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Blog / La cometa de Miel

Tú eres mi próximo 'Síndrome Stendhal'

Por Pablo Sabalza 04 enero, 2016 - 0:34

París. Visité la ciudad de la luz por primera vez con apenas dieciséis años. La vida, tiempo después, me llevó a residir en Francia. Siempre en el norte, entre Nancy y Le Havre.

Llegaba a la ciudad del amor en mis añorados trenes para perderme por sus calles y por sus plazas y por sus infinitas curiosidades. Así me plantaba frente a la catedral de Nôtre Dame recordando a Quasimodo, protagonista del libro ‘Nuestra Señora de París’ de Víctor Hugo, o me desplazaba a la universidad de la Sorbona y visitaba las aulas con nombre del autor recién mencionado o de Moliére.

La bohemia anidaba en mí y más en el barrio de Montparnasse, enclave y escuela de infinidad de artistas. En ocasiones visitaba, entre ciprés y ciprés, a Julio Cortázar, Samuel Beckett, Sartre, Simone de Beauvoir, Charles Baudelaire o Guy de Maupassant.

Montmartre, Pompidou, Sacre Coeur, La Defense, Les invalides, Les Champs Elysées…

Pero nada, nada comparable al ver la Tour Eiffel.

Y, en ese instante, al contemplarla frente a mí padecí mi primer ‘Síndrome de Stendhal’.

Egipto. Para aquellos que no hayan tenido la oportunidad de visitar tan maravilloso país debo advertirles que lo más  importante de todo Egipto es su río, El Nilo.

De norte a sur nada por la tierra de los antiguos faraones endulzando las cosechas, frutos y paisajes hasta donde sus últimas gotas arriban. Cuando el verano deja de tener los ojos azules y asoma el otoño por el horizonte, el color del cielo es en ciertos atardeceres, lila, con nubes de un color rosáceo que se transforman en golosinas para los ojos que las disfrutan.

Las garzas sobrevuelan el Río contemplándose sus sombras navegar por el agua. El viento acaricia las palmeras que se agrupan ora en un lado ora en el otro de las orillas suspirando un olor a naturaleza, a remanso de paz y a tiempo parado.

Los hogares están construidos de adobe y barro y los niños, cubiertos con calzones blancos que contrastan con su tez tostada y maquillada por el insolente sol, juegan a tirarse de las barcas o son acunados por el arrullo del agua por la noche.

Así recuerdo mi viaje por El Nilo en el ‘El secreto del estuche’.

Sin embargo, aquello que evoco por encima de todo y ha quedado anclado a mis retinas para nunca más marcharse fueron las Pirámides de Keops, Kefrén y Micerinos.

Y ahí, al tenerlas delante de mí, padecí mi segundo ‘Síndrome de Stendhal’.

Henry Boyle, más conocido por el seudónimo de Stendhal, fue un novelista y ensayista francés de finales del siglo XVIII y principios del XIX. Si romántica es su obra, romántica es su vida.

Descuidado en la forma, sencillo y seco, este gran observador y despiadado ironista no logró grandes éxitos mientras vivió; sin embargo, la posteridad coloca al autor entre las primeras figuras del XIX.

Hay dos novelas universalmente conocidas de Stendhal, ‘La Cartuja de Parma’ y ‘Rojo y Negro’. Creo recordar que una de las dos fue escrita en apenas cincuenta y pocos días.

Pero es en una obra en concreto en la que me quiero detener, ‘Nápoles y Florencia’.

Al más moderno de los románticos franceses se le debe el denominado ‘Síndrome de Stendhal’.

En 1817, el famoso autor francés visitaba la Basílica de la Santa Cruz de Florencia, Italia, y así describió detalladamente el fenómeno que experimentó:

‘Había llegado a ese punto de emoción en el que se encuentran las sensaciones celestes dadas por las Bellas Artes y los sentimientos apasionados. Me latía el corazón, la vida estaba agotada en mí, andaba con miedo a caerme’.

El ‘Síndrome de Stendhal’ es una incidencia clínica que se ha convertido en un referente de la reacción romántica ante la acumulación de belleza y la exuberancia del goce artístico.

En definitiva, que te va el corazón a mil, que no te controlas, que sientes vértigo, confusión. Vamos, que se te va la vida.

Para resumir, que me muero de ganas de tener un tercer ‘Síndrome de Stendhal’ contigo.

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