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Dos días mirando por el ojo de una cerradura que da a una Pamplona oscura y con frío, desde mi balcón de la parte vieja. Me he feriado un despacho en un piso escondido en la que operar con instrumental sucio, de cerca y sin miramientos, a la ciudad.

El pasado 4 de febrero se celebró el día mundial contra el cáncer. Seguramente a nadie de los que lean estas líneas y que haya tenido relación con esta enfermedad le suene extraño este escrito.

El matón es en sí mismo alguien cobarde. No suele actuar en solitario, sino que, más al contrario, se abriga en el grupo en el que probablemente muy pocas personas decidan.

Nada más lejos de mi intención que insultar al pueblo catalán; ni a uno siquiera de sus ciudadanos. Entre ellos, cuento con parientes y con buenos amigos. Todo mi respeto hacia ellos, incluidos los que albergan el viejo virus nacionalista.

El dos de febrero es el día de la marmota, tradición que dice que se puede predecir el final del invierno según el comportamiento de una marmota cuando sale de hibernar. Una versión climatológica del pulpo Paul en el futbol más o menos.

Soy un lunático, esto dice mi horóscopo -por echarle la culpa a algo en lo que no creo-. Cancer. Lunático. El caso es que veo una luna -imagínate con la superluna azul que acabamos de vivir- y me quedo hipnotizado, con la fijación con la que me gustaría mirar el sol.

Conviene parar de vez en cuando; bajarse del voraz y loco día a día, echar la vista atrás por un momento para recopilar todo lo ocurrido durante los últimos dos años y medio y ver el debate actual con más perspectiva. Más allá de los rifirrafes diarios, en Pamplona existe un evidente choque de modelos de ciudad.

El otro día me puse a enredar en el perfil de un cargo público/carga pública de Irroña en Twitter que me dijeron que era un huracán. No tengo el gusto ni ganas de tenerlo. Un tal Saralegi. Saralegi el barullas.