Blog / El espejo de la historia

Chivatos en tiempos de coronavirus

Por Javier Aliaga 19 mayo, 2020 - 9:44

El estado de excepción de Sánchez además de limitarnos libertades y derechos, ha traído una figura inherente a los regímenes autoritarios: el chivato.

Una persona prueba la aplicación Alertcops EUROPA PRESS
Una persona prueba la aplicación Alertcops EUROPA PRESS

Históricamente los estados autoritarios se han apoyado en una tupida red de confidentes para delatar a los ciudadanos desafectos al régimen. Durante buena parte del siglo pasado, la URSS y todos sus satélites del telón de acero recurrieron a regimientos de soplones coordinados por policías políticas.

La existencia de chivatos es una condición necesaria en un régimen autocrático, pero no suficiente. De hecho, el parlamento europeo aprobó hace dos años una directiva para la protección del whistleblower o denunciante de casos de corrupción o fraude, que la legislación española todavía no ha transpuesto.

La España del siglo XX tuvo una manifiesta tradición al chivatazo como parte consustancial de la vida nacional. Durante la guerra incivil, ambos bandos buscaron mediante denuncias entre sus huestes: traidores, espías y desertores. Tras la delación y un paripé de juicio, generalmente todo finalizaba con una descarga de fusilería frente a una tapia.

En la postguerra, el franquismo consolidó la figura del delator para asegurarse en la ciudadanía una aparente e inquebrantable adhesión al régimen. Los confidentes se incorporaban en distintos ámbitos y colectividades para delatar a desafectos con incontinencia lingual. El miedo a hablar se generalizó para no caer en las fauces de aquel Gran Hermano.

La totalitaria ETA también se apoyaba por un incondicional batallón de delatores, cuyos soplos conllevaban sentencias de muerte para que el verdugo disparase un tiro en la nuca de la víctima. Durante años, la sociedad vasca no discutió ni la infalibilidad de la banda terrorista, ni la de sus confidentes; se sancionaba cada asesinato con un “Algo habrá hecho”. Aquellos chivatos de ETA, verdaderos asesinos, siguen siendo homenajeados a la salida de la cárcel por la izquierda abertzale.

Cuando creíamos que las dictaduras habían desaparecido de nuestras vidas, el presidente Sánchez amparado en la declaración de un estado de alarma sanitaria, y haciendo un uso abusivo de sus atribuciones, ha impuesto un estado de excepción de facto, con 209 normas. En efecto, si comparamos el drástico confinamiento español con el del resto de Europa, hemos estado más cerca de la reclusión domiciliaria de un régimen autocrático que del aislamiento sanitario bajo una democracia parlamentaria.

Por si fuera poco, si damos crédito a las denuncias de los medios de comunicación -no sanchistas-, el Ejecutivo escudado en esa excepcionalidad, con falta de transparencia, ha cometido todo tipo de arbitrariedades (desde nombramientos indebidos, hasta malversación). Como guinda del pastel, ha surgido la figura del chivato a modo de policía de balcón que controla las actividades de vecinos y viandantes. Esta iniciativa podría ofrecer a tres razones: miedo al coronavirus; adhesiones voluntarias al despótico Sánchez; o simplemente el deporte nacional del cotilleo representado por la vieja al visillo de Mota.

En cualquier caso, ni en lo mejor de los sueños estos confidentes hubieran imaginado cobrar dos piezas de caza mayor. La primera, el irresponsable expresidente Rajoy por su incívica acción de saltarse la reclusión domiciliaria; delatado posiblemente por un vecino, que en vez de informar a la policía, ha llamado a la Sexta para grabar la marcha mariana y darle difusión mediática.

La otra pieza, el que siendo director de Emergencias de Osakidetza del País Vasco, Jon Sánchez, aguerrido peneuvista, se saltó la reclusión para desplazarse a su segunda vivienda en la localidad cántabra de Castro Urdiales. Dos vecinos del mismo inmueble alertaron a la policía municipal que el propietario no vive habitualmente y que había llegado de noche acompañado de una mujer. Este Sánchez ha dimitido por “conducta poco ejemplar”.

La tecnología se ha incorporado a nuestras vidas para lo bueno y lo malo. El teléfono móvil es un chivato eficaz que registra nuestros movimientos, algo que está utilizando el Gobierno para conocer los desplazamientos. Además se ha relanzado la actividad de la aplicación Alertcops del Ministerio del Interior para comunicar con las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, facilitando el chivatazo de la ciudadanía. En dos meses en Navarra este servicio ha recibido una cincuentena de comunicaciones.

Me he preguntado qué pasaría si denunciase al Ejecutivo de Sánchez en la plataforma Alertcops, motivos hay: al presidente y su vice segundo por saltarse la cuarentena obligatoria al haber estado en contacto con contagiados; por incumplir la Ley de Salud Pública y la de Transparencia al no desvelar los miembros del comité de expertos que deciden la desescalada, y así un largo etcétera.

Finalmente me he reprimido, porque la declaración del general Santiago afirmando que la Guardia Civil trabaja para “minimizar ese clima contrario a la gestión de crisis por parte del Gobierno”; sea lapsus o no, me hace dudar del equipo en que juegan los picoletos en esta epidemia. De todos modos, ¡qué no malgasten el tiempo! Soy un desafecto a este Gobierno social-bolivariano.

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