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Quiero ser tú

Por Juan Iribas 07 enero, 2016 - 22:50

Cuatro desconocidos coincidieron en la plaza de un pueblo de cuyo nombre sí puedo acordarme; estaban sentados frente a frente en otros tantos bancos con listones de madera de pino marrón oscuro y se miraban con fijeza.

Uno de ellos era un tipo joven con aspecto de boquerón: ojos saltones, piel escamada tirando a negruzca, dientes tan diminutos como su estatura y llevaba una fortuna en pirsins por toda la cara; vestía unas botas altas, unas mallas negras y una camiseta plateada con la leyenda de un grupo de esos que rompe las guitarras en el escenario; a su cresta le hacía falta una mano de pintura rojiza y más verticalidad. Su perro, un silbido.

También había una directora de cine, que no se despegaba de su Canon 60D; con un aire a la actriz francesa Audrey Tautou, buscaba localizaciones para un cortometraje. Su espejo del alma era terso como la piel de un tambor, anguloso, con unos pómulos sobresalientes y dos ojos oscuros que contrastaban con su cara lavada. Resultaba agradable, entretenido e incluso relajante mirarla, transmitía serenidad.

El niño, recostado en el banco de madera, manejaba un balón de fútbol con bastante habilidad; lo lanzaba al aire y aplaudía una vez, lo volvía a tirar y daba dos palmadas; así, hasta el infinito. Con más pecas que un pelirrojo pese a su pelambrera rubia, destacaban de su cara regordeta las palas superiores del aspecto del Pórtico de la Gloria de la Catedral de Santiago de Compostela.

Distinguido y señorial, envuelto en una chaqueta austriaca de color verde caza, un jubilado miraba a su alrededor sin prisa; ¿por qué iba a tenerla si la vida ya le había tomado la lección? Jugaba con su bastón a atrapar la lluvia de hojas de los árboles que iba cayendo a su alrededor; cuando retenía unas cuantas, levantaba su vara y, al instante, se formaba un remolino de tonos ocres.

El joven pensó al observar al anciano: “¡Ese tronco se lo monta bien! Va afeitado, peinado; no lleva pirsin ni tatuajes; seguro que tiene las uñas de los pies y de las manos cortas; me juego la cresta que las orejas, los tobillos y el pelo están recién lavados; olerá a limpio; se habrá puesto ropa recién planchada después de dormir ocho horas en una buena cama; hará tres comidas diarias y calientes; si tiene perro, no comerá de la basura ni estará parasitado; y hasta contará con una cartilla en el banco y otra de la Seguridad Social después de haber currao a saco”.

La directora de cine encuadró al niño e hizo su propia sinopsis: “La infancia… ¡Cuántos recuerdos! Este chaval merendará bocadillos de pan de molde con mantequilla y azúcar mientras marca goles en esta plaza, fijando la portería entre un árbol centenario y su cazadora de pana. ¿Preocupaciones? Cero. ¿Felicidad? Diez. Alegría, planes en la calle; expectativas. Ese balón es el vehículo para hacer los primeros amigos, los primeros regates, las primeras travesuras, las primeras escenas de su infancia. Un largometraje por delante, un guión en sus primeros renglones, todo el tiempo del mundo hasta que le aparezcan los títulos de crédito. Protagonista de su intrahistoria”.

El niño con el balón de reglamento reflexionó al fijarse en el muchacho joven: “¡Qué suertudo! Le dejan tener un perro; en mi casa, mi madre dice que sueltan pelos, que dejan babas, que muerden las alfombras, que arañan el suelo de madera de cerezo, que ladran de día, que lloran de noche y que son un estómago más en casa. Y cómo toca la flauta... ¿Habrá ido al conservatorio? Yo no puedo por culpa de las clases de inglés, teatro, pintura, ajedrez, catequesis, entrenamientos de futbito, además de que he de hacer la tarea y aprender a usar la PSP. Y, encima, el punki juega al yoyó mejor que Messi al fútbol”.

El jubilado se dijo: “Mujer, joven, guapa, en edad de trabajar, forastera… Si volviera a nacer, me pido pertenecer al otro sexo; son más listas, más inteligentes, cuentan con un sentido adicional, tienen mayor esperanza de vida, se ponen el mundo por montera y pueden dar a luz; llama más la atención una chica guapa que un chico guapo. Pero no a mí; al común de los mortales. No llevará más de treinta años en este mundo. ¿Profesión? Con esa cámara de fotos podría dedicarse a la fotografía, cine, publicidad. ¡Qué observadora! Parece un escolta de la Casa Real, no pierde detalle. Desborda sensibilidad”.

Y así se les hizo de noche a los cuatro desconocidos que coincidieron en la plaza de un pueblo de cuyo nombre sí puedo acordarme; estaban sentados, frente a frente, en otros tantos bancos con listones de madera de pino marrón oscuro; se miraban con fijeza.

Ideación de Quiero ser tú

Este texto se me ocurrió mientras esperaba a mi madre, sentado en un banco de  la Plaza de la Cruz, y estaban por ahí tres personas como las descritas.

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