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Blog / La cometa de Miel

Los puentes de Madison en Navarra

Por Pablo Sabalza 20 diciembre, 2021 - 9:53

Sólo lo diré una vez. No lo había dicho nunca antes, pero esta clase de certeza sólo se presenta una vez en la vida.

Los cines Olite. ¿Se acuerdan? 

Mis amigos me preguntaban en broma si desde casa de mis padres, unos pisos por encima del cine, se llegaba a escuchar las películas que se proyectaban diariamente y yo, protagonista y mentiroso por partes iguales, les respondía que sí. 

En la acera de entrada al cine se arremolinaban las cuadrillas de amigos, las parejas de enamorados, los niños con sus padres o abuelos…todos quedaban reflejados y encuadrados en el cristal de la puerta del portal por donde, curioso, les espiaba, mientras éstos esperaban a que les diesen por fin acceso a las salas.

No se pueden imaginar cómo me entretenía observando en las vitrinas del exterior del cine los fotogramas que correspondían a alguna secuencia de las películas que se estaban proyectando. A través de aquellas imágenes orquestaba toda la trama: el que viste de blanco es el asesino; en esta fotografía se ve que los protagonistas se gustan; la casa del estanque tiene mala pinta… Y así me convertía en Salvatore, protagonista de Cinema Paradiso, pero sin saberlo. 

Era un niño a las puertas de un cine.

Disfruté de todas las películas que pude en aquellos años 80 y que hoy ya se han convertido, algunas de ellas, en clásicos del celuloide. Me refiero a E.T., el extraterrestre; El nombre de la rosa; Memorias de África; Gorilas en la niebla; Top Gun…Sin olvidar otras más infantiles como Cariño, he encogido a los niños; Superman; Willow; La historia interminable; Regreso al futuro o, una de mis preferidas en aquellos años, Los Goonies.

Sin embargo, hay una película de los años 90, una por encima de todas que me pellizcó el corazón. 

Se titulaba, Los puentes de Madison.

Supongo que la habrán visto alguna vez. Cada cierto tiempo la echan por la tele. 

Les cuento muy por encima de qué va tanto para los que no la hayan visto como para aquellos que no la recuerden.

Se desarrollaba en el condado de Madison. La protagonista se llama Francesca, una mujer con una vida monótona, que reside con su marido e hijos en una granja dedicando todo su tiempo libre a las labores del hogar. Su familia se va durante unos días a una feria de ganado y durante ese tiempo recibe la visita de Robert, un fotógrafo que trabaja para el National Geographic y que ha llegado a la zona para hacer un reportaje de los famosos puentes cubiertos de la región. Francesca le da cobijo y así, como se inician los ríos, comienzan a compartir momentos de complicidad. Con las historias que Robert le cuenta se abre todo un mundo nuevo para ella. Poco a poco, la pasión surge entre ellos, y Francesca tendrá que elegir entre su aburrida rutina y el recién descubierto deseo hacia Robert.

Les contaré algo.

A partir del momento en que vi esa película, cada vez que paso por un puente me acuerdo de aquella historia de amor.

Y así me ha ocurrido con varios puentes de nuestra tierra.

Lo sé. No soy acertado en estos tiempos de lluvia e inundaciones al escribir de puentes, de puentes y de amor.

Discúlpenme, por favor se lo pido, pero este texto discurre movido por los afluentes de mi corazón.

Estoy seguro de que alguna vez estuvieron en Puente la Reina.

¿Hay enclave más romántico? Pocos lugares conozco en el mundo, y mis ojos algo han nadado, donde el corazón se sienta más feliz.

Y el puente de hierro de Sangüesa, ¿acaso no es una pequeña parte de la torre Eiffel en horizontal?

O el Puente del Diablo de la foz de Lumbier…ay, si yo fuese influencer, o si me gustase instagram, iría a sacarme una foto con mi pareja y estando cada uno en un extremo del puente vendría a titularla, ‘Te amo sin fisuras’.

Y qué me dicen del Puente de la cárcel de Estella. Eso sí que es un puente. Nadie puede escapar del sueño de su presencia. Ni tan siquiera los labios de su piedra que se besan con el río Ega.

Y si van a Zubiri hallarán el Puente de la Rabia. Un poema en sí para nuestros sentidos. Un júbilo para el alma y para los peregrinos.

Me vienen a la memoria otros muchos puentes como Puente del Ebro de Tudela; Puente de Miluze y Puente de la magdalena en Pamplona; Puente de Larrasoaña; Puente Arrobi en Burguete…

Cuando tengan oportunidad vayan a visitarlos y a deleitarse a través de sus vistas y su paseo. Estoy convencido de que una nimia sensación de paz y regocijo se instalará en su interior infinito.

Y yo seguiré pensando, iluso de mí, que en cada uno de ellos se esconde una historia romántica que se dilata en el tiempo y abarca desde la Edad Media, cuando estos puentes y otros que hubieron antes fueron erigidos, hasta el día de hoy.

El próximo viernes regresaré a Pamplona por Navidad. Acudiré a los cines Olite donde un día fui el protagonista de Cinema Paradiso sin saberlo. 

Allí donde vi una película de amor con un puente como testigo y que provocó que a partir de entonces extrapole ese romanticismo a todos los puentes que se alzan en mi preciosa y anhelada tierra.

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