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Carta a Sangüesa: Ciudad de Reyes

Por Pablo Sabalza 10 Septiembre, 2016 - 20:39

En homenaje a la celebración de sus fiestas, carta a Sangüesa. 

Portada de la iglesia de Santa María la Real de Sangüesa.
Portada de la iglesia de Santa María la Real de Sangüesa.

Y yo me iré...

Y se quedarán los pájaros cantando...

El pueblo se hará nuevo cada año

y tocarán, como esta tarde están tocando,

las campanas del campanario.

Y yo me iré...

Y se quedarán los pájaros cantando.

Querida Sangüesa:

Te escribo desde la distancia.

El recuerdo se multiplica cuando uno se encuentra lejos de casa y añoras, inevitablemente, lugares y personas que forman parte de tu infancia, de tu juventud o, de ambas.

Lo sé. Sé que podría mandarte un email o un washap (se escribe así?) que llegase a ti de manera instantánea pero, me resisto a dejar de escribir con papel y boli y, prefiero si no te importa, escribirte una carta.

Esta pasada noche te he soñado.

‘Era un día claro y limpio de Septiembre. Aún olía a pan en las calles y así, miga a miga, despertaba el pueblo.

Los más madrugadores se citaban en el Práu, en las Arcadas o en los Pozancos e iban disfrutando del almuerzo.

Infantiles cohetes soliviantaban a los más mayores, que espetaban:

- Me cago en los crios y los petardos. ¡Mocé, cómo te gastas el pre en petardos..!

- Déjalo –le recriminaba la mujer. Échale un trago a la bota y no seas tú el petardo.

Era bello mi sueño.

A las doce en punto estalló la fiesta. Las cuadrillas de anteayer como El Ciclón o El Batajo, las de ayer como La juerga o El Timple o las de hoy como El Jolgorio, La Alegría, La Diversión, El Ruido o La Charanga describían perfectamente aquel momento.

Esta última, con sus trombones y bombos y saxos y sus letras pícaras amenizaban el festejo. Eran, cómo decirlo, como pájaros cantando.

Comí queso y bebí vino y me puse un pañuelo rojo con el escudo bordado que guardo con sumo amor como herencia.

El Grupo Rocamador con sus txistularis agrupaban a niños y adultos danzando con una coreografía que emocionaba mis ojos y me regaba el alma.

¡Mágicos momentos creados por mágicas personas!

Y así, volví a ser un niño en una ciudad de reyes. Primero con sus gigantes cristianos y, más tarde, con los moros.

¡A mí la mora, que me mire la mora!

Cabezudos como Napoleón, Pocaboina, Payaso, Bardenero, Calvo y Hortelano sujetaban su cabeza y provocaban mil risas y cientos similares a, cómo decirlo, a pájaros cantando.

Y me fui a ver a Gorgorito. ¡Ay, infancia mía, paraíso del que jamás podremos ser expulsados!

Era bello, era bello mi sueño.

Acudí a las Vísperas con los Gaiteros, la Banda de Música y la Coral Nora brotando en mi rostro una lágrima de emoción.

Salí corriendo, como delante de un toro, y llegué a la Plaza. Sentado en un banco de madera, y de vino que no de agua regado, disfruté de la Becerrada de los quintos. ¡Cómo lidiaban los mozos! ¡Y cómo aplaudía el tendido! ¡Y cómo hubiese saltado al ruedo para dedicaros mi sueño aprovechando que estábais allí todos reunidos!

Sangüesa, cuánto añoro vagar tu cuerpo, saludar a las gentes, caminar despacio. Contemplar el río Aragón, discurrir y transcurrir, lamiendo los campos.

Poco a poco, miga a miga, fui despertando de mi letargo.

Y allí dejé, tras las dianas, a mis sangüesinos entre San Salvador, Santa María y Santiago. Con su subidica y su bajadica, con su jota vieja y su verbena, con sus bailes jóvenes y sus toros de fuego, con su vino y sus petardos...

Pues eran todos ellos a mis oídos, cómo decirlo... como pájaros cantando’.

Me despido. Nos vemos pronto.

Besos y Abrazos.

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