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Los totalitarios vascos señalan al PSN para tapar su derrota en las urnas

Por Editorial 16 junio, 2019 - 23:35

La toma de posesión de Enrique Maya y la pérdida de numerosas alcaldías deja en evidencia la verdadera cara del nacionalismo: violencia y acoso. 

Joseba Asirón jalea a las masas que acudieron a la llamada de la izquierda abertzale para insultar a Maite Esporrín y Enrique Maya tras la toma de posesión de este último como alcalde de Pamplona. PABLO LASAOSA
Joseba Asirón jalea a las masas que acudieron a la llamada de la izquierda abertzale para insultar a Maite Esporrín y Enrique Maya tras la toma de posesión de este último como alcalde de Pamplona. PABLO LASAOSA

El nacionalismo vasco comenzó el sábado su campaña para tratar de tapar su derrota en las urnas y la continuó en los medios afines con expresiones como "agostazo" para calificar la democrática toma de posesión de las decenas de alcaldes en Navarra. 

Como cualquier otro movimiento de corte totalitario, el nacionalismo vasco no es diferente a otros de extrema derecha que hemos visto nacer en numerosos países del mundo, donde se trata de imponer un pensamiento único y, a ser posible, un partido único. 

En Navarra, el PNV (Geroa Bai) y Bildu representan con nitidez ese intento de evitar la disidencia política, algo que quedó reflejado en los insultos y acoso que sufrieron los concejales de Navarra Suma o PSN a la salida del consistorio, después de la toma de posesión de Enrique Maya. 

No es aceptable que partidos que persiguen imponer una autocracia con personas a las que hay que reverenciar, como Asirón o Barkos, critiquen a los socialistas de Navarra por elegir en conciencia y libertad a las personas que ellos mejor consideren para los cargos municipales.

El nacionalismo vasco ha utilizado las clásicas fórmulas de la propaganda nazi y sabiniana para esconder que fueron derrotados por los propios ciudadanos en las urnas y han buscado un culpable al que poder señalar para responsabilizar de su debacle: el PSN. 

Resulta especialmente curioso mirar el caso de Pamplona, donde los dos partidos radicales suman 9 concejales, uno menos que en 2015. Junto e ello, los socios en los que se apoyaron para extender la euskaldunización en la ciudad han desaparecido del salón de plenos. Ni Aranzadi, ni Podemos, ni IE han conseguido representación porque la gente no les ha votado. Así de sencillo. Los pamploneses no les han querido en el consistorio. 

¿Y qué le exigen ahora los nacionalistas al PSN, cuando ha sido uno de los puntales de la oposición más dura contra el nacionalismo? Quieren sus votos para tapar sus vergüenzas y poder culpar a otros de que los ciudadanos ya no les apoyan. 

Con la excusa de "conformar gobiernos progresistas" tratan de presionar para seguir con la expansión de su ideología autoritaria y controlar así todos los ámbitos de la vida pública, algo sobre lo que llevan años trabajando.

Enrique Maya tomó posesión con 13 concejales, a sólo uno de los 14 de la mayoría absoluta. Los dos partidos totalitarios solo consiguieron 9 votos, mientras que los 5 ediles del PSN optaron por votar a su propia candidata. Una decisión perfectamente legítima y libre. 

Los esbirros de Asirón les esperaron a la salida. Insultos, persecuciones, gritos de traidores. ¿Ahora se enteran de que el PSN era su oposición y no comparte con Bildu absolutamente nada?

Los clichés de que llegan "las derechas" y tratar de sugerir que la alcaldía les ha sido "robada" para no reconocer que han sido derrotados en las urnas es el mayor ejemplo de que ni Bildu ni el PNV aceptan la democracia en Navarra y que mantendrán su postura de violencia y asedio propia de su ideología. 

Lo intentaron a tiros durante años. Por eso tampoco se entiende que el PSN haya equiparado a Navarra Suma con Bildu en su empeño de trazar líneas rojas y haya permitido comparar a los partidos que jalean a los terroristas con las personas que han plantado cara al nacionalismo durante años, algunos incluso con su sangre. 

De igual forma no puede nadie entender que Maite Esporrín o María Chivite hayan esperado o quieran todavía los votos de los totalitarios para gobernar. Es una cuestión de dignidad, la misma que siempre ha acompañado al PSOE a lo largo de su historia. 

Al nacionalismo se le combate, no se le guiña un ojo. Al nacionalismo se le planta cara, no se esperan sus votos.

El ejemplo lo hemos visto a las primeras de cambio. Esperemos no tener que lamentar nada peor.


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