Opinión / La vida misma

"Si nos siguen llamando golpistas"... y un complejo

Por César Martinicorena 23 Noviembre, 2018 - 9:12

Mientras todo el mundo va a enfrascarse en la repugnante anécdota de si un diputado resopló, rebuznó o escupió a un ministro de España, mientras los tertulianos a peso van a asegurar que fue un estornudo o que esputó el virus ébola por su putrefacta boca podemos perder la ocasión de dar el ejemplo perfecto de como funciona una mente enferma.

Rufián abandona el Congreso ante la mirada del ministro Josep Borrell EFE
Rufián abandona el Congreso ante la mirada del ministro Josep Borrell EFE

“Si nos siguen llamando golpistas les llamaremos fascistas”, decía Tardá. No se si hace falta la explicación pero allá vamos. Los complejos de inferioridad e inferioridad suelen ser entendidos como conceptos antagónicos. Quién sabe; quizá lo sean. No para mí. Lo que los une se revela mucho más importante que lo que los diferencia. Que una persona se pueda sentir inferior con respecto a otra no dista en demasía de aquella que se siente superior al resto. Lo que une ambas patologías, lo que las hace igual de peligrosas, es la necesidad de compararse, de definirse siempre respecto al otro.

Si me llaman golpista…suena exactamente igual que “si me arreglan El Liceo, si el ciudadano Borbón intercede para la llegada del Gugguenheim a Bilbao, si me aceptan el concierto económico o si ilegalizan a Bildu”. Vaya, que si les dices “hola, cariñico, toma Lacasitos”” en vez de faascistoide o de pertenecer a las SS, pasarás a militar en la más soporífera de las democracias cristianas.

Ese es el complejo. La necesaria obligatoriedad para definirse siempre respecto al otro. Al enemigo. Tu no eres, no sientes ni padeces, no actúas como un ser humano libre y racional. Abrevas de los caladeros que te ofrece el enemigo, siempre secular. No importa demasiado que Torrá se levante un día viéndose a sí mismo como Alain Delon, Ana Gabriel como Brigitte Bardot o Junqueras como Belmondo. Y no importa porque quien un día se siente, por comparación, genéticamente superior, con las legañas del día siguiente se va a reflejar en el espejo como un oprimido, maltratado y víctima de todos los males que acontecen en la civilización. O sea, en el resto de España. Ahí reside la tragedia de todo nacionalismo. Y ahí yace ad etertnum la razón, la reflexión, el intelecto y la cordura.

No dan para más. El nacionalismo jamás dio para más. Ninguno. Si la visión que Rufián y Tardá tienen de España viene definida por la postura que los otros mantienen sobre un conflicto equis, esto no significa otra cosa que el vacío intelectual y moral roza el cero absoluto; la nada.

Y es que la diferencia no se puede aceptar. Ni de pensamiento, palabra u obra. Las religiones, ya se sabe. Da igual que el código penal se cumpla a rajatabla si la consecuencia vulnera el catecismo de la aldea. Estos dos tarados no han dicho otra cosa que somos rebeldes porque el mundo nos ha hecho así. Si nos llamáis golpistas, ay pobres, no respiro. Si pinchas, pus.

Esa incapacidad para el error que padecen el nacionalismo y el marxismo hace imposible todo intento para la argumentación y el debate. El feminismo ideológico-o sea, el no-feminismo- se ha descubierto anticapitalista cuando es éste quien le ha proporcionado el marco de mayores libertades que jamás pudo imaginar. Pero da igual; el enemigo lleva traje y corbata de banquero, nunca el delantal del panadero que utiliza su capital para gozar de una independencia, unos derechos y unas obligaciones que todos, o casi, compartimos y deseamos para cualquier ser humano.

La noticia, sin duda, vendrá de la mano de las flemas- o su ausencia- de un cerdo botarate que hace dudar de la evolución de las especies. O eso o constatar que esa misma evolucionar puede llevarte a convertirte en un despojo humano.

En fin, del Pijus Magníficus de Monty Python a un Cerdus Ibéricus de ERC.


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