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Leer el pasado

Por Juan Iribas 04 agosto, 2017 - 8:01

El otro día, mientras daba una vuelta por Pamplona, además de cruzarme con algún conocido, tomarme una tónica sin hielos en el Café Iruña y sellar mi enésima quiniela, me paró una mujer.

Hojas de romero
Hojas de romero

Calculo que, por su aspecto, no habría cumplido medio siglo. Guapa, habladora, morena, llevaba una rama de romero en una mano. Una especie de La mujer morena, de Julio Romero de Torres.

-Vente pa’ca, que te voy a leer el pasado, me dijo con voz atenorada, un leve deje andaluz y un fuerte aliento a tabaco y a vino tinto, supongo que de garrafón.

Cuando escuché aquello de “leer el pasado”, me sorprendió un montón. Yo, que dirijo una agencia de Publicidad repleta de premios y reconocimientos, jamás habría ideado algo así. Y mi equipo, tres cuartos de lo mismo, claro.

Mi socia y yo estamos aburridos de recibir a candidatos con ideas supuestamente originales…, pero jamás de los jamases se me había sorprendido de tal forma con un chispazo de ingenio como ese, que tanto me conmovió.

“¡Leer el pasado!”, pensé. En realidad, si alguien desconoce tu vida, debe de ser igual de misterioso y, me figuro, de complejo que desvelar el futuro.

-¿Y por qué lees el pasado?, le pregunté a La mujer morena con todo el interés del mundo como si estuviera en la sala de juntas con una candidata taquicárdica al puesto de directora de Arte. La diferencia es que ella ni estaba nerviosa ni sobreactuaba.

-Pa’distinguirme. Aquí todas leen el futuro. La Josefa, la Puri, la Loli… Me cansé de los “te casarás, tendrás no sé cuántos churumbeles, vivirás hasta los…”. ¡De momento, trae esa derecha!, exclamó mientras me cogió la mano.

Extendí la palma, miró igual que un investigador lo hace a través del microscopio y me comentó con rotundidad: “Te vas a morir bien viejo y en sábanas blancas. Como tu padre y como tu abuelo Santiago”.

Aquella mujer había sido capaz de interpretar que tanto mi progenitor como mi abuelo paterno superaron los 90 años. Y, en cuanto al “te vas a morir bien viejo”, confieso que me reconfortó; por un momento pude olvidar mis pastillas para el colesterol, para la tensión, para el azúcar, y mi nula práctica de deporte pese a ser socio de dos gimnasios, que no piso salvo cuando les renovamos los trípticos y la cartelería.

-¿Pero no hablaban del futuro las líneas de la mano?, le pregunté con hambre de incorporarla a mi equipo creativo.

-Claro, yo leo los nudillos. El pasado está en los nudillos, salvo en los de los boxeadores y los broncas, aunque tú no tienes pinta de partirte la cara cualquier noche por ahí…

Aquella mujer clavó sus ojos oscuros en mis puños y comenzó a desgranar mi biografía desde la primera papilla hasta la semana pasada: acertó los nombres de mis padres, que soy el menor de tres hermanos adoptados, dónde estudié, que me regalaron una BH azul cuando hice la Primera Comunión, mis aficiones a la pelota, las pelis de David Trueba y el chocolate, dónde he trabajado, el número de empleados de la agencia, el porfolio de clientes, los premios… Ni un solo error. Ni siquiera una laguna. Cuando ella me comentó que apoyara la idea de mi socia de abrir una sede en Barcelona, me desarmó.

-¿Pero cómo es posible?, le pregunté.

-Yo no he abierto la boca, hermoso, han sido tus nudillos. Míratelos. ¿Los ves? Pues pone todo eso. Ah, y deberías invitar a cenar a la chavalería de vez en cuando. No solo han de hacerse cenas de empresa la penúltima semana de diciembre.

Creo que asistí a un Master a la intemperie, donde recibí una lección de creatividad, de saber darle la vuelta a lo habitual y, sin duda, clavó mi biografía, mi CV. Incluso se me pasó por la cabeza contratarla.

Le pregunté su nombre: Carmen Montoya Montoliú. Con una gracia inusual me insinuó que no la buscara en Google, que no tenía perfil en Linkedin. Claro, ella fue más básica y con un lenguaje invertebrado señaló: “Y en el Internet ese no salgo. No, no me mires así; tampoco en esas fotos de frente y de perfil”.

-Por cierto buen hombre, te regalo el futuro, ya te he dicho que lo mío es otra cosa, lo mío es el pasado, que lo he clavao.

Me pidió cinco euros por contarme lo que ya sabía. Cinco euros por una clase magistral de creatividad. Cinco euros por haber desgranado mi vida y sugerirme el resto de mis días hasta una muerte longeva. Se merecía un cheque en blanco al portador y, por supuesto, se llevó un buen billete.

-Dales fiesta el viernes por la tarde a la juventud y no seas tan gruñón, que Del Bosque ganó el Mundial sin levantar la voz, comentó sin darse la vuelta mientras se perdía entre decenas de peatones.

Me senté en un banco de la Plaza del Castillo con una rama de romero en la mano y, por supuesto, con cara de póquer. Ella y sus andares pendulares se perdieron por cualquier calle del casco viejo mientras sus colegas se dedicaban a trufar los sueños de los viandantes al conjugar el futuro de indicativo de decenas de verbos.

Necesitaba digerir todo aquello, asimilarlo e incluso compartir tal torrente de creatividad con los miembros de mi agencia. Con la de tonterías y necedades que incluimos en el grupo de WhatsApp, por fin había un comentario inteligente que tendría decenas y decenas de reacciones.

Mientras seguía con cara de póquer empecé a teclear esta anécdota hasta el instante en el que descubrí a mi socia junto a la tal Carmen Montoya, medio escondidas en un pilar de la Plaza del Castillo, desternilladas de risa.

Cuando se me acercaron, la lectora del pasado se quitó una microcámara de vídeo que llevaba en un botón de la camisa y, sobre todo, la máscara y las horas de maquillaje y caracterización: era la artista Estrella Morente, contratada por mi socia como regalo por mis 25 años en el mundo de la Publicidad.

Ideación de ‘Leer el pasado’

El otro día me quisieron leer la mano.

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