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Blog / La cometa de Miel

Tan fácil como leer un libro al mes: 'El nombre de la rosa'

Por Pablo Sabalza 29 febrero, 2016 - 1:58

Incienso azul y místico. La piel de una piedra gélida. Un áspero misterio. Hábitos centenarios. Rezos susurrados. Una campana. Dos cirios. Tres bostezos. Aquella celda con mesa y silla, cruz, cama y pensamiento.

Les desvelo que soy escritor de monasterio. Desde hace muchos años me he recogido en diversos enclaves monacales para, ausentándome del mundo, escribir, leer y pensar.

Habiéndome hospedado en el monasterio de la Oliva y en el de Alloz y visitado desde niño el de Leyre o, desde hace más de una década, abrigado en innumerables ocasiones por el monasterio benedictino sito en Gran Canaria, debo apuntar que el Eco de Umberto ha estado presente en todas y cada una de las veces que allí me he retirado.

El pasado viernes 19 de febrero recibíamos la triste noticia del fallecimiento del escritor de Alessandria (norte de Italia), Umberto Eco. Doctorado en Filosofía y letras por la universidad de Turín y ejerciendo de profesor de comunicación en Florencia y Milán, se desplazó a Bolonia (considerada primera universidad europea) para ocupar cátedra de semiótica.

¿Y esta palabra tan rara qué significa?

La semiótica es aquello que estudia el signo y aborda la interpretación y producción del sentido, pero no trata el significado. A ver… el sentido que podemos dar a una frase no tiene porqué ser acorde a su significado. Lean Chomsky o a Veron. Lo comprenderán mejor.

El caso es que después de escribir nuestro ilustre escritor, comunicólogo y semiólogo veintidós ensayos (’El problema estético de Tomás de Aquino’; ‘Ópera aperta’; ‘La poética de Joyce; ‘La definición del arte’; ‘Cómo se escribe una tesis’;…) llega con edad avanzada y con un notable cayo en el dedo a su primera novela y, sin ningún tipo de duda, a la más aclamada.

El nombre de la rosa’. Obra dividida en seis capítulos y que debo señalar atrapa desde la primera página.

Nos desplazamos a la Italia del siglo XIV (1327). Los protagonistas son el franciscano Guillermo de Baskerville y su discípulo Adso de Melk. En un invierno azotado por la nieve llegan a una abadía con el propósito de alejarse del mundanal ruido. Esta abadía, célebre por su valiosa biblioteca, ya que custodia ejemplares únicos y obras de grandísimo valor, será el enclave donde se desarrollará una de las más famosas investigaciones que nos ha entregado la literatura.

Una serie de asesinatos sin sospechoso alguno; crímenes misteriosos en los que las víctimas aparecen con los dedos y las lenguas manchadas; un libro envenenado: ‘Poética de Aristóteles’; una biblioteca laberíntica; la inquisición; el sexo por primera vez; el enfrentamiento del sector ortodoxo de la iglesia con las congregaciones franciscanas o división del clero; el espíritu renacentista; los inventos; la doble moral; la historia; la filosofía; el latín…

Muchos lectores han percibido en esta obra al autor Arthur Conan Doyle y a su detective Sherlock Holmes y su inseparable Watson o, en ciertas pinceladas, a Jorge Luis Borges, considerado para mí e interpreto que para muchos, junto a Galdós, el premio Nobel no concedido.

Sé que han visto la película de Jean Jacques Annaud protagonizada por Sean Connery y Christian Slater. Sé que disfrutaron con ella. Sé, incluso, que algún día volverán a verla…

Pero, no sé, si han leído la obra. Les animo a que lo hagan. Es una gran obra literaria.

Yo volveré pronto al monasterio benedictino junto a Umberto a escribir un nuevo libro. A ese enclave bañado por un incienso azul y místico, por la piel de una piedra gélida, por un áspero misterio.

Una campana, dos cirios, tres bostezos… La silla, la cama, la mesa y mis pensamientos.

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