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Blog / El espejo de la historia

La batalla del relato de la Batalla de Noáin

Por Javier Aliaga 30 julio, 2021 - 9:35

El nacionalismo vasco se sirve de la conmemoración del quinto centenario de la Batalla de Noáin para divulgar su relato tergiversando aquellos hechos históricos como fundamento a sus anhelos independentistas.

Carlos I de España y Francisco I de Francia, sus ejércitos se batieron en la Batalla de Noáin de 1521 para dirimir el destino de Navarra.
Carlos I de España y Francisco I de Francia, sus ejércitos se batieron en la Batalla de Noáin de 1521 para dirimir el destino de Navarra.

En 1521 tuvo lugar la tercera fase de la Guerra de Navarra, la coincidencia con la rebelión de las Comunidades de Castilla (1520-1521) no fue casual, los comuneros habían convenido con el rey francés Francisco I su apoyo a una expedición militar. La ocasión era propicia, Navarra estaba desguarnecida, su virrey había enviado tropas y artillería para combatir la rebelión castellana.

El reino pirenaico llevaba seis años incorporado a la Corona de Castilla, su rey legítimo, Enrique II -hijo de Catalina I (de Foix) y Juan III de Albret-, se encontraba exiliado en sus vastos dominios franceses.

El suceso bélico más relevante de aquella guerra fue la Batalla de Noáin que consolidó la unificación de los reinos peninsulares y acabó con las aspiraciones de los Foix-Albret sobre la Alta Navarra. Todo había comenzado mes y medio antes, el 10 de mayo, cuando un poderoso ejército, al mando de André de Foix o Asparros, atacó la España imperial de Carlos I, a través de la Baja Navarra. Para los intereses franceses fue un error haber demorado tanto la expedición, ya que el ejército comunero había sido desbaratado el 23 de abril en la Batalla de Villalar y sus tres líderes ejecutados.

Asparros tras tomar fácilmente San Juan de Pie de Puerto y Roncesvalles, encaminó sus huestes hacía la capital del reino. El 19 de mayo, en Villaba los miembros del Concejo de Pamplona capitularon, entregaron las llaves de la ciudad al general francés y juraron lealtad a Enrique II. En pocos días, Asparros conquistó el reino; pero no permitió la venida del Albret –lo cual indica las verdaderas intenciones de Francisco I-.

Sin haber afianzado la conquista, Asparros dirigió sus tropas, con la incorporación de muchos agramonteses, hacia territorio castellano; saqueó Los Arcos (pertenecía a Castilla) y puso cerco a Logroño. La reacción española no se dejó esperar: las Cortes aragonesas aprobaron el envío de tropas y se constituyó una expedición de socorro compuesta por castellanos, entre los cuales 5.000 hombres de las milicias vascongadas, y navarros beamonteses –capitaneados por Francés de Beaumont-. Los franceses levantaron el cerco y se replegaron hacia Pamplona acechados por el ejército de auxilio.

El 30 de junio en Noáin, en la que fue la única batalla campal de la guerra, se enfrentaron los dos ejércitos. El francés tenía menos efectivos, aunque compensaba con una posición dominante, una potente artillería y la caballería acorazada.

Un grupo de españoles, guiados por Beaumont, bordearon El Perdón para acceder a la Cuenca de Pamplona cerrando la retirada al francés, obligándole a atacar sin esperar refuerzos. En el curso de la batalla, parte de la infantería gascona huyó, permitiendo a los imperiales hacerse con la artillería gala. Las tropas francesas sufrieron una soberana derrota con miles de bajas.

Sobre esta batalla, el nacionalismo vasco ha concebido un relato con hechos tergiversados, resumido en tres puntos.

Primero: ¿Cómo denominar al ejército cuyo mando era francés (Asparros y sus tres lugartenientes), la artillería francesa (29 cañones), la caballería acorazada francesa (gendarmes) y el 80% de la infantería francesa (gascona)?

Naturalmente para los cronistas oficiales e historiadores tradicionales, el ejército era francés. El escritor de la “Historia de Bearne y Navarra”, Bordenave, así como el historiador de referencia Boissonnade autor de la “Historia de la incorporación de Navarra a Castilla”, utilizan los términos ejército francés o franceses. Muchos historiadores contemporáneos, como Floristán, Fernández Martín, Navarro y Labau, emplean también la misma terminología.

La versión más ponderada corresponde a Martinena: “las huestes francesas de Andrés de Foix, señor de Asparrós, con la ayuda de muchos legitimistas navarros”. Sin embargo, el nacionalismo vasco disiente de lo que llaman la “versión oficial” para reinterpretar la historia con distintas denominaciones para el ejército.

Los abertzales moderados denominan al ejército franco-navarro, si bien en la mejor de las estimaciones, la participación legitimista en términos cuantitativos no superaba el 20%, porcentaje que se vería reducido en lo cualitativo. Esta discutible denominación desvirtúa la historiografía: engrandece la colaboración de la facción agramontesa generalizándola a toda la población navarra.

Además es radicalmente injusta: tan navarros eran los agramonteses que apoyaban a las tropas francesas, como los beamonteses integrados en el ejército imperial de Carlos I. Por ello lo justo sería denominar a los ejércitos: franco-agramontés y castellano-beamontés o, con más precisión, castellano-vascongado-beamontés.

Hay otro grupo nacionalista que invierte los términos, para ellos era “mayoría navarros”. Tan inaceptable como lo que encontramos en Wikipedialas tropas del ejército navarro que tenían el apoyo del francés”. Finalmente para los más fundamentalistas era un “ejército navarro”.

Segundo: ¿Se trataba de una campaña legitimista para entronizar a Enrique II? Es la base del relato abertzale; ahora bien, no hay certidumbres que fuese así, más bien todo lo contrario. Según F.J. Navarro: “Por su composición, por su mando y por sus objetivos, era un ejército francés y no navarro. Pretendía hostigar a Carlos en Castilla más que devolver el trono a Enrique II, al que no se autorizó a participar en la empresa.

En efecto, cuesta creer que la expedición tuviese como objetivo la devolución del reino al Albret, “Se sospechaba –en Boissonnade- que el rey de Francia pretendía conservar Navarra para sí mismo. Ciertamente, se marginó al joven Enrique II: ni entró con la expedición atacante, ni tomó posesión a los 20 días cuando toda Navarra estaba bajo el control francés, a pesar de que los legitimistas le escribieron reclamando su presencia.

Martinena añade otro detalle: “Asparrós designó alcaide al capitán Tolet, y con gran sorpresa de los pamploneses, izó el pendón del rey de Francia, en lugar de las armas reales de Navarra”. Bordenave, describe la sustitución en los edificios, de los armoriales de España por los de Francia y según Labau “mandó acuñar moneda en nombre del rey de Francia”.

Otra evidencia es que en la batalla, Asparros fue capturado –tuvo que pagar un rescate- junto a su pendón. El estandarte real con el cual combatía el francés no era otro que el de Francisco I.

Tercero: ¿La campaña francesa fue “de liberación del reino-estado” como escriben los fabulistas abertzales? Lo cierto es que los navarros fueron de Guatemala a Guatepeor, el comportamiento de Asparros fue tiránico, “había adoptado –en Boissonnade- el título de virrey, gobernaba Navarra con un poder absoluto como si fuera una provincia francesa”. Se negó a conceder una amnistía y a dar salvoconducto a los beamonteses, los cuales tuvieron que expatriarse para acabar enrolándose en el ejército castellano.

Lo sorprendente es que algunos historiadores sucumben al glosario del relato abertzale; cuyo objetivo no es otro que apelar a la conciencia navarra para propagar la falacia de que en Noáin se perdió la última oportunidad de que Navarra fuese independiente. No se pudo perder lo que no se había ganado con Asparros. Burda utilización de la historia sometida a los anhelos de los independentistas.

La enorme paradoja es que aquellos que reivindican la independencia perdida de Navarra en 1521, son los mismos que fomentan la sumisión de Navarra a Euskadi.

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