Blog / La cometa de Miel

Alcoholetras

Por Pablo Sabalza 11 Julio, 2016 - 9:49

Primero tomas un trago, después el trago toma un trago, después el trago te toma a ti.

Nace este escrito como se gestan muchos de los acontecimientos que pasan en la vida, a través de un efecto dominó. Acabo de asistir a un Club de Lectura tal y como hago cada último miércoles de mes. La obra que se debatía en este interesante encuentro literario era ‘La leyenda del santo bebedor’ de Joseph Roth.

Curiosamente, al estar el espacio físico en el que nos reunimos en obras, nos han desplazado a un lugar denominado La tienda del vino. La conferencia ha sido ejemplar, incluso nos han obsequiado con una copa de vino. Ahora, en casa, junto a estas letras disfruto de otra copa. Y así, en tan ebrio enclave y con tan etílico libro, he decidido informarme del hermanamiento existente entre las letras y el mundo del licor.

En estas fechas sanfermineras es inevitable pensar en el autor que, sin duda, internacionalizó nuestras fiestas. Ernest Hemingway. Siempre he tenido dudas de que una amplia mayoría de navarros hayan leído, sorbo a sorbo, la obra ‘Fiesta’, en la que el escritor norteamericano rinde sentido homenaje a nuestra tierra, a los toros y, especialmente, al whisky y al vino.

En nuestro recuerdo perdurarán los personajes de Jack y Brett disfrutando en la terraza del Café Iruña de las fiestas y de sus gentes. Deben saber que nuestro amigo, Ernest, consumía diariamente litros de ron, vino o whisky. Su bebida favorita, con todo, era el daiquiri, del que llegaba beber diez copas seguidas. Su afición al daiquiri alcanzaba tal nivel que solía llevar consigo un termo para disfrutar de él en cualquier momento.

A otro que le sentaba estupendamente el alcohol era al mencionado Joseph Roth que se describía así: “Maligno, borracho, pero lúcido.”

Edgar Allan Poe era el típico personaje que puedes encontrar tirado en un banco con la conciencia perdida o que recoges en un bar porque cae redondo de la borrachera que lleva.

Cuentan las malas lenguas que su pasión por la bebida era tan poderosa y peculiar como la que tenía por escribir cartas. Se metía en el cuerpo un vaso entero de un solo trago sin pestañear. Este vaso solía bastar para sumirlo en un estado de sopor etílico. Sin duda, una parte del problema radicaba en su débil complexión y su enfermiza constitución.

El célebre autor de ‘Las flores del mal’, Charles Baudelaire, hacía apología del alcohol. ¿Qué no me creen? Miren, miren lo que apuntaba el bueno de Charles: “Hay que estar siempre borracho. Para no sentir el horrible fardo del Tiempo hay que emborracharse sin tregua. Pero ¿de qué? De vino, de poesía o de virtud, a vuestro gusto. Pero emborrachaos.”

‘A sangre fría’ o ‘Desayuno en Tiffany’s’ son dos de las obras más reconocidas de Truman Capote, amigo íntimo de Harper Lee, autora del libro ‘Matar a un ruiseñor’, y con la que se corría alguna que otra juerga. Capote se describía así:

Soy alcohólico. Soy drogadicto. Soy homosexual. Soy un genio”. Acostumbraba a mezclar fármacos con alcohol, al punto de tener un ataque psicodélico a sus 55 años. Según sus médicos, descubrieron que el cerebro de Capote literalmente se encogió por el alto nivel de intoxicación.  Falleció en 1984 por problemas hepáticos.

La historia de Raymond Chandler, creador del célebre personaje Philip Marlowe, es algo triste y, sin duda, de una terrible adicción. De sus propias palabras arranco este texto: “Empiezo tomando vino blanco y me sigo con dos botellas de whisky al día. Luego dejo de comer. Después de 4 o 5 días así me enfermo y tengo que dejar de beber porque no puedo sostener ni un vaso con agua”. 

Chandler logró dejar el alcohol por un tiempo pero cuando murió su esposa, Cissy Pascal, se entregó por completo al alcoholismo, y en 1955 se suicidó.

A la zaga o, casi a la par, le sigue Jack Kerouac, integrante de la bien llamada Generación Perdida, y fallecido a los cuarenta y siete años fruto de una hemorragia interna resultado de su alcoholismo. Entre sus frases les destaco una: “Soy católico. No puedo cometer suicidio, pero planeo beber hasta matarme.”

En esta interminable lista no puede faltar Charles Bukowski, autor de ‘La máquina de follar’; ‘Factótum’; ‘Cartero; ‘Mujeres’… El grado de alcoholismo de este escritor lo podemos encontrar en innumerables pasajes de sus obras:

“Ese es el problema de beber, pensaba, mientras me servía un trago. Si algo malo pasa, bebes para intentar olvidar; si es algo bueno, bebes para celebrar; y si nada pasa, bebes para que hacer que algo pase.”

Beber es algo emocional. Te sacude frente a la estandarización de la vida de todos los días, te lleva fuera de eso que es lo mismo siempre. Tira de tu cuerpo y de tu mente y los arroja contra la pared. Tengo la impresión de que beber es una forma del suicido en la que se te permite regresar a la vida y comenzar de nuevo al día siguiente. Es como matarte a ti mismo y después renacer. Creo que he vivido diez o quince mil vidas ahora.”

Y una frase que me llamó mucho la atención fue: “Me gusta cambiar de licorería con frecuencia porque los empleados aprenden tus hábitos si vas día y noche y compras en gran cantidad. Puedo verlos peguntándose porque todavía no estoy muerto, y eso me hace sentir incómodo. Probablemente no piensen nada de eso, pero un hombre se vuelve paranoico cuando tiene 300 resacas al año.”

Ya ven ustedes que interesante vínculo existe entre las letras y el alcohol.

Es de noche. Las estrellas titilan y un hilo de luna posa en el cielo. Vuelco más vino en mi copa. Escribo unas letras. Bebo un sorbo. Lo saboreo. Experimento escribir con vino.

¿Cuál será el libro a debatir el próximo mes en el Club de Lectura?

Un trago, otro trago...bostezo. Silencio.



 

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