Blog / La cometa de Miel

El portero de un puticlub

Por Pablo Sabalza 09 Abril, 2018 - 9:01

No hará ni tres semanas que me encontré con una antigua compañera de piso.

Luces de neón en el acceso a un local
Luces de neón en el acceso a un local

En los primeros años de estancia en Las Palmas de Gran Canaria compartí un amplio apartamento con muchísimas personas de distintos países, índole y condición. No conservo más que gratos recuerdos de aquella vida de bohemia solidaria y soñadora con gente buena y transparente.

El caso es que a una de estas compañeras vitales de las que me van a permitir que omita el nombre, la echaron de su trabajo por aquella época. Trabajaba en un puesto administrativo tedioso, muy mal remunerado, con un jefe que no pegaba ni sello y con unos horarios de turno partido de lunes a sábado.

Si alguna vez me preguntan cómo describiría la palabra ‘gris’ adaptaría mi respuesta al estado anímico y personal de aquella compañera.

El caso es que cuando llegaba la tarde del sábado, al hombro la noche (ya salió mi poeta), agarrábamos una botella de vino, nos juntábamos en aquel amplio salón todos los compañeros de la casa y nos contábamos nuestras alegrías y nuestras miserias.

..que gano una mierda; que me gusta tu amiga; que un vaso de agua caliente con limón es buenísimo; qué será de nosotros dentro de quince años…

Los que me conocen ya saben que soy amigo de contar historias. Relatos provenientes de cuentos que he leído y que adapto a la vida diaria en función de las alegrías y tristezas que me van transmitiendo amigos, familiares,  allegados o, como en este caso, compañeros de piso.

Al contarme aquella joven cómo se encontraba tras su despido, serví una copita de vino blanco, nos acomodamos ella en un puf y yo en otro, y  dije mi famosa frase:

¿Te cuento una historia?

‘Había una vez un portero de un puticlub.

Un buen día llegó el dueño del local y le dijo al portero que necesitaba que preguntase a los clientes si el lugar estaba habilitado a su gusto y preferencia y que tomase nota de sus comentarios.

El pobre portero le respondió al dueño diciéndole que él no sabía ni leer ni escribir.

-¿No sabes ni leer ni escribir? Verás, yo no puedo pagarte a ti por trabajar de portero y a otra persona por tomar nota de los comentarios de los clientes.

Así que le dio el finiquito y, muy a pesar del dueño, lo despidió.

El portero del puticlub tenía unas cuantas herramientas con las que arreglaba armarios, camas y algún desperfecto. El hombre tenía buena mano para esas cosas.

El caso es que no había nadie en el pueblo que se dedicase a esos menesteres, así que la gente le llamaba cuando tenía algún problema de esa índole.

Al ver el portero que ahí había negocio se fue al pueblo contiguo que estaba a dos días en mula y compró un montón de instrumentos fundando así, en su pueblo, la primera tienda de herramientas.

¡Oye, que le fue tan bien que compró un torno para él mismo hacerse las herramientas!

Al cabo de tres años era el más rico del pueblo pero, escucha, escucha, al cabo de seis… el más rico de la provincia.

Un día fue el alcalde a casa del portero y le dijo que necesitaba de su colaboración para crear la primera escuela. El portero accedió y asumió el coste de la misma.

El día de la inauguración, el alcalde se acercó al ya reconocido empresario y le dijo:

-Gracias a usted hoy esta escuela abre sus puertas. Le ruego que escriba en este libro unas palabras.

-Lo siento, pero yo no sé ni leer ni escribir.

- Usted-apuntó el alcalde sorprendido-, ¿usted no sabe leer ni escribir? ¿usted que ha creado todo este emporio? Imagínese si usted llega a saber leer y escribir…

- Si yo llego a saber leer y escribir hubiese sido…portero de un puticlub

¿Pues sabes una cosa, Pablo?, me dijo mi antigua compañera. Aún recuerdo esa historia que me contaste. He luchado y he conseguido posicionar mi negocio. No me va nada mal. Soy feliz.

Nos tomamos un vino blanco, hablamos de los años bohemios y pasados, nos intercambiamos los teléfonos…

Si alguna vez me preguntan cómo describiría ‘tener confianza en uno mismo’ adaptaría mi respuesta al estado anímico y personal de aquella compañera.

…te cuento otra historia?

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