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Blog / El espejo de la historia

Las elecciones municipales de 1931

Por Javier Aliaga 09 enero, 2016 - 1:24

Proponemos un hecho histórico para que el lector adivine si se trata o no de una falsedad.

¿Verdadero o falso?

Del mismo modo que Junts pel Sí ha conferido un carácter plebiscitario a las recientes elecciones autonómicas catalanas, las elecciones municipales de abril de 1931 fueron un plebiscito para decidir el cambio de Régimen a la II República.

Antecedentes

A partir del golpe de estado de Primo de Rivera en 1923, España sufrió seis años de dictadura, consentida y bendecida por Alfonso XIII en flagrante incumplimiento de la Constitución de 1876. El dictador, ante la creciente impopularidad que cosechaba y sin el apoyo del ejército, dimite y se exilia a Paris en enero de 1930. Alfonso XIII nombra al General Berenguer como presidente del Consejo de Ministros, con el objetivo de ir recuperando la senda constitucional, mutilada por Primo de Rivera. Sin embargo el Régimen de Berenguer, denominado a modo jocoso “dictablanda”,  fue objeto del famoso artículo de José Ortega y Gasset titulado “El error Berenguer” –según Ortega el error no lo cometió Berenguer, sino quién le nombró-, y finaliza con el conocido “Delenda est Monarchia”. El descontento popular aumentaba porque las reformas no iban a la velocidad deseada, de manera que en febrero de 1931, Berenguer dimite como jefe de Gobierno.

La propia institución real se estaba granjeando la animadversión de la ciudadanía, por lo que la Corona intentó dar un golpe de timón buscando un gobierno para satisfacer a los constitucionalistas. De las distintas opciones barajadas por Alfonso XIII, y para entender su desesperada situación, se aviene a la inimaginable iniciativa de solicitar formación de gobierno a José Sánchez Guerra -liberal, ex Presidente del Consejo de Ministros, implicado en la sublevación de Valencia de 1929-. En la búsqueda de soluciones, Sánchez Guerra se dirige a la Cárcel Modelo de Madrid a parlamentar con el Comité revolucionario, ofreciéndoles formar parte del Gobierno. El hecho raya en lo surrealista cuando el Comité rechaza la propuesta de Sánchez Guerra y éste a su vez declina la oferta de monarca.

Finalmente Alfonso XIII deja todo igual nombrando al Almirante Aznar -nada que ver con el José María Aznar del PP- jefe de un gobierno poco profesional, pero muy aristocrático en el que figuraban: un duque, 2 condes y 2 marqueses; completado con 2 almirantes y un general -el propio Berenguer-.

Situación político-social

Es difícil imaginar lo que pasó sin conocer la compleja situación político-social de la España de 1931:

La Gran Depresión económica mundial. No habían transcurrido dos años desde el jueves negro de Wall Street, que acabó con la euforia financiera internacional de los locos años veinte. La cotización de la peseta se había hundido, aumentando vertiginosamente la deuda pública.

La revolución bolchevique rusa de 1917, con la matanza de la familia de Zar, estaba presente. Sonaban tambores de revolución y de la dictadura del proletariado.

Religiosidad totalmente incrustada en todos los eventos sociales, con un clero omnipresente que se identificaba claramente con la monarquía -en Navarra, según Javier Dronda, había un religioso por cada 85 habitantes -.

Coexistía un gran contraste cultural: una élite intelectual pertenecientes a las generaciones del 98 y del 27, partidarios de la República, con un analfabetismo de un 33,20%  como media nacional -en Navarra según M. Ferrer  Muñoz, el porcentaje era inferior, situándose en un 16,6% -.

España era un país agrícola de grandes terratenientes, pero con un campesinado trabajando por salarios miserables en condiciones infrahumanas.

Elecciones Municipales el 12 de abril de 1931

Aznar convocó, a modo de prueba, las elecciones municipales para el 12 de abril, mientras que las generales tendrían lugar el 10 de mayo. El Gobierno se las prometía muy felices, pues  disponía de los cálculos con proyección de los resultados de las elecciones de 1923 –anteriores al golpe de estado- , que había elaborado, el subsecretario del Ministerio de Gobernación, Montes Jovellar, dando como resultado de un 80 a un 90 % favorable a los monárquicos.

Una semana antes de las elecciones, el día 5, se proclamaron 14.018 concejales monárquicos, frente a 1.832 concejales de la Conjunción republicano-socialista, en aplicación del artículo 29 de la Ley electoral, que permitía nombrar automáticamente a los candidatos únicos. Estas circunstancias se daban principalmente en zonas rurales donde existía influencia de caciques, que controlaban los candidatos. En Navarra en virtud de este artículo, se nombraron 1.103 concejales correspondientes a 136 ayuntamientos ( 53% del total), de los cuales, según Virto Ibañez eran: 946 antirrevolucionarios de derechas, 28 de la Conjunción y el resto sin determinar filiación política. Todo ello confirmaba los buenos pronósticos de Montes Jovellar para los monárquicos.

La jornada del 12 de abril discurrió con normalidad, hasta el cierre de los colegios electorales a las 4 de la tarde. Aquella noche empezaron a conocerse los resultados: la práctica totalidad de las capitales había votado a favor de la Conjunción republicano-socialista, salvo en 9. Entre estas últimas Pamplona, con triunfo del bloque antirrevolucionario de derechas que obtuvo 17 concejales -en su mayoría jaimistas-, frente a 12 concejales de la Conjunción. En toda Navarra, según Virto Ibañez, los antirrevolucionarios obtuvieron 765 concejales (77%), frente a 134 (13%) de la Conjunción, el resto 86 concejales (10%) se repartieron otras formaciones o sin filiación. Con todo, ni los republicanos más optimistas pensaban que la proclamación de la República sucedería en tan sólo dos días.

La disparidad de los pronósticos del “politólogo” del Ministerio se debe a que no tuvo en cuenta los años de dictadura y “dictablanda” en los que el Rey transgredió la Constitución. La ciudadanía votó contra la Monarquía en demostración de su hartazgo –lo que se denomina en política  voto de castigo-. El que fuera ministro de Alfonso XIII, Francisco Bergamín –el de la calle de Pamplona que comienza en el Edificio Aurora-, manifestó: “Si sé que triunfa la Republica, no la voto”.

El Gobierno se cae del guindo

A medida que se iban conociendo los resultados de las votaciones, los acontecimientos se fueron sucediendo rápidamente, la incompetencia del Gobierno Alfonsino le impidió gestionar la situación.

El lunes 13, el propio Aznar, al inicio de un Consejo de Ministros convocado en urgencia, reconoce ante los periodistas “Qué más crisis quieren ustedes que la de un pueblo que se acuesta monárquico y se levanta republicano”. A partir de entonces, se daba ya por sentado el cambio de Régimen. Ese día por la noche, el Gobernador de Navarra convoca al jefe republicano, Mariano Ansó  -quien dos meses más tarde sería elegido Alcalde de Pamplona-. “¿Se trata de una transmisión de poderes? -pregunta Ansó-. Todavía no -contesta el Gobernador- , pero creo que es una cuestión de horas.”

La proclamación de la Republica y la huida del Rey

El día 14, el ajetreo en Palacio es continuo con multitud de idas y venidas, al mediodía el Conde de Romanones, ministro de Estado, se reúne en casa del Dr. Marañón con Niceto Alcalá Zamora -Jefe del futuro Gobierno Provisional de la República-. La idea del Gobierno Alfonsino, era prorrogar la situación hasta las elecciones de mayo para decidir en Cortes el cambio del régimen. No obstante, el republicano se mostró inflexible: la familia real debía “emprender el viaje antes de ponerse el sol”, de lo contrario no podía responder de su integridad física.

Dado que el Ejército se inhibe para mantener la monarquía y la Guardia Civil se pone al servicio del Gobierno Provisional, Alfonso XIII decide abandonar el país, firmando un manifiesto publicado por ABC, en el se expresa en estos términos: “Las elecciones… me revelan claramente que no tengo hoy el amor de mi pueblo”, “no renuncio a ninguno de mis derechos” “quiero apartarme” para evitar una “fratricida guerra civil”. Por la tarde, se proclama la II República Española desde el balcón del Ministerio de la Gobernación de la Puerta del Sol –actual sede del Gobierno de la Comunidad de Madrid, cuyo reloj nos marca las uvas-. Un par de horas más tarde, el Rey abandona Palacio en coche, conduciendo él mismo, hasta Cartagena donde se embarca en un barco con destino a Marsella. Al pisar suelo francés el ingenuo Alfonso XII, pregunta: “¿Me ha reclamado ya España?”. Al día siguiente el resto de la familia real parte hacia Francia en tren.

La pregunta planteada

La Historia de España, con una diferencia de 84 años, nos ha deparado dos elecciones en las que un bloque partidario de un cambio de régimen las ha reinterpretado como un plebiscito: la Conjunción republicano-socialista en 1931 y Junts pel Sí en las recientes autonómicas catalanas. En éstas, el resultado se ha expresado tanto en número de votantes, como en escaños obtenidos. Por el contrario, en las municipales de 1931, tradicionalmente el resultado se ha expresado sólo en número de concejales, transgrediendo el principio democrático de un referéndum en el que una persona aporta un voto. Téngase en cuenta que un concejal de un pueblo podía ser elegido con unas decenas de votos, mientras que en las grandes capitales la elección de un concejal suponía varios miles de votos.

Bien es cierto, que la contabilización de votantes se hubiese enfrentado a dos problemas: por una parte, la asignación de candidatos según filiación política –no era todo blanco o negro, el Anuario Estadístico en Navarra tiene múltiples errores, según constata Virto Ibañez -; por otra parte, la dificultad de asignar votantes en las poblaciones a las que se aplicó el artículo 29. Téngase en cuenta además que aquellos comicios distaron mucho de ser universales como las entendemos hoy, porque según la Ley electoral vigente, las mujeres no tenían derecho a voto, sólo podían votar varones mayores de 25 años.

Al margen de todo ello, los republicanos han mantenido históricamente  el carácter plebiscitario de los comicios de 1931, mientras que los monárquicos, para deslegitimar a la República, no han admitido que fuese un plebiscito, aduciendo además que el resultado les fue favorable en número de concejales.

En resumen, hay más indicadores que ponen de relieve que aquellas elecciones municipales no fueron un plebiscito entre Monarquía y República. Sin embargo, creo que es una polémica irrelevante, porque la legitimidad de la II República no se la concedió ni el plebiscito, ni sus resultados; sino la totalidad de las instituciones del Estado -desde el Rey hasta los gobernadores civiles, pasando por el Ejército, la Guardia Civil,  etc.-, que asumieron y aceptaron libremente el cambio de Régimen. Además, el propio Gobierno monárquico transfirió el poder a cambio de evitar un conflicto social y preservar la vida del monarca.

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