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Blog / El espejo de la historia

El comunismo y la Comuna de París

Por Javier Aliaga 11 mayo, 2021 - 8:52

Se conmemora el 150 aniversario de la insurrección de la Comuna de París. El comunismo ha patrimonializado aquellos acontecimientos que han sido glosados con innumerables mitos y leyendas. 

Guardias nacionales en la barricada de la plaza Vendôme al final de la calle Castiglione durante la Comuna de París (Bruno Braquehais).
Guardias nacionales en la barricada de la plaza Vendôme al final de la calle Castiglione durante la Comuna de París. Bruno Braquehais.

En el acervo popular subsiste la falsa idea de que en Francia tan sólo hubo una revolución, la de 1789; sin embargo, en el convulso siglo XIX francés, en el que se sucedieron diversos cambios de régimen -tres repúblicas, dos imperios y dos monarquías-, hubo tres movimientos revolucionarios. De ellos, el levantamiento de la Comuna de París de 1871 es el que ha tenido mayor proyección.

El germen de lo sucedido fue la batalla de Sedán de septiembre de 1870, en la que Prusia infligió una soberana derrota al ejército imperial de Napoleón III que, para mayor deshonra, fue hecho prisionero. En dos días, la indignación francesa liquidó el II Imperio y proclamó la III República. Lo cual no impidió el avance de los prusianos que en dos semanas pusieron sitio a las puertas de la Ciudad de la Luz.

A comienzos de 1871 el Gobierno republicano provisional firmó un ignominioso armisticio con los prusianos: la anexión de Alsacia y Lorena, una indemnización astronómica, la rendición de París y la celebración de elecciones generales. En los comicios se impuso la Francia rural y monárquica a las facciones reaccionarias de las grandes urbes. Se dio la paradoja que la Asamblea Nacional no reconocía a la República. Se levantó el sitio, pero los parisienses tuvieron que soportar la humillación de un desfile de prusianos por los Campos Elíseos.

La sublevación se desencadenó el 18 de marzo de 1871 cuando el ejército intentó requisar los cañones de París custodiados por guardias nacionales; éstos habían formado una federación –denominados federados-. Todo fue inútil, se encontraron con la oposición de los guardias y de los parisinos que plantaron cara a la tropa, pues la artillería había sido fundida por suscripción popular. Dada la orden de disparar contra la multitud, los soldados se negaron. Dos generales fueron apresados y fusilados por los federados.

París, bajo la autoridad de la federación, se encontraba nuevamente sitiado por doble partida: republicanos y prusianos. El 26 de marzo se celebraron elecciones para elegir a los miembros del Consejo de la Comuna. En su mayor parte eran blanquistas, jacobinos y proudhonianos, así como unos pocos trabajadores adheridos a la Internacional.

La Comuna, además de adoptar la bandera roja en sustitución de la tricolor y derribar la columna imperial de la plaza Vendôme, promulgó varios decretos inauditos para la época: educación laica, obligatoria y gratuita; separación entre Estado e Iglesia; cooperativas de trabajadores; abolición de la guillotina; prohibición del trabajo nocturno; matrimonio civil; divorcio; cementerios civiles…

El Gobierno preparó una ofensiva contra los rebeldes parisinos con la ayuda de Prusia, además de permitir el ataque por la zona que controlaba, liberó presos para completar un ejército de 170.000 hombres. El 21 de mayo se inició el ataque, combatiendo calle por calle, con tal virulencia en lo que se denominó la semana sangrienta.

A medida que el ejército avanzaba, los comuneros (communards), en su retirada, destrozaron 200 monumentos y quemaron numerosos edificios emblemáticos como el palacio de las Tullerías y el Ayuntamiento. La prensa oficialista atribuyó la autoría a las petroleras (pétroleuses), mujeres portadoras de recipientes de combustible que tras su paso sólo quedaban restos carbonizados. Un infundio para vilipendiar a la mujer por haber participado activamente en la lucha de la Comuna.

El ejército masacró a los comuneros, algunos eran fusilados en las mismas barricadas. Todo acabó el 28 de mayo, los últimos 147 insurrectos fueron pasados por las armas en el muro del cementerio de Père-Lachaise, que se convirtió en símbolo de la Comuna “El muro de los federados”. Lugar donde se ha venido celebrando una especie de peregrinación la montée au mur.

La utopía revolucionaria de la Comuna había durado 72 días. Queda la incógnita del balance de víctimas. Las cifras van desde 7.000 (el historiador Tombs) hasta 100.000 (la anarquista Louise Michel) con el consenso de 30.000 entre historiadores. Como consecuencia de los juicios, miles de comuneros fueron deportados a Nueva Caledonia. La amnistía general llegaría en 1880.

La Europa más tradicional, atemorizada por las noticias que llegaban de París, creó la leyenda negra de la Comuna, equiparándola a una conspiración diabólica. Se propagaron bulos sobre las fechorías de los comuneros, denostando cruelmente el papel de la mujer.

En contraposición, el comunismo convirtió la Comuna en el paradigma de la revolución. Karl Marx en La guerra civil en Francia reinterpreta aquellos acontecimientos en clave de lucha de clases, afirma ser la primera experiencia de la dictadura del proletariado. Siguiendo esta línea los líderes comunistas más significativos del siglo XX, Lenin, Stalin, Castro y Mao, han patrimonializado la Comuna, reivindicándola como algo propio, que, sin lugar a dudas, ha influido en el socialismo internacional.

Ahora bien, por mucho que se empeñen, el proletariado no llegó a ser un actor determinante en los sucesos de París, porque la Francia de aquel tiempo no estaba industrializada. No había proletariado industrial. Los trabajadores internacionalistas en el Consejo de la Comuna eran minoría.

De hecho, los que se sublevaron fueron pequeños burgueses, pequeños patronos, artesanos, a los que se sumaron operarios, profesores y mujeres. Es muy esclarecedora la lista de 35.000 arrestados, de los cuales tan sólo 12.500 eran obreros, el resto eran artesanos, pequeños comerciantes y profesionales.

El fenómeno de la Comuna de París no fue más que una insurrección espontánea de una ciudadanía indignada con el desenlace de la guerra y en desacuerdo con un deshonroso tratado de paz que derivó en unas elecciones indeseadas.

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