Blog / La cometa de Miel

La preciosa historia de la perrita Dina

Por Pablo Sabalza 23 Julio, 2018 - 12:53

¿Son estas las palabras que iluminan el camino?

Una imagen de un perro de raza Cocker spaniel.
Una imagen de un perro de raza Cocker spaniel.

Mertxe Erviti nos cuidó casi dos décadas a mis hermanos y a mí mientras mis padres trabajaban. Se encargaba de las tareas del hogar, de nuestra alimentación y de atendernos en nuestros juegos y deberes.

Aquel interminable pasillo de casa de mis padres se convertía con ella en una maravillosa pista de patinaje.  Las habitaciones eran mejores o peores en función de sus escondites y las mesas con manteles, los cubrecamas o el vestidor del hall se convertían a mis ojos en el país de Nunca Jamás.

Su carácter era afable. Modulaba su voz cuando le convenía provocando mil risas y cientos.

A veces se ponía seria y nos regañaba y así me acercaba yo, como un gatito, para agarrarle por su batín y pedirle perdón. Ella me sonreía y me besaba.

Los sábados encendía la tele para escuchar un programa de música clásica que emitían por la mañana. Subía el volumen del televisor y me pedía que dirigiese a la orquesta. Los clarines y los violines y los saxofones y trompetas sonaban armoniosos a través del movimiento de mi muñeca.

Cuando bajábamos a comprar el pan siempre hacíamos carreras hasta llegar a la panadería de la esquina. Jugábamos a pedir a la panadera dos barras utilizando solo la vocal i:

-Pir fivir, ¿mi pidi dir dis birris di pin?

Y reían las panaderas y las clientas y nosotros con ellas.

Un día llegó Mertxe a casa llorando. Estaba muy triste.

Las personas alegres no deberían nunca llorar.

Su perrita, una preciosa cocker spaniel negro llamada Dina (nunca la olvidaremos) había muerto.

Yo por aquel entonces no sabía o no entendía muy bien qué significaba eso de morir.

Recuerdo que Mertxe estuvo varios días sin venir a casa.

Yo estaba muy triste. Mi compañera de juegos, mi directora de orquesta, mi Peter Pan con batín no estaba a mi lado.

Con el tiempo regresó con nosotros. Su semblante ya no era el mismo. La magia de sus ojos se había esfumado. La muerte de Dina se había posado en ella.

Sin embargo, un luminoso día de julio llegó por la mañana exultante de felicidad.

Su voz y su música resbalaban por las paredes del hogar. Su batín corría por el pasillo y a mis infantiles ojos creo que volaba.

Ya nunca volvió a estar triste.

Muchos años después nos encontramos en una calle de Pamplona. Seguía manteniendo esa luz en los ojos que solo las personas buenas saben mantener.

Yo le pregunté qué le hizo cambiar de actitud ante la muerte de su perrita Dina y ella, maravillosa como siempre, me contó esta preciosa historia…

Al caer la noche una caravana del desierto se detuvo.

El joven encargado de los camellos se acercó al que guiaba la caravana y le dijo:

-Hay un problema. Tenemos 10 camellos y 9 cuerdas, así qué, ¿cómo hacemos?

El guía respondió:

-Mira, los camellos son algo abobados, así que, después de que ates a todos los demás, acércate al lado del último camello y haz como que lo atas. Él se va a creer que lo estás atando y se va a quedar quieto.

Algo desconfiado, el joven encargado hizo lo que se le había ordenado. Ató a los camellos y disimuló como que ataba al último y, efectivamente, éste se quedó allí, paradito, como si estuviese atado.

A la mañana siguiente, cuando se levantaron, el cuidador contó los camellos. Estaban los diez.

Los mercaderes cargaron todo y la caravana retomó el camino.

Todos los camellos avanzaron en fila hacia la ciudad. Todos menos uno.

-Jefe, hay un camello que no quiere seguir a la caravana –apuntó el joven encargado-.

-¿Es el que ataste ayer porque no tenía soga? –preguntó el guía.

- Sí. ¿Cómo lo sabe?

- No importa. Ve y haz como que lo desatas porque si no, va a seguir creyendo que está atado y si él sigue creyéndose atado, no empezará a caminar.’

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La preciosa historia de la perrita Dina