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Blog / La cometa de Miel

‘Las desventuras del joven Werther', de Goethe

Por Pablo Sabalza 18 julio, 2016 - 10:21

“¡Voy a verla! –exclamo por la mañana cuando despierto y contemplo, lleno de alegría, el hermoso sol-; ¡voy a verla!” Y no tengo ningún deseo más para el resto del día. Todo, todo desaparece ante esa perspectiva.

Portada de las deventuras del joven Werther.
Portada de las deventuras del joven Werther.

Tenía diecisiete años cuando estuve residiendo en un internado sito en Santurce. Se dividía en tres edificios. Uno para chicas, otro para chicos y un tercero donde nos daban de comer. También había una pequeña iglesia. Las habitaciones las recuerdo llenas de literas. Muchas noches oía los sollozos de los niños que echaban de menos a sus padres.

Era un lugar triste con niños tristes que jugaban a estar alegres.

Las mañanas las pasaba en clase. Las tardes en clases de estudio. Una cena ligera. Unas horas de recreo. Una litera con vistas a una ventana que a su vez daba a un tejado…y una carta en mis manos.

Eran letras adolescentes. Eran…palabras de amor…

El libro que este mes quiero presentarles es un canto al Romanticismo. Romántica es su protagonista, Lotte, prototipo de la futura amada, y romántico, aventurero, apasionado, desgarrado, sentimental es en grado sumo Werther. Y el espacio campestre donde se desarrolla la obra y las frases que la complementan y la invocación a los héroes helénicos todas, todas son románticas.

Les voy a contar algo que les va a sorprender.

Esta obra fue el primer betseller de la época. Pero no un superventas. Mucho más.

Fue tal la popularidad y el entusiasmo que el protagonista despertó en la juventud lectora  de su época que la moda se contagió de la propia obra. El mismo modo de vestir de Werther con el frac azul y el chaleco amarillo, y el lacito rosa con el vestido femenino que llevaba Lotte al conocer al protagonista, vistió Alemania. Y los perfumes y los abanicos y las porcelanas y cualquier objeto de regalo con motivo del joven Werther estaban a la orden del día.

Era el año 1774.

El suicidio se hizo más presente porque así muere el protagonista. Los adolescentes se quitaban la vida y lo hacían con la obra de Johann Wolfgang Von Goethe en sus manos.

Cuentan que el propio autor hubo de sacar el cadáver de una joven del río Ilm que la corriente había arrastrado hasta su residencia veraniega. Un amor imposible había sido el promotor del suicidio y la obra Werther estaba en el lugar de los hechos.

“Le rogué volver a verla y ella accedió y, desde entonces, el sol, la luna y las estrellas pueden tranquilamente seguir su curso, ya no sé cuándo es de día, ni cuándo de noche, y el universo ha desaparecido a mi alrededor.”

La historia, escrita en forma epistolar, narra a un joven apasionado que abandona su ciudad para retirarse a una aldea donde disfrutar de la pintura y la lectura (ahora firmaba yo). En un baile conoce a Lotte, comprometida con un ‘aristócrata’ llamado Albert y que en ese momento está de viaje. Aprovechando la ausencia de éste, Werther visita con frecuencia a la joven:

“Más de una mañana me he propuesto no verla tan a menudo. Sí, pero, ¡quién puede cumplirlo! Todos los días me vence la tentación y me propongo solemnemente: ‘Mañana no iré. Pero cuando llega el mañana encuentro una razón inexplicable, y antes de darme cuenta, estoy ya en su casa. O bien es ella quien me dijo la noche anterior: ‘¿Volveréis sin duda mañana? ¿Quién se atrevería a faltar?”

Cuando Albert regresa, traba amistad con Werther. Éste, aun dudando de los sentimientos de Werther, le permite continuar viendo a Lotte.

El amor que siente Werther por la joven va en aumento cada día que pasa:

“No adoro a nadie más que a ella; en mi imaginación no aparece imagen más que la suya y de cuanto me rodea solamente veo lo que guarda relación con ella. Y esto me proporciona tantas horas de felicidad…¡hasta que tengo que separarme nuevamente de ella! ¡adónde  me arrastra con tanta frecuencia mi corazón!”

Pero este asunto se trata de una historia de tres o mejor dicho de,  dos más uno, y nuestro querido Werther tiene todas las de perder:

“Hay ocasiones en que no comprendo cómo puede haber otro que la quiera, que se permita amarla, cuando yo, tan sólo yo, la quiero tan profunda y totalmente, ¡yo, que no conozco otra cosa, ni sé, ni tengo más que a ella!”

No quisiera extenderme y apuntarles de manera detallada el trágico final que esta historia de amor depara. Advertiré que Werther solicita a un criado unas pistolas:

“¿Tendréis a bien prestarme vuestras pistolas para un viaje que tengo proyectado?”

Y una despedida:

“Quiero Lotte, que me entierren con la ropa que llevo puesta; tú la has tocado y santificado; también se lo he pedido a tu padre. Mi alma se cierne sobre el ataúd. Que no se registren mis bolsillos. Aquel lazo de color de rosa que tu llevabas en el pecho, cuando te vi por primera vez entre tus hermanos…¡oh!, dales mil besos de mi parte y cuéntales el destino de su infortunio amigo. Este lazo quiero que lo entierren conmigo. ¡Me lo regalaste el día de mi cumpleaños!      ¡Ay, no pensé que aquel camino había de conducirme aquí!”

Unas frases de la obra para el recuerdo:

“Siento tantas cosas… y mi pasión por ella lo devora todo! ¡Tantas cosas!..¡Y sin ella todo se reduce a nada!

“Cuando el hombre no se encuentra a sí mismo, no encuentra nada”

“¡Qué pobres hombres son los que dedican toda su alma a los cumplimientos y cuya única ambición es ocupar la silla más visible de la mesa! Se entregan con tanto ahínco a estas tonterías que no tiene tiempo para pensar en los asuntos verdaderamente importantes”

Las cartas que fui recibiendo durante mi adolescencia en aquel internado fueron cubriendo de emoción mi desconsolado corazón. Dulces palabras que emanaban de un sentimiento puro y limpio propio de la edad de la que procedían.

Un día del mes pasado de hace ya más de veinte años dejé de recibir sus cartas.

Quizá conoció a un ‘Albert’. Quizá se cansó de esperar respuesta.

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‘Las desventuras del joven Werther', de Goethe