Blog / La cometa de Miel

A la luz de una vela

Por Pablo Sabalza 25 febrero, 2018 - 20:55

El domingo pasado se fue la luz en mi casa a las once menos diez de la noche. Estaba viendo en la televisión a Iker Jiménez en su programa ‘Cuarto Milenio’. 

Lectura de un libro a la luz una vela
Lectura de un libro a la luz una vela

Me gusta cuando dice eso de: “Bienvenidos a la nave del misterio”.

La palanca se había bajado. Intenté subirla sin éxito. Probé cuatro veces.

El silencio en la oscuridad es más silencio.

La casa de mis vecinos también se volvió penumbra.

Desde la ventana del salón se apreciaba una moribunda luz de farola exhalar sus agotados rayos de vida.

En una pequeña mesita en la que descansa el incienso tengo un par de velas de esas de aromas. A veces me da el rollo zen. Cogí una de ellas y la encendí.

Agarré un par de folios, me dirigí a mi escritorio y posé la vela de vainilla sobre la mesa.

En esa mezcla de oscuridad y silencio llegaron a mi mente aquellos escritores que necesitaban esa fusión para su escritura: noche y misterio.

A Honoré de Balzac, por ejemplo, le gustaba trabajar de noche, seguramente porque sufría insomnio. Tomaba más de 50 tazas de café al día y eso le mantenía despierto en sus largas maratones de escritura. Esta excentricidad seguramente haya tenido algo que ver con su genialidad. Y también con su muerte prematura: a los 51 años y a causa de una insuficiencia cardíaca.

Dostoievsky (considerado uno de los más grandes escritores de la literatura universal) sufría de manía persecutoria y tenía miedo a la oscuridad, por lo que escribía de noche paseando de un lado a otro de la habitación de forma compulsiva.

Gustave Flaubert estableció una disciplina estricta para escribir Madame Bovary. Trabajaba por las noches varias horas porque durante el día se distraía más fácilmente (aunque no vivía de noche, ya que cumplía con sus obligaciones familiares: vivía con su madre, su sobrinita de cinco años, la institutriz y, de vez en cuando, un tío). Aunque trabajaba de noche, se levantaba todos los días a las diez  y se daba un baño muy caliente. Después hacía varias cosas, como dar clase a su sobrina por las tardes. A las 9 o 10  de la noche, cuando su querida madre se iba a dormir, él se enfrentaba a Emma Bovary.

La noche y Marcel Proust eran inseparables desde que él era pequeño: sufría de nictofobia (temor a la noche y a la oscuridad) y aprendió a combatirla con su pasión por las letras. A Proust le gustaba escribir de noche y contemplar las primeras luces del alba, “esa hora santa en la que la vida parecía maravillosa”. Escribía en una habitación con paredes de corcho construida especialmente para que nadie pudiera romper la quietud y la armonía de su momento de trabajo literario.

También Franz Kafka sentía predilección por el trabajo nocturno. En su caso, la elección de este horario estaba relacionada con que durante el día tenía un trabajo formal en una compañía de seguros. Su verdadera libertad comenzaba cuando llegaba a su casa del trabajo (aburrido, según lo manifestó en varias ocasiones) y se sentaba frente al escritorio a componer sus fascinantes y tenebrosas obras.

George Sand o, Aurore Lucile Dupin, baronesa de Dudevant,  era una autora que también adoraba la noche. Según se cuenta, tenía una clara e irrevocable rutina de trabajo que tenía lugar por las noches. Se dice también que podía pasarse tantas horas escribiendo, que sus amantes, hartos de esperarla en la cama, caían rendidos por el sueño y así los encontraba George cuando iba a acostarse.

Samuel Johnson, autor de ‘Prefacio a Shakespeare’, la noche le encantaba. No sólo la aprovechaba para escribir. Solía salir de fiesta hasta altas horas de la madrugada y al regresar a su casa se dedicaba a escribir. ¡Me suena a alguien!

Como vivía en pleno siglo XVIII no había máquina de escribir ni tampoco existía la electricidad, así que a la luz de una vela, Johnson se sentaba a escribir a mano. ¡Y me suena mucho!

La autora de ‘Entrevista con el vampiro’, Anne Rice, también decía que prefería escribir por las noches; y, aunque no tenía una rutina estable de trabajo, siempre que se sentaba a escribir era durante estas horas. Decía que por las noches solía concentrarse mejor porque nadie la llamaba ni podían importunarla los ruidos provenientes del exterior.

Stephanie Meyer cuenta en su web que escribió toda la saga Crepúsculo por las noches. Aunque aprovechaba el día para pensar en la trama no se sentaba delante del ordenador a trabajar hasta que llegaba la noche y la casa estaba en silencio.

De Friedrich Schiller, poeta y filósofo alemán, se dice que necesitaba en su proceso creativo nocturno tener una caja con manzanas en mal estado porque el olor a podrido también despertaba en él la necesidad de escribir. Sus extravagancias se completaban con la necesidad insoslayable de beber café o vino y de fumar mientras se dejaba llevar por la escritura.

Otro escritor noctámbulo fue Thomas Wolfe, autor de la ‘La hoguera de las vanidades’, sin duda, una de las voces más importantes de la nueva literatura estadounidense. Según contó él mismo en varias ocasiones, se sentaba a escribir a la media noche acompañado de sus infaltables dosis de café y té que le ayudaban a mantenerse despierto. Además, tenía una extraña forma de escribir: se quedaba de pie utilizando de escritorio la parte de arriba de la nevera, porque era un hombre muy alto.

Escribir a la luz de una vela alberga cierta magia.

Percibí el sonido que produce el bolígrafo sobre el papel al dibujar las letras.

Como un truco apareció la luz en casa de los vecinos. Me levanté y bajé la persiana.

Otra vez oscuridad. De nuevo, el silencio.

Recordé a Iker Jiménez.

Hipnotizado, pensé en cómo titular mi página mientras miraba el hilo de luz de vainilla que desprendía la vela.

Se me encendió la bombilla. Lo titulé…

Bienvenidos a la nave del misterio.

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