánico partido de Australia, que llegó a tener contra las cuerdas a la que puede ser la mejor selección de todos los tiempos. Y eso fue lo primero que reconocieron al terminar el partido. La grandeza del rival. Ni una crítica, ni una mofa, ni un mal gesto. Ganó el mejor, pero eso no significa que el que pierda sea malo. Sólo que quien ganó brilló más.

En nuestro día a día es habitual encontrarnos con personas que hacen de la crítica su forma de comunicar, de hacerse fuertes. Es más fácil parecer mejor haciendo malo al otro, requiere menos esfuerzo. Todas estas personas, por supuesto ninguno de nosotros, son los demás, claro, son las que rehúyen responsabilidad, las que no dejan avanzar, las que hacen que nunca podamos ser campeones del mundo. Son reflectores, o reflectantes. O ambos. Su valor depende de la valía de otros. Su objetivo es personal, pero el brillo ajeno. Es como el “sólo me importa ganar” de CR7 cuando juega en un deporte de equipo. McCaw dijo en esa misma rueda de prensa post-final que lo importante era divertirse jugando, poder llegar al sofá con buenos recuerdos, o con la satisfacción de haber alegrado el día a un niño regalándole tu medalla de oro.

Aquellos que consiguen brillar, que son capaces de irradiar en los demás, de hacer que otros crezcan, aquellos son a los que reconocemos como líderes. Los que consiguen sacar lo mejor de nosotros mismos, porque dan lo mejor de sí. Todos podemos brillar. Siempre se puede brillar. Y para eso no hace falta que ceguemos a nadie, ni mucho menos que lo apaguemos. Brillar no necesita renunciar a todo lo que hicieron mis predecesores, sino mejorarlo. No es necesario pensar sólo en lo propio, sino en lo que necesitan los demás.

Y esto no es solo para que lo aprendan los futboleros (que también, queridos, que también), sino los gestores de personas y equipos, la gente de  empresa, y los dirigentes. Que sería perfecto que en lugar de aprovechar el tiempo que tienen para imponer sus credos y ajustar cuentas, intentasen consensuar propuestas que mejoren el estado de sus ciudadanos (como una ley de educación consensuada y que no cambiase cada primavera, por ejemplo)

Y también aplicable para todos y cada uno de nosotros, yo el primero. Seamos gente normal que “hace bastante bien” lo que sea que hagamos. Brillar y no reflectar, hacerlo lo mejor que sé, ayudar a  que a mi alrededor lo hagan lo mejor que puedan. Este sábado me toca animar desde la grada y no vestirme de corto. Hasta quedarme afónico. A lo que toque.

Ya lo decía Loquillo, “yo no he impuesto las reglas pero me gusta jugar”. Yo juego. Vamos.

Jueguen.

Y brillen.


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