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Blog / La cometa de Miel

La ciudadela: batalla de bolas de nieve

Por Pablo Sabalza 23 enero, 2023 - 9:13

Quiero a la nieve. Amo sobre todo la nieve que llega cuando menos la esperas. Me siento como dentro de un secreto. (Fabrizio Caramagna)

Temporal de nieve en Pamplona provocada por la borrasca Fien. PABLO LASAOSA

La nieve ha caído durante toda la noche en remolinos y ha dejado, a la mañana siguiente, toda la tierra blanca.

Los árboles, pelados por el frío, mantienen nívea su anatomía al igual que las estatuas.

Los campos solitarios, los campanarios sin cigüeñas, las sombras y las mariposas y hasta los bostezos se han quedado blancos.

El termómetro marca ni frío ni calor y, por fin, ya se puede dibujar con el dedo corazones en los cristales.

A los navarros nos gusta la nieve. Aún diría más. Nos entusiasma ver nevar.

Advertir desde nuestros hogares cómo los copos de nieve cubren los coches y las aceras.

Ver un manto blanco a nuestros pies y sobre nuestras cabezas vislumbrar nubes cenicientas.

Pienso en la Ciudadela. Debe estar preciosa vestida de novia.

Con su velo blanco; con su ramo blanco; con su hechizo blanco.

Era el 15 de febrero de 1808.

Un acuerdo entre España y Francia permitía el paso de estos últimos por territorio español rumbo a Portugal, aliado de Inglaterra.

Roncesvalles era atravesado por un contingente de 2.000 soldados franceses al mando del general Armagnac, que suena a D’Artagnan, pero no lo era.

Llegaron a Pamplona.

Un acuerdo obligaba a los pamploneses a contribuir en el avituallamiento de las tropas.

Los franceses se acercaban cada mañana a la puerta de la Ciudadela a recoger las raciones de pan que les entregábamos diariamente.

Armagnac solicitó acampar dentro de nuestra Ciudadela, pero Pamplona no se fiaba.

Sus cuerpos demandaban descanso tras esas jornadas llenas de frío e invierno.

Esa noche de febrero nevó mucho más que el pasado miércoles.

El aire y el cielo era azul en aquella jornada que despertaba más blanca que otros días.

Apenas cien franceses comenzaron a jugar a tirarse bolas de nieve.

Una batalla lúdica e infantil que generó gran mofa y regocijo en la guarnición que custodiaba aquella fortificación tan perfecta e inexpugnable hasta la fecha tanto por su armamento como por la artillería de la época.

En esa inusual contienda en donde los gritos eran sustituidos por risas y carcajadas y los silbidos de las balas por brazos armados de bolas de nieve fue cuando aprovecharon los franceses para desarmar a los defensores y así tomar la Ciudadela sin un solo disparo que no fuese, como diría Silvio Rodríguez en su canción, Ojalá, un disparo de nieve.

Si pasean hoy por la acera próxima a la Ciudadela de la avenida del ejército advertirán numerosos bolardos similares a…efectivamente, a bolas de nieve.

Es la noche. El frío parece inagotable.

Y, sin embargo, espero despertar mañana y descubrir una arquitectura esponjosa y ablandada.

Toda blanca.

Como un vestido de novia.

Con su velo blanco; con su ramo blanco; con su hechizo blanco.

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La ciudadela: batalla de bolas de nieve