Blog / El espejo de la historia

Catalina de Foix, cuna de Borbones

Por Javier Aliaga 09 mayo, 2019 - 9:30

Ante el cambio de denominación de la Av. del Ejército de Pamplona por Catalina de Foix, los medios han publicado diversos resúmenes históricos de la vida de la reina. Los cuales, por lo general, omiten que fue precursora de la dinastía borbónica francesa y española.

La nieta de Catalina de Foix, Juana III de Navarra casada con Antonio de Borbón, inició la dinastía de los Borbones franceses y españoles.
La nieta de Catalina de Foix, Juana III de Navarra casada con Antonio de Borbón, inició la dinastía de los Borbones franceses y españoles.

El alcalde de Pamplona, José María Asirón –tiene en común con Aznar el mismo nombre de pila-, ha consumado su prerrogativa para cambiar el nombre de la Avenida del Ejército por el de Catalina de Foix. Es obvio, que esta alcaldada no la hace por un espíritu antibelicista; su formación EH Bildu, a pesar de tener 850 razones manifiestas, rehúye condenar los asesinatos de ETA. Del mismo modo, estoy plenamente seguro que “Tomari” –apelativo de juventud del alcalde antes de convertirse al abertzalismo- tampoco se ha dejado llevar por fervor a una monarquía precursora de los Borbones.

En efecto, de los 14 hijos que tuvieron Catalina I de Navarra (de Foix) y Juan de Albret (Labrit), el primer hijo varón que sobrevivió, Enrique –el sangüesino- heredó la Corona en 1517, como Enrique II de Navarra. Éste contrajo matrimonio con Margarita de Angulema (de Francia, de Valois) –hermana de Francisco I, autora del Heptamerón-; la hija que subsistió fruto de aquel enlace fue su sucesora en 1.555 como Juana III de Navarra. Antes de su coronación Juana había desposado dos veces, la segunda en 1.548 con Antonio de Bourbon (en castellano Borbón) duque de Bourbon y de Vendôme.

De los 5 hijos que tuvo con el Borbón, el primer varón que sobrevivió heredó la Corona de Navarra en 1572 con el nombre de Enrique III; prominente calvinista, tras una apresurada conversión al catolicismo -se le atribuye la frase “Paris bien vale una misa”-, heredó el trono de Francia en 1.589 como Enrique IV. Fue el primero de los siete Borbones franceses, que reinaron durante más de dos siglos. Hasta 1789, todos se titularon “Roi de France et de Navarre”; por eso, en las armas de estos monarcas figuraban dos escudos: el borbónico con las tres flores de lis y el del reino de Navarra.

Enrique IV de Francia (III de Navarra) y sus armas con dos escudos: el borbónico y el de Navarra. ARCHIVO

Bien es cierto que la herencia de los reyes de Francia en lo referente al reino navarro era testimonial, que no territorial, pues sólo controlaban la Basse-Navarre (Baja Navarra) o Ultrapuertos que ocasionalmente se ha calificado como merindad. Tras la Conquista de 1.512, la Alta Navarra había sido incorporada a la Corona de Castilla.

Por otra parte, la muerte de Carlos II de España “el Hechizado” en 1700, sin descendientes, extingue la Casa de Austria; en su testamento designa como heredero a Felipe duque de Anjou, nieto del Rey Sol francés Luis XIV, que le sucede como Felipe V, siendo el primer Borbón español. Aquella elección trajo consigo la desavenencia del resto de las monarquías europeas, partidarias de la candidatura del archiduque Carlos de Habsburgo y que provocó la Guerra de Sucesión durante 12 años. Finalizó con el Tratado de Utrech cuyas consecuencias seguimos padeciendo.

De todo lo dicho, extraemos dos conclusiones. Primera, la nieta de Catalina I, Juana III de Navarra, inauguró la dinastía de los Borbones franceses y españoles. Segunda, Felipe VI representa la ramificación española de los Borbones; es pues descendiente consanguíneo de la dinastía navarra obligada a exiliarse a Francia en 1512.

Por ello, me permito proponer ciertas sugerencias a los nuevos gobiernos que surjan de las próximas elecciones del 26-M. En lo que respecta al Ayuntamiento de Pamplona, creo que Catalina I de Navarra (de Foix por el padre, de Francia por la madre) merece dar nombre a una vía importante, sea o no la antigua Av. del Ejército; en parte, por su descendencia dinástica, y en parte, por agravio comparativo frente a su cónyuge, Juan de Labrit, que siendo rey consorte denomina una calle desde hace casi un siglo.

En lo concerniente al nuevo Gobierno foral, sugiero dos iniciativas: recuperar la presencia de los reyes en la entrega de los premios Príncipe de Viana –anulada por el cuatripartito-; y cambiar el nombre de los mismos por Princesa de Viana acorde con la infanta heredera.

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