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Blog / La cometa de Miel

Sorolla, o la mar que Madrid navega

Por Pablo Sabalza 04 abril, 2016 - 2:00

Si echas de menos la mar en Madrid siempre puedes acudir al Museo de Sorolla.       

Museo de Sorolla.
Museo de Sorolla.

Enfilo la calle General Martínez Campos y arribo, como capitán del barco que gobierno en el asfalto de la capital, al puerto que no es otro que el del Museo de Sorolla.

Mezcla de estancias andaluzas y clásicas italianas, mármoles y azulejos trianeros, fuentes donde el agua corre, ríe, vuela y sueña conviviendo con aromas y perfumes que se desatan en los jardines que son la entrada a la Casa-Museo del pintor. Magnolias, ciruelos, laureles, naranjos y arrayanes son parte del abanico visual que me topo en este precioso jardín restaurado entre 1987 a 1990.

D. Joaquín Sorolla (1863-1923) se desplazó de la calle Miguel Ángel a esta magnífica estancia en el año 1911 junto a Clotilde (mujer y eterna musa) y sus hijos María, Joaquín y Elena.

El Museo se inauguraría en 1932 siendo su primer Director el hijo del pintor.

Izo velas en este majestuoso enclave que me sabe a orilla de la mar anclada.

La planta del semisótano, que correspondía a la cocina y otros espacios del servicio, disfruta de un patio de inspiración andaluz con una fuentecilla en la que sus dedos de agua a mis oídos planea como guitarra flamenca.

Las paredes de la galería están repletas de abundante cerámica. Piezas valencianas (Manises, Paterna, Alcora…) y alfarería popular de Andalucía cubren estos muros por los que al pintor, en sus eternos paseos, le espiaron meditar sus lienzos.

Como si de un velero se tratase subo a la primera planta, para mí el palo de trinquete, y me sitúo en la introducción a las obras del artista valenciano. Los primeros cuadros, anfitriones de la Casa, son ‘Clotilde con traje de noche’ (1910), protagonista de muchos de los lienzos y en los que plasma el carácter y la fortaleza del personaje que Sorolla admiró y resaltó; ‘Autorretrato’ (1909) en el que figura nuestro protagonista con elegante sombrero de fieltro gris y en el que conjuga pinceladas casi líquidas con trozos muy empastados; ‘Mis hijos’ (1904) con señalada inspiración de ‘Las Meninas’ por la situación del grupo, la sugestión atmosférica y el lienzo preparado para el retrato o ‘Después del baño’ (1892), preciosa, preciosa obra de colección privada pintada por el artista con apenas 29 años en la que se contempla a una mujer sentada en el suelo y en la que Sorolla juega con distintos tonos (piel, mármol y sábana) con verdadero dominio de los blancos, característico de la obra del pintor.

Y tres obras significativas del artista:

El baño del caballo’ (1909) en su origen ‘El caballo blanco’. Sinfonía de blancos y azules con ese espléndido reflejo de la luz sobre los cuerpos y el agua, y las sombras sobre la arena.

Un lienzo que refleja los momentos de ocio familiar es ‘La siesta’ (1911), en el que prescinde del horizonte y desarrolla toda la escena en el suelo, en un mar insólito de hierba verde que acoge a las figuras en su mullido frescor.

Aunque el lienzo que me sobrecoge es ‘La bata rosa’ (1916) considerado por el pintor ‘de lo mejor que he hecho en mi vida’. Recurre a los contraluces, las luces filtradas y salpicadas. Luces, al fin y al cabo, limpias y brillantes de dos figuras de cuerpos armoniosos que revela Sorolla seductoramente.

Desciendo del palo de trinquete y me desplazo, por la eslora del Museo, al palo mayor que no es otro que el despacho del pintor. Aquí, en esta preciosa sala repleta de esculturas de madera y bronce, con sofá y mesa central, descansan buena parte de los cuadros familiares como son ‘Clotilde con mantilla negra’ (1919); ‘Joaquín’ (1917); ‘María vestida de blanco’ y ‘María con sombrero’ (1903); ‘Clotilde en el jardín’ (1919) y el de su cuñado ‘D. Juan Antonio García Del Castillo’ (1887).

Esta preciosa estancia en que Sorolla recibía a sus clientes dispone de unas paredes que en época del pintor estaban en continuo cambio, como la mar por la mar envuelta, como la ola que la ola se lleva.

Y llegamos a la tercera sala, contigua a las anteriores. Ese último palo de la arboladura que es la casa del pintor. En este palo de mesana se halla el lugar donde trabajaba el artista. Su taller.

Espacio que evoca a Sorolla en estado puro. Donde el mar más se agita. Donde el viento más despeina. Donde la luz más te ciega. Donde el agua más salpica. Donde la pintura más te vuelca.

El balandrito’ (1909). ¿Sabes cuál es? Ese cuadro con el niño jugando en la orilla con un barquito. Ese, ese precioso lienzo.

Paseo a orillas del mar’ (1909) o una de sus obras más representativas con largas pinceladas azules, malvas y turquesa bajo de telón de fondo de las figuras (su mujer y su hija) que pasean por la orilla. ‘Rompeolas, San Sebastián’ (1918); ‘Saliendo del baño’ (1915); ‘Nadadores, Javea’ (1905); ‘Pescadora con su hijo’ (1908)…

La luz atravesando el agua en movimiento. La mar agitada que se vuelve oscura a tus ojos. Sensualidad intensa. Inmersión de sol y mar. La mar, la mar, sólo la mar.

Navego con mi velero y arribo a la Exposición Permanente sita en la segunda planta bajo el título ‘Sorolla. Tierra Adentro’ organizada por el Museo Sorolla y la Fundación Sorolla e instalada en las dependencias del Museo hasta el 5 de junio.

El encargo para decorar la Biblioteca de la Hispanic Society of America de Nueva York marcó la vida del pintor obligando a Sorolla a recorrer toda España. En esta exposición hallo Paisajes de valencia, campos de azucenas, de limoneros o la Albufera.

‘…y en el extremo opuesto, los pueblos de la Ribera Alta flotando en la larga esmeralda de sus huertas, de lejanas montañas de un tono violeta, y el sol que comenzaba a descender como un erizo de oro’.

Oteo paisajes de Guipúzcoa, de San Sebastián, de Mena de Pravia.

Aunque la región que más emocionó al pintor, sin hacer literatura, fue Castilla. Con su eterna melancolía en donde las cosas adquieren un vigor extraordinario, donde una figura en pie en aquella planicie toma las proporciones de un coloso.

‘Eres tú, Guadarrama, viejo amigo,

la sierra gris y blanca,

la sierra de mis tardes madrileñas

que yo veía en el azul pintada? 

Antonio Machado

La catedral de Burgos nevada; Toledo; Granada… ‘Las lágrimas me subían a los ojos, y no eran lágrimas de pesar o alegría, eran de plenitud de vida silenciosa y oculta por estar en Granada’; y Sevilla son algunos de los enclaves que se pueden disfrutar en esta exposición que nos traslada por buena parte de la piel de toro.

Desciendo por la escalera principal y me sumerjo en la zona doméstica de la Casa-Museo. Un gran salón con una gran cristalera abierta al patio, un antecomedor y el comedor principal con un friso vestido de guirnaldas de frutas (piñas, melones, uvas, manzanas, naranjas y granadas) me conducen por la eslora del velero de mi imaginación de nuevo a los jardinesque me vieron arribar.

Se mezcla de nuevo la mar con los jardines de Sorolla en este día mezcla de azul y amarillo propio de los lienzos en los que me acabo de bañar.

Decía Sorolla: ‘Yo pinto siempre con los ojos’.

Su mirada nos enseña a ver más, a ver mejor, a mirar.

A darme cuenta que en Madrid es posible navegar en los cuadros de Sorolla que van a dar a la mar.

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