Blog / La cometa de Miel

La llamada telefónica

Por Pablo Sabalza 30 Julio, 2018 - 9:42

El arte del descanso es una parte del arte de trabajar.

Una mujer sostiene un teléfono para atender una llamada.
Una mujer sostiene un teléfono para atender una llamada.

Tienes que descansar.

Seguramente esta sea la frase que más me han comentado mis allegados en los últimos años.

Pendiente de mi trabajo o de mis proyectos literarios apenas he tenido tiempo para hacer otras cosas.

Mis cursos de inglés, la lectura de poesía para mi nuevo libro, alguna escapada...

La vida te va llevando y cuando te quieres dar cuenta han pasado varios años que ya no volverán.

Sin embargo, todo cambió una tarde de finales de agosto en una pequeña terraza de un restaurante de la isla de Fuerteventura (Morro Jable) donde un matrimonio octogenario comía a mi lado. Se les veía bien rosaditos y con una salud de hierro.

Tras sonar su móvil escuché a la anciana decir:

-No te preocupes, mi amor… Tú estate tranquila… Relájate…

El hombre dejó los cubiertos en la mesa alertado por la conversación telefónica de su mujer y bebió de la copa de vino blanco, pausadamente.

Estábamos mesa con mesa por lo que era inevitable escuchar cómo continuaba aquella conversación.

-¿Cuándo coges vacaciones, cariño? Ya… ¿Necesitas algo…? De acuerdo, mi amor… Hablamos a la noche…Sí, estamos bien… Un beso.

-¿Era otra vez, Susana? –preguntó el anciano.

-Sí. Está muy agobiada. El trabajo la tiene absorbida. Desde que ocupa ese puesto en la empresa, la veo… -interrumpió la anciana su conversación por la emoción.

-No te preocupes, mujer. Verás que en cuanto le coja el tranquillo irá todo mucho mejor.

Un camarero revoloteaba por las mesas atendiendo a los comensales. Había escuchado la conversación mantenida entre los ancianos. Se acercó y en voz baja les dijo:

¿Les cuento una historia?

Había una vez un leñador que se presentó a trabajar en una maderera. El sueldo era bueno y las condiciones de trabajo mejores aún, así que el leñador se propuso hacer un buen papel.

El primer día se presentó al capataz, que le dio un hacha y le asignó una zona del bosque.

El hombre, entusiasmado, salió al bosque a talar.

En un solo día cortó dieciocho árboles.

Te felicito –le dijo el capataz-. Sigue así.

Animado por las palabras del capataz, el leñador se decidió a mejorar su propio trabajo al día siguiente. Así que esa noche se acostó bien temprano.

A la mañana siguiente, se levantó antes que nadie y se fue al bosque.

A pesar de todo su empeño, no consiguió cortar más de quince árboles.

‘Debo de estar cansado’, pensó. Y decidió acostarse con la puesta de sol.

Al amanecer, se levantó decidido a batir su marca de dieciocho árboles. Sin embargo, ese día no llegó ni a la mitad.

Al día siguiente fueron siete, luego cinco, y el último día estuvo toda la tarde tratando de talar su segundo árbol.

Inquieto por lo que diría el capataz, el leñador fue a contarle lo que le estaba pasando y a jurarle y perjurarle  que se estaba esforzando hasta los límites del desfallecimiento.

El capataz le preguntó: ‘¿Cuándo afilaste tu hacha por última vez?’

-¿Afilar? No he tenido tiempo para afilar: he estado demasiado ocupado talando árboles.

Y se fue el camarero con su servilleta blanca apoyada en el antebrazo revoloteando de nuevo por las mesas.

Ambos ancianos se miraron y al instante ella exclamó:

-Voy a hacer una llamada.

El anciano asintió mientras daba otro sorbo a su copa de vino.

Desde lejos oí a la señora hablar por teléfono. Su conversación empezaba así…

-Susana, cariño, ¿te cuento una historia?

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