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Opinión /

A las urnas

Por Santiago Cervera 26 octubre, 2015 - 8:42

Se acaban de convocar elecciones generales para el 20 de diciembre. Entre la fecha tan absurda y la situación política general, cualquier resultado es imprevisible. De lo que estoy seguro es de que va a ser la legislatura en la que mayor número de diputados cambien.

Imaginen un 20 de diciembre, domingo, de un año cualquiera. Se sientan ante el televisor a las 9 de la noche para ver el informativo. Todos abren con una conexión con la calle Preciados de Madrid, y la reportera dice que se nota una afluencia masiva de gente para terminar sus compras navideñas. Después dan paso a la sala de pantallas de la DGT donde otro reportero anuncia los datos de la operación salida de tráfico, que se inició el viernes anterior. Y a continuación, conexión con Barajas para informar sobre los retrasos aéreos.

Éste, que sería tal cual el escenario de un 20 de diciembre de un año cualquiera, es el momento en el que los españoles somos “llamados a las urnas”, en tópica expresión. Y nadie es capaz de saber, porque no hay ninguna experiencia al respecto en toda nuestra historia democrática, cómo puede influir la fecha en los resultados. Lo que sí se puede prever es que no será inocua. La decisión del presidente del Gobierno, ante sí y a ante la historia, puede condicionar todo el futuro del país. ¿Habrá más abstención? ¿De qué tipo de votantes? ¿Tendrá influencia cierto voto emocional? ¿Cuál, el de quienes disfrutan de la Navidad o el de quienes la aborrecen? Hola, soy Mariano, y ésto es Jackass.

Algunos en el partido del Gobierno andan perplejos creyendo que la economía española ha mejorado lo suficiente como para que constituyera el rotundo argumento en favor de una nueva mayoría absoluta del PP. Y, en cambio, ni las encuestas -que tengo dicho que no valen para nada, son meros entretenimientos periodísticos- ni mucho menos el pálpito social presagian que a los populares les vaya a ir bien. Al contrario, parece seguro que perderán la mayoría absoluta, estarán cercanos a los 120 escaños, y posiblemente se queden fuera incluso de la posibilidad de componer acuerdos que revaliden su presencia en el Consejo de Ministros.

Porque la economía no ha mejorado tanto como algunos presuponen, los que se fijan sólo en la contabilidad nacional como termómetro de la bonanza. El trabajo del Gobierno de Rajoy ha sido, casi exclusivamente, el de ajustar la cifra de déficit público a lo prescrito por Bruselas. Pero no ha sido el gobierno reformista que muchos esperábamos. Sólo la reforma laboral puede denominarse como tal, y a medias el saneamiento del sector bancario, algo que sólo se pudo hacer con la ayuda económica de los europeos en lo que constituyó, sin duda, un rescate parcial de la economía española.

De tantos y tantos otros retos, ni mencionarlos. España crece hoy fundamentalmente por la mejora del consumo interno, y ésto es consecuencia de la bajada del precio de las gasolinas y la tranquilidad del mercado de deuda tras la determinación del Banco Central Europeo de dar soporte a las emisiones de los países del área. Pero poco más. Esta semana he iniciado en Twitter una serie de comentarios bajo la etiqueta de #DoyMiVoto en los que intento señalar tantos asuntos que ni siquiera han ocupado fugazmente la agenda política de estos años, reformas que han pasado al olvido si es que alguien se las ha planteado en algún momento. Lo mucho que queda por hacer y lo que nadie parece querer hacer.

Pero la principal razón por la que el PP puede fracasar en estas próximas elecciones no es la carencia de actuación más allá de la contención del déficit, sino la pérdida absoluta de fiabilidad como referente político. En mayo de 2012, Mariano Rajoy concedió una entrevista a Carlos Herrera en Onda Cero en la que el locutor le preguntó por las subidas fiscales con las que había debutado el gobierno popular -en aquel entonces se había aumentado el IRPF y se rumoreaba una nueva subida del IVA, como finalmente ocurrió-. En esa entrevista es cuando Rajoy tiró por tierra lo más principal que en política ha de tenerse, la fiabilidad. Dijo, textualmente, que “he hecho cosas que no quería hacer y cosas que no estaban ni en mi programa electoral ni en mi intención. Pero eran cosas necesarias para España, y si tengo que volverlas a hacer, aunque no me gusten, las volveré a hacer”. Fin de la cita.

La democracia se basa en la capacidad de elegir. Y la capacidad de elegir se debe fundamentar en un mínimo de confianza y fiabilidad. Ya sabemos que las circunstancias pueden ser imprevisibles y el gobernante se enfrenta a decisiones fruto de múltiples variables. Pero lo que nunca se puede hacer es presentarse ante el ciudadano como una persona desasistida de coordenadas, fiando éstas sólo a un análisis siempre subjetivo de la realidad.

Y mucho menos se puede reclamar una confianza ciega, antítesis de la política de valores que algunos desearíamos ver por algún lado. ¿Se imaginan ustedes que fueran a comprar un coche y el vendedor les dijera “éste coche vale 12.000€, y tú me lo tienes que comprar, pero yo no te voy a decir si es diesel o gasolina, nuevo o usado, de tres o de cinco puertas”? No en vano, los americanos dicen que hay que elegir a ese político al que le compraríamos un coche usado, fiándonos de él. Muchos españoles tienen claro a quiénes no se lo compraría. Ni hartos de mazapán.


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