Blog / El espejo de la historia

El Pacto de San Sebastián

Por Javier Aliaga 21 enero, 2016 - 23:18

Proponemos un hecho histórico para que el lector adivine si se trata o no de una falsedad.

Verdadero o falso:

Coincidiendo la Semana Grande y el Festival de Cine de San Sebastián, el 17 de agosto de 1930, el nacionalismo vasco convocó una reunión secreta con partidos nacionalistas y republicanos, para unificar criterios contra la Monarquía. Mientras tenía lugar la firma del Pacto, el actor Buster Keaton, invitado por el Festival, asistía a la corrida de toros, dejándose ver posteriormente en las mesas de juego de ruleta del Gran Casino.

La dictadura de Primo de Rivera

El 17 de mayo de 1902, al cumplir 16 años, Alfonso XIII inicia su reinado jurando la Constitución de 1876, con la formula: “Juro por Dios, sobre los Santos Evangelios, guardar la Constitución y las Leyes. Si así lo hiciere, Dios me lo premie. Y, si no, me lo demande”. Consumado el golpe de estado de Primo de Rivera en 1923, el Rey, olvidándose de su juramento, otorga su beneplácito al dictador, convirtiéndose consecuentemente en su cómplice. Durante los seis años de dictadura se organizaron diversas conjuras, tanto de origen civil como militar, para acabar con el régimen dictatorial. Enfermo, sin el apoyo del Ejército y ante la creciente impopularidad que cosechaba, Primo de Rivera en enero de 1930 dimite y se exilia a Paris, donde fallece mes y medio más tarde.

Hace dos años, hemos visto cómo la presión social y mediática contra la Corona, ha obligado a Juan Carlos I a abdicar. Del mismo modo, tras la dictadura, Alfonso XIII debiera haber abdicado para evitar el deterioro a la institución; pero no pudo ser, los dos hijos varones mayores sufrían enfermedades que los invalidaban para el trono: Alfonso, príncipe de Asturias, era hemofílico y el infante Jaime sordo. También se descartó la posibilidad del infante Juan de 16 años –padre de Juan Carlos-.

La “dictablanda”

En la España de 1930 existía un gran contraste cultural: una élite de intelectuales pertenecientes a las generaciones del 98 y del 27, partidarios de la República, con un analfabetismo de un 33,20% como media nacional -en Navarra según M. Ferrer Muñoz, el porcentaje era inferior, situándose en un 16,6% -. Además había una religiosidad incrustada en todos los eventos sociales, con un clero omnipresente que se identificaba claramente con la Monarquía -en Navarra, según Javier Dronda, había un religioso por cada 85 habitantes-.

El Rey nombró al General Berenguer como presidente del Consejo de Ministros, con el objetivo de ir recuperando la senda constitucional, mutilada por Primo de Rivera. El pueblo sabio, muy acertadamente, denominó al régimen de Berenguer “dictablanda”. Lo prioritario era convocar unas elecciones, pero era preciso confeccionar un nuevo censo con sus revisiones y plazos de rectificación. Las reformas no iban a la velocidad deseada y el descontento popular crecía al mismo tiempo que el número de antidinásticos y de republicanos. La situación se reflejó en el famoso artículo de José Ortega y Gasset titulado “El error Berenguer” –según el autor, el error no lo cometió Berenguer, sino quién le nombró-, y finaliza con el conocido “Delenda est Monarchia”. El régimen monárquico se desmoronaba.

Depreciación de la peseta

La situación económica no era nada halagüeña, habían transcurrido unos meses desde el jueves negro de Wall Street que acabó con la euforia financiera internacional de los locos años veinte, se iniciaba la Gran Depresión económica mundial. En el verano de 1930 toda la prensa española se hacía eco de la depreciación en la cotización de la peseta –frente a la libra esterlina-, simultáneamente aparecían síntomas de carestía de vida por el aumento de precios de los suministros. Se hablaba de evasión de capitales, de especulación de la gran banca internacional; pero el gobierno afirmaba que no había justificación para la caída de la peseta, porque la economía española era excelente. Una situación parecida a la crisis de la prima de riesgo que hemos vivido hace cuatro años con argumentos muy parecidos.

El verano de 1930 en San Sebastián

Con el derribo de las murallas en 1863, San Sebastián inicia la construcción de edificios (Catedral del Buen Pastor, Instituto Peñaflorida actual Koldo Mitxelena Kulturunea, Gran Casino, Hotel María Cristina, Teatro Victoria Eugenia y Kursaal) que la transforman urbanísticamente hasta adquirir la apariencia Belle Époque que conocemos. Tras no pocos avatares, Donosti hoy es la Capital Europea de la Cultura 2016, como lo fue en otra época la Capital del Reino en la época estival, gracias a la Regente María Cristina -viuda de Alfonso XII-  impulsora del cambio de la ciudad, a donde se trasladaba con la Corte en verano. Buena parte de ese legado borbónico perdura, incluso tras el paso de EH Bildu por el gobierno municipal.

En agosto 1930, la Bella Easo celebraba su tradicional semana grande, acogiendo una multitud de forasteros -se evaluó 32.000 visitantes en lo que iba de mes-, para lo que se habilitaron trenes especiales. “El Plazaola” organizó servicios especiales desde Pamplona para llegar a Donosti en “tan solo” 3 horas y 22 minutos. Los cronistas describen el ambiente: miles de bañistas en la Concha y en Ondarreta, en la Perla la orquesta marcaba la hora del “cock-tail”–un “albornoz”, un “manhattan” y un “charlestón”- se servían mil aperitivos diarios, no se podía dar un paso por el Boulevard, las casas de comidas, las fondas y los hoteles estaban abarrotados. El programa de espectáculos era variado: teatro, frontón, corridas de toros, fuegos artificiales, verbenas –como la del Gran Casino organizada por la Unión Artesana-.

El Pacto de San Sebastián de 1930

El Pacto nace para hacer un frente común, uniendo todas las fuerzas antimonárquicas, que actuaban desordenadamente. Fue el germen de la Conjunción electoral con los socialistas.

La pregunta que uno puede hacerse, ¿por qué en San Sebastián? El nacionalismo vasco nada tuvo que ver, por supuesto tampoco convocó la reunión. La explicación es más simple: cada verano Donostia acogía a las clases pudientes de toda España, algunos de ellos republicanos o intelectuales, pero en absoluto nada proletarios. Este fue el pecado original de la II República que en su concepción nació burguesa –como muchas revoluciones, como muchos políticos de nuevo cuño de la actualidad-, la izquierda reprochó continuamente este sambenito sin querer asumir su origen.

El domingo 17 de agosto de 1930, en el ambiente festivo descrito, los republicanos almorzaron en el Hotel Londres y de allí se dirigieron hasta el domicilio social de la Unión Republicana en Garibay 4. Los partidos republicanos representados fueron: Alianza Republicana (Lerroux), Partido Radical Socialista (Domingo, Albornoz y Galarza), Izquierda Republicana (Azaña) y Derecha Liberal Republicana (Alcalá Zamora y Miguel Maura). Mientras que los partidos regionalistas y nacionalistas asistentes fueron: Federación Republicana Gallega (Quiroga), Acció Catalana (Carrasco), Acció Republicana de Cataluña (Mallol) y Estat Català (Ayguadé).

Dado que el partido socialista no quiso sumarse al acto, Prieto (Indalecio) y de los Ríos (Fernando) asistieron a título particular. Entre los invitados, figuraban Ortega y Gasset (Eduardo) y Sánchez Román (Felipe). Gregorio Marañón envió una carta con su adhesión al acto, el cual no pudo acudir por encontrarse ausente en Francia.

Desde el principio del acto, los catalanes dejaron bien claras sus pretensiones: la República, en caso de triunfo, concedería a Cataluña una autonomía absoluta. Entre todos los asistentes acordaron que para la concesión de la autonomía a Cataluña, ésta debiera ser refrendada por el pueblo catalán en votaciones y que no gozaría de privilegios frente a otras regiones españolas. Salvado el escollo catalán, se pasó a tratar la preparación de un plan revolucionario y terminaron nombrando un Comité ejecutivo. La reunión duró apenas dos horas, al final de la cual en un bar próximo, Indalecio Prieto redactó una nota para la prensa. En el Pacto ni hubo acta, ni se redactaron conclusiones; por tanto, tampoco hubo firmas de los asistentes, fue, como dice en su libro Miguel Maura, un pacto entre caballeros.

Nuevamente se reunieron al día siguiente para almorzar en Rentería y para cenar en Irún con ocasión del homenaje a un ex alcalde de Irún republicano. La prensa dejó constancia de todos estos actos, no fueron reuniones secretas, a modo de complot, como se ha dejado ver.

A los pocos días, el Comité ejecutivo del Pacto se reúne con los dirigentes socialistas en Madrid y llegan a un completo acuerdo, la UGT también da su apoyo, siempre que el movimiento a preparar fuese de carácter revolucionario y que el Ejército tomase parte activa en el mismo.

Otras falsedades del enunciado inicial

Aparte de las falsedades que ya hemos visto sobre la reunión del Pacto, no es cierto que la Semana Grande fuese coincidente con el Festival de Cine, que comenzó 23 años más tarde en 1953. Lo rigurosamente cierto, es que el inolvidable actor, guionista y director, Buster Keaton, estaba de vacaciones en Biarritz, por las tardes se acercaba a Donosti para asistir a las corridas de toros en compañía del actor mexicano Luis Alonso Dámaso –más conocido como Gilbert Roland-. Sin embargo, es falso que jugase a ruleta, pues el 31 de octubre de 1924, en plena dictadura, el Gran Casino de San Sebastián cerró sus puertas al juego.

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