Blog / La cometa de Miel

Catherine

Por Pablo Sabalza 21 octubre, 2019 - 9:37

La habitación estaba tal y como la dejó antes de desaparecer.

"Me acerqué a esa famélica figura como una rata en Hamelín".
"Me acerqué a esa famélica figura como una rata en Hamelín".

Las fotos con sus amigos de adolescencia y algunas con sus padres y abuelos posaban en la pared. En la mesa de estudio descansaban varios folios blancos y, al lado, sus bolígrafos perfectamente ordenados. La pequeña estantería  presentaba distintos libros de música, así como biografías de grupos como Queen y The Beatles o de solistas extranjeros como Rod Stewart, Miles Davis o Elvis Presley.

La colcha, de tonalidades caquis y blancas, había quedado ya desfasada y el peluche, un perrito grisáceo de orejas caídas que custodiaba la cama, había perdido la sonrisa que en su día pudo tener.

El habitáculo era un cuerpo sin alma, un cielo sin estrella, un campo sin flor.

Fue en 1981. Debía ser noviembre, pues se quedó ese invierno residiendo en aquella melancólica habitación y la escarcha de esos días sirvió de maquillaje de por vida a unos padres que nunca más volverían a ver a su pequeña Catherine.

O quizá sí…

La fina lluvia había convertido la ciudad en una calle típica del lejano oeste en la que apenas dos viandantes a paso acelerado transitaban rumbo a una cafetería próxima.

Acababa de salir de mi trabajo. Desanudé mi corbata, subí la solapa de mi americana y miré al trocito de cielo que se enmarcaba entre los dos grandes edificios. En una ciudad bonita no debería llover si no es para regar las flores de los jardines.

El camino a mi casa es tan monótono como atender el rezo de un rosario. ¿Lo has escuchado alguna vez? Así es el destino que me lleva a mi apartamento. Una floristería, una tienda de regalos, varios portales: el 11, el 13, el 15, el 17… un supermercado, un pobre hombre que ejerce de guardia de tráfico y mueve la mano, como lo hacía Frascuelo, para que alguien aparque y le dé una moneda.

Son muchas, infinitas las ocasiones que he transitado este recorrido. Conozco todo lo que acontece desde la salida de mi trabajo a la meta que es mi casa. La moto que tiene el filipino que trabaja como un negro en la cocina de un restaurante, la puta que se ofrece mañana, tarde y noche por diez euros cerca de la plaza, el gato que asoma su cabeza por la ventana e ignora mi ingenuo silbido o la farmacia que hay en la esquina que cambia más de empleados que yo de calcetines.

Sin embargo, en aquella tarde de octubre cada vez más oscura, una melodía sobrevoló la calle.

Aquella música enlatada proveniente de un pequeño altavoz acompañaba la armonía de un violín.

En una calle silenciosa, sin coches ni personas, una envolvente pieza sonaba como si estuviese en un teatro, un auditorio o un salón de conciertos.

Bajo la marquesina de una sucursal justo al lado de un cajero automático una mujer de aspecto afilado hacía vibrar aquel mágico instrumento.

La hipnótica canción, La vida es bella de Nicola Piovani, resbalaba por los muros de las casas, por las hojas de los árboles, por los capós verdes y blancos y azules y grises, más grises aquella tarde.

Me acerqué a esa famélica figura como una rata en Hamelín.

Una melena parda y ondulada cubría el rostro izquierdo de la violinista. Me aproximé a ella. Advertí un cartón en el suelo junto a un plato de cereales con alguna moneda que rezaba, ‘Tengo hambre’. Su frágil silueta y aquella melodiosa canción me evocaba a aquella película protagonizada por Roberto Benigni. Tiempos de hambruna y uniformes con esvástica que asolaron en su día Europa.

Esa tarde era polaca o austriaca o de por allá.

El pentagrama tecleó la última nota del violín y su brazo cayó con el arco como una hoja.

Levantó la vista y me miró.

Para entonces ya había metido mi mano derecha en el bolsillo y había sacado varias monedas que deposité en el cuenco de los krispis.

-Preciosa canción. Y muy bien tocada. Felicidades.

Esbozó una sonrisa.

-Muy acertada para el día de hoy –apunté.

Volvió a sonreír y dispuso el arco para empezar una segunda canción. Antes de tocar se dirigió a mí con cinco palabras.

-Muchas gracias.

Hubo un fugaz silencio.

-Me llamo Catherine.

Y al instante inició el Adagio de Albinoni.

(Continuará)

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