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Sanjurjo (IV – El presidiario)

Por Javier Aliaga 07 noviembre, 2016 - 7:57

Proponemos un hecho histórico para que el lector adivine si se trata o no de una falsedad.

José Sanjurjo, a la derecha, en el penal del Dueso
José Sanjurjo, a la derecha, en el penal del Dueso

Verdadero o falso:

La sublevación contra la II República del 10 de agosto de 1932 tuvo como objetivo la restauración del régimen monárquico, fue organizada y dirigida por el general Sanjurjo, de ahí que se denominó Sanjurjada.

La represión de Azaña

El pasado julio, el presidente Erdogan de Turquía se ha servido del fallido golpe de Estado para perpetrar una brutal represión -duramente criticada en occidente-, contra los partidarios del clérigo Gülen. Del mismo modo, el Gobierno de Azaña aprovechó la sublevación del 10 de agosto de 1932 para cerrar locales y asociaciones, así como para encarcelar a monárquicos, aristócratas y oficiales. No tenemos datos objetivos; sin embargo, algunos historiadores cifran las detenciones en centenares, mientras que otros, como Arrarás, las elevan a miles.

La campaña represiva se cebó en los medios de comunicación, una incipiente radio y en la prensa. De esta última sí tenemos datos objetivos: el Gobierno amparado en la Ley de Defensa de la República, de la noche a la mañana, suspendió 132 periódicos -casi la mitad de los existentes-, de los cuales 76 eran diarios y 51 revistas. La indiscriminada medida afectó a todos los rotativos con ideología conservadora, católica o monárquica. Dado que tres diarios ya habían sido sancionados con anterioridad a la intentona, a partir del 11 de agosto, 79 diarios quedaron suspendidos; un récord impropio de un régimen que se autocalificaba como democrático. En Pamplona la medida afectó a tres diarios: “La Tradición Navarra”, “El Pensamiento Navarro” y “Diario de Navarra”, que estuvieron suspendidos poco más de un mes, entretanto continuó imprimiéndose el nacionalista “La Voz de Navarra”.

El juicio

El general Sanjurjo encomendó su defensa a Francisco Bergamín –el de la calle de Pamplona- antiguo ministro de la monarquía. Viniendo de él y de su pasado, hace unas inconcebibles declaraciones a la prensa, en las que desvela la línea argumental en favor de su defendido:

« ¿Sus propósitos? Sanjurjo los ha expresado de palabra y por escrito los publicó en un manifiesto. No iba contra la República, sino contra un Gobierno que él entendía sojuzgado por el elemento socialista. El error fue de quienes mezclaron con el propósito de Sanjurjo la absurda idea de una restauración borbónica. ¿Pensar Sanjurjo en volver al Trono a D. Alfonso? ¡Eso no puede pensarlo nadie de los que tratamos de cerca a aquel Rey y aprendimos cómo nos engañaba a todos!... Una restauración de D. Alfonso no puede quererla nadie…»

Por su parte Sanjurjo, sin dar nombre de otros conjurados, declaró que no tuvo intención de atacar al presidente de la República, ni al régimen republicano y que su propósito era derribar el Gobierno, amparado en el malestar generalizado de España. Añadió que el manifiesto que se reprodujo en la prensa lo llevó desde Madrid, pero que mandó imprimir otro, cambiando la frase final de "¡Viva la soberanía nacional!" por la de "¡Viva la República!", este manifiesto es el que se repartió por las calles de Sevilla. Además, explicó que mandó izar en todos los edificios la bandera tricolor e insistió que se encaminó hacia Huelva con objeto de responder ante la primera autoridad que pudiera detenerlo.

Sentencia

Al día siguiente del juicio, el 25 de agosto, se conoció la sentencia de la Sala Sexta del Tribunal Supremo: condena a muerte para el general Sanjurjo; absolutoria para su hijo Justo; doce años para su ayudante, Esteban-Infantes; y reclusión perpetua para el general García de la Herrán.

Sanjurjo era viudo y mantenía relaciones con María Prieto Taberner, fruto de las cuales tuvieron un hijo, José, que hasta el momento no había reconocido. Antes de que la condena fuese ejecutada, el reo solicitó dos horas para resolver “asuntos íntimos”. Así que en la misma celda se improvisó una capilla para la celebración del enlace que regularizaba la situación de su hijo.

El indulto

La sentencia provocó manifestaciones y desordenes por toda España exigiendo el fusilamiento del general. En sentido opuesto, también se recibieron múltiples peticiones de indulto, entre éstas, las más significativas: las solicitadas por la madre de Galán y por la viuda de García Hernández.

La cuestión del indulto se dilucidó en el Consejo de ministros, todos votaron a favor del mismo, a excepción de Casares Quiroga, que defendió con vehemencia el cumplimiento de la pena. Azaña dejó un sus memorias su posición: «Fusilar a Sanjurjo nos obligaría a fusilar después a otros seis u ocho que están incursos en la misma pena, y a los de Castilblanco. Serían demasiados cadáveres en el camino de la República…

"Fusilando a Sanjurjo, haríamos de él un mártir, y fundaríamos, sin quererlo, la religión de su heroísmo y de su caballerosidad. Fusilando a Sanjurjo, iríamos hoy a favor de la corriente, pero se nos volvería contraria a los pocos días, a las pocas horas; los mismos que ahora piden su muerte, lo sentirían después. La monarquía cometió el disparate de fusilar a Galán y García Hernández, disparate que influyó no poco en la caída del trono; procuremos no incurrir en un yerro análogo.»

Conmutada la pena por reclusión perpetua, el Gobierno deliberó sobre las diversas prisiones para confinar al general faccioso: Mahón no ofrecía seguridad; Ocaña demasiado cerca de Madrid, podría ser una peregrinación de monárquicos; El Dueso de Santoña no era prisión militar. Definitivamente se optó por El Dueso, Azaña dictó un par de decretos: uno para convertir al Dueso en prisión militar y otro para el traslado del presidiario, donde se le asignó el número 52.

Otras repercusiones de la intentona

La intentona del 10 de agosto de 1932, afianzó el régimen y alentó la euforia republicana para finalizar la catarsis de los vestigios monárquicos. Se inició una “caza de brujas”, basada en delaciones, de funcionarios y militares sospechosos, que fueron retirados del servicio, los afectados: unos 300 oficiales del Ejército, 46 diplomáticos y más de 100 de carrera judicial o fiscal.

Un grupo de 144 represaliados fueron deportados a Villa Cisneros (Sahara Occidental), en su mayoría aristócratas y oficiales -entre ellos el absuelto Justo Sanjurjo-. Unos meses más tarde varios escaparon en un barco a Portugal. Por la relación con Sanjurjo, fueron suprimidas las direcciones generales de la Guardia Civil y de Carabineros, mientras que se reforzó, en número y presupuesto, la Guardia de Asalto.

En menos de un mes, el mismo día, el 9 de septiembre, se aprobaron dos leyes controvertidas, cuyos trámites estaban estancados en las Cortes: el Estatuto de Cataluña y las Bases de la Reforma Agraria. Posteriormente en octubre, se decretó la revolucionaria expropiación, sin indemnización –a todos los efectos inconstitucional-, de las tierras pertenecientes a la grandeza de España, publicándose una lista de 390 afectados (127 duques, 174 marqueses, 78 condes, etc.) para repartirlos entre el campesinado.

Verdades y mentiras de Sanjurjo

¿Quiénes estaban detrás de la sublevación? Nunca se ha llegado a saber, el entramado era enorme, políticos constitucionalistas, militares, monárquicos alfonsinos y tradicionalistas; todos abandonaron a Sanjurjo a su suerte. El director general de Seguridad preguntó a Sanjurjo: « ¿Cómo ha podido usted, don José, lanzarse a eso, solo?» Su respuesta fue: «Cuando uno es vencido, siempre se queda solo».

Sanjurjo renunció a “tirar de la manta”, no delató a los conspiradores. Se especuló que Lerroux –amigo del general- formaba parte del complot; tal vez como agradecimiento a su silencio o por amistad, escribió: «Se sublevó como un caballero, perdió como un gran señor y se resignó a su suerte como un perfecto cristiano.» Pero es indiscutible que Sanjurjo ni organizó el alzamiento, ni fue el presidente de la Junta, su declaración es categórica: «Yo no era el director del movimiento del 10 de agosto. Quizá fue ese mi error: el de no asumir la dirección principal.»

Aparte de su declaración, hay al menos, tres evidencias que lo corroboran: 1) El 9 de agosto la lista de los posibles conjurados que dispone Azaña no contiene el nombre de Sanjurjo, lo cual significa que su incorporación fue tardía; 2) Si Sanjurjo hubiese sido el responsable de la revuelta, no se habría ido a Sevilla, habría actuado en Madrid; 3) Barrera, como presidente de la Junta, es el que viaja a Pamplona para intentar la sublevación tradicionalista.

Convertir a Sanjurjo en cabeza de turco y responsable de la sublevación beneficiaba a todos. Tanto a los conjurados, que ocultaban los verdaderos responsables; como al Gobierno, que ganó en prestigio por la eficacia en la pronta encarcelación del responsable. Esta visión prevalece incomprensiblemente en el tiempo al cabo de 84 años.

En la mayoría de los libros de historia la rebelión del 10 de agosto de 1932, se denomina como “El golpe de Estado de Sanjurjo”, o bien la “Sanjurjada” -asimilada a chapuza-, que son formas de atribuir la responsabilidad exclusiva de la misma a Sanjurjo, cuando sólo fue uno de los cabecillas.

¿Huía a Portugal? Las declaraciones del guardia de Seguridad a la prensa no dejan dudas de que la detención de Sanjurjo se produjo a la entrada de Huelva. Esta versión coincide con el titular de la “La Voz de Navarra”, del 12 de agosto, “SANJURJO ES DETENIDO EN HUELVA”. Aunque podía haber tomado una carretera a la frontera sin pasar por esta capital, no podemos aseverar si su intención era fugarse a Portugal. Algunos libros describen que la detención se produjo cuando huía “hacia” Ayamonte –última población antes de la frontera-, significando la idea de alcanzar la frontera portuguesa. Otros libros -Gil Robles o Márquez Hidalgo-, cambian la preposición “hacia” por la preposición “en” falseado la realidad, porque en ese caso la huída era manifiesta sin intención de entregarse.

En torno a la figura de Sanjurjo se han vertido muchas falsedades, como la inventada petición de Sanjurjo a Franco de encargase de su defensa, con la delirante respuesta del futuro dictador: «Podría, en efecto, defenderle a usted, pero sin esperanza. Pienso en justicia que, al sublevarse y fracasar, se ha ganado el derecho a morir.»

Respuesta a la pregunta planteada

La sublevación del 10 de agosto de 1932 se materializó de forma inconexa y desorganizada, en Madrid y Sevilla, otros focos quedaron silentes; pero el movimiento no fue ostensiblemente monárquico. Tal vez la heterogeneidad de los conjurados y de sus intereses hizo que Sanjurjo asumiese encabezar la insurrección sevillana, exteriorizando que su propósito no era derribar el régimen, sino el Gobierno. Las distintas evidencias nos permiten afirmar que la sublevación ni fue organizada ni dirigida por el general Sanjurjo. Por tanto, la respuesta a la pregunta inicial es falso; a pesar de todo, los historiadores la seguirán denominando la “Sanjurjada”.

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Sanjurjo (IV – El presidiario)