Opinión / Victoria Lafora comenzó su carrera profesional en Diario 16 y participo como jefa de nacional en la salida de Telemadrid,

La espuma de los días

Por Victoria Lafora 09 diciembre, 2015 - 22:41

Es cierto que la sociedad actual es volátil, de valores efímeros e intercambiables, pero la rapidez con la que estos días  se mandan a algunos líderes políticos al ostracismo es vertiginosa.

Mariano Rajoy, el emboscado, ha sido amortizado infinidad de veces los últimos doce meses. Su discurso sigue siendo machacón, reiterativo y olvidadizo en los temas sucios que ha protagonizado su partido. Pero las encuestas, todas, le siguen dando ganador.

Pablo Iglesias, el meteoro emergente, había perdido su "Karma" tras las elecciones catalanas y sus posibilidades se desinflaban en las encuestas. Parecía llevar el camino de UPyD y que incluso su competidor y sin embargo amigo, Alberto Garzón, recuperaba el favor de la izquierda. Hasta que llegó el CIS, la encuesta más rigurosa por muchas acusaciones de "cocina" que se le hagan, y detalló que pueden llegar a tener entre 23/25 escaños. Y, si se le suman los votos de las otras "mareas" afines, alcanzaría los 45/49. Ahora, con sus vaqueros y su coleta proclama mitin tras mitin que va a ser presidente del Gobierno.

A Pedro Sánchez se le considera, tras el debate a cuatro, tocado y hundido. Sus votos, los del PSOE, según la opinión publicada,  abandonan el barco perdedor y se van a las formaciones de la nueva política. Rajoy se quita de en medio a un competidor que podría sumar fuerzas y sacarle de Moncloa y Rivera e Iglesias se reparten el pastel. Es verdad que es frío, que le cuesta llevar la iniciativa,  que en el debate le faltó espontaneidad y cercanía. Pero de ahí a sacarle de la carrera electoral va un buen trecho.

Albert Rivera, tan nervioso en el plató de televisión, sigue en solitario remontando puestos y convirtiéndose día tras día en el fiel de la balanza que decidirá el gobierno de España. Para denostarle le disfrazan de tapado de la derecha, dicen que ya ha pactado con el PP. Pero su principal problema es la soledad. No tiene ni partido ni figuras destacadas que le guarden las espaldas.

La dificultad de elegir una papeleta, el altísimo número de indecisos, casi la mitad del electorado, viene dado, tal vez, por el desencanto ante las infinitas promesas incumplidas pero también porque ninguno de los cuatro candidatos despierta el entusiasmo necesario para ir a las urnas con convicción. Esa situación, al  margen del interés de los gabinetes de campaña de hundir a unos y encumbrar a otros, va a continuar hasta el veinte de diciembre.

Se van a publicar muchas encuestas, los partidos van a filtrar otras muchas de su propia cosecha, pero conviene saber que en su inmensa mayoría se hacen por internet, que la muestra casi nunca supera las mil quinientas respuestas y que su fiabilidad es escasa.

Estamos ante las elecciones más reñidas de la democracia de lasque van a salir un parlamento multicolor pero solo las urnas y cada ciudadano con su voto decidirán quién se va a su casa y quien se queda. Lo demás es la espuma de los días.


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