Blog / La cometa de Miel

Siempre nos quedará Olite

Por Pablo Sabalza 28 septiembre, 2020 - 9:41

El espectáculo de lo bello, en cualquier forma en que se presente, levanta la mente a nobles aspiraciones. Gustavo Adolfo Becquer.

Un vista del castillo de Olite, en Navarra. ARCHIVO.
Un vista del castillo de Olite, en Navarra. ARCHIVO.

Entre tantas y tantas noticias que circulan por las redes sociales me detuve la pasada madrugada en el titular de una de ellas: Los siete pueblos medievales más bonitos de España.

Estarán de acuerdo conmigo en que son muchos, muchísimos, los pueblos que desde Navarra hasta Canarias merecen el calificativo de ‘pueblos más bonitos de España’ y que de hecho, a día de hoy, adquieren tal consideración como puede ser  el caso de Tejeda, en el municipio de Gran Canaria, o el de Ujué, dentro de la merindad de Olite.

Navarra atesora tal belleza, tanta, que enumerar un listado de lugares conllevaría, inevitablemente, a quedarse corto. Sin embargo, hay una serie de localidades en nuestra comunidad foral entre las que, si viniese una amistad durante una corta estancia, no podría irse sin visitar. 

Y entre todas ellas, convendrán conmigo, está Olite.

Descabalgué este verano de nuevo en la capital del vino, pues es Olite desde los romanos tierra generosa en su producción tanto por su tradición como por su cultura, y descubrí una vez más que todos sus rincones son líricos, que si llegas deprisa te vuelves manso, que un túnel del tiempo te absorbe y cobra un sentido mágico, que los sueños de mi infancia retornan en forma de magos, de reyes, de torneos. Que me vuelvo arquero en una almena y juglar rodeado de esplendores, que la yedra que cubre la piedra es más excelsa en su fermosura y que mi encantamiento durará lo que tarde en despedir cada una de sus torres y sus nobles caserones y sus iglesias y su romántica e inmortal armonía.

Visitar Olite es besar mi recuerdo.

Gustavo Adolfo Becquer lo describía de esta manera:

“Cuando el sol brilla y perfila de oro las almenas, aún parece que se ven tremolar los estandartes y lanzar chispas de fuego los acerados almetes; cuando el crepúsculo baña las ruinas en un tinte violado y misterioso, aún parece que la brisa de la tarde murmura una canción gimiendo entre los ángulos de la torre de los trovadores, y en alguna gótica ventana, en cuyo alféizar se balancea al soplo del aire la campanilla azul de una enredadera silvestre, se cree ver asomarse un instante y desaparecer una forma blanca y ligera”

Los siete pueblos medievales más bonitos de España que figuraban en aquel listado eran: Trujillo (Cáceres), Albarracín (Teruel), Buitrago de Lozoya (Madrid), Besalú (Gerona), Santillana del Mar (Cantabria), Pedraza (Segovia) y, nuestro querido Olite, en Navarra.

Yo sé que no soy objetivo. Que me pueden mis raíces y una fragancia de oro, siempre de oro, engalana mi sentimiento si proviene de mi tierra. 

Pero es Navarra, inmensa. Y camino por la vida con este tesoro. 

Y cuando en las tardes mustias, así como ésta, mi mirada se pierde en el amanecer de mi nostalgia, hallo consuelo en el perfume de mis recuerdos.

Y asomando, sonriente tras una almena, me pregona Olite su identidad eterna.

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