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A uno le gustaría que su Ayuntamiento cumpliera la Ley, que su alcalde no se creyera por encima de ella, por el mero hecho de serlo. Pero eso es pedir demasiado cuando a Asirón se le pone algo entre ceja y ceja.

Cuando me he enterado de que don Fermín Ezcurra se había muerto, he sentido una tristeza acuosa, muy nostálgica, suave pero profunda. He ido al armario, he sacado mi camiseta de Osasuna y escribo este artículo con ella al lado, acariciando el relieve de su escudo al terminar cada frase.

Pasó en un programa de televisión y me pareció surrealista. Empeñarse en la felicidad de un tercero que no tenía interés en serlo, les cuento.

El querido club rojillo debe decidir quién manda en él: si la directiva, si el grupo de aficionados radikales o un ‘factótum’ que obvia a los primeros para a través de los segundos campar a sus anchas.

Del histórico colapso de Pamplona por la nevada del miércoles hemos aprendido que un gobierno puede reaccionar con discursos muy diferentes: decir que todo se ha hecho estupendamente, celebrarlo (sí, sí… ¡celebrarlo!), interpretar falsa sorpresa por lo sucedido, tomárselo a risa o aprovechar para sacudir a la oposición. Todo menos reconocer errores, obviamente.