Opinión /

La contribución de la Universidad

Por Santiago Cervera 15 septiembre, 2016 - 6:00

La Universidad de Navarra ha presentado un estudio sobre su contribución económica a la comunidad foral. Y sin embargo, el valor que tiene para todos nosotros es muy superior a lo que se puede mensurar en euros o empleos.

Una buena universidad debiera ser tomada como una riqueza colectiva que trasciende las cifras. Aquí, en cambio, lo habitual es tratar estos asuntos con tanta futilidad como maniqueísmo.

No es ningún secreto que yo estudié en la Universidad de Navarra y que mi padre ejerció como profesor y médico de la Clínica durante la mayor parte de su vida. También varios de mis hermanos y de mis amigos han pasado por esas aulas.

Digo esto por anticipado y no para apelar a ningún privilegiado conocimiento de causa, sino por todo lo contrario: para conjurar ese inexplicable maniqueísmo que tantas veces se instala cuando se habla de la Universidad de Navarra, actitud consistente en descalificar a quien defiende a esta institución académica apelando a supuestas raíces sociales, circunstancias de clase o incluso convicciones religiosas.  En mi caso, veo a la Universidad como el sitio en el que me formé, y con la distancia -geográfica y de la edad- aprecio todavía más su valor para Navarra.

Se acaba de presentar un estudio de consultoría en el que la Universidad de Navarra muestra datos que, de una u otra manera, eran obvios para todos. El impacto que tiene su actividad en términos de creación de riqueza (evaluada como contribución al PIB regional), tributos (en favor de la hacienda foral), transferencias de renta (atracción de capitales foráneos) y empleos (directos e indirectos) serán mayores o menores, pero en todo caso incuestionables.

Si hoy los cálculos se exponen a la luz es porque son tan rotundos que apenas cabe dudar de su magnitud, mayor de la que son capaces de imaginar quienes se empeñan en minimizar su relevancia.

El hecho de que la Universidad de Navarra haya dado el paso de sistematizar el cálculo y ofrecerlo a la sociedad en el acto que tuvo lugar ayer tiene determinadas razones que a nadie se le ocultan. En los últimos años se han tomado decisiones lesivas para la Universidad, como frustrar la operación Donapea para extender el campus, o la eliminación del convenio para la asistencia sanitaria de su trabajadores con cargo a sus propios medios.

A pesar de las palabras siempre conciliadoras del Rector, es evidente que la Universidad se ha sentido atacada desde el poder político. En el caso de Donapea, además, con el agravante de que ese daño será extensible a muchas nuevas generaciones de navarros que se verán privados de unos centros de investigación y docencia referenciales, abortados por una mezquina y coyuntural razón urbanística (aunque, por decirlo todo, alguno de esos políticos que tanto decían defender el proyecto fueron incapaces de llevarlo a otro sitio que no fuera el de sus propios intereses clientelares, y eso también contribuyó decisivamente al fracaso).

En los últimos años la Universidad tiene motivos para sentirse incomprendida, y de ahí que haya pensado que tenía que hablar más directamente de lo que supone para todos los navarros, no sólo para quienes se acercan a su aulas. Lo han hecho recurriendo a una consultora y pagando un estudio. Seguro que ellos mismos podían haber justificado los datos, pero han preferido una visión heterotópica para ahuyentar suspicacias metodológicas.

Y sin embargo, la mayor contribución de una buena universidad a su entorno no es sólo lo pecuniario. Me sigue admirando el sistema norteamericano de universidades, el de Estados Unidos o Canadá. Son naciones vertebradas por su sistema de educación superior y los valores que implica.

Universidades que tienen la obligación de ser diferentes y excelentes, porque compiten entre sí. Universidades a las que aspiran los jóvenes desde que tienen uso de razón, porque saben que es la mejor manera de prosperar y lograr un buen trabajo. Universidades en las que la gestión es abierta, autónoma y flexible, sin atisbo de endogamia. Universidades capaces de integrar a distintas clases económicas y orígenes sociales, que facilitan formación también a quienes no tienen recursos. Universidades en las que lo que se forma es la responsabilidad de la persona, de las que se expulsa para siempre al que copia en un examen.

El resultado de todo ello son los países más prósperos del mundo, los más innovadores, los que marcan la pauta científica, tecnológica y cultural. No es momento de ahondar en nuestros problemas, esta España en la que las universidades son generalmente propiedad del Estado a través de sus comunidades autónomas, son tomadas como derecho de mediocres, están dirigidas por castas funcionariales, jamás destacan por su excelencia académica y cuya falsa gratuidad hace que sea imperceptible la enorme inversión que en ellas ha hecho el contribuyente.

La Universidad de Navarra tiene una impronta fundacional y una manera de entender su labor. Gustará más o menos, pero nadie puede dudar de que la vocación esencial que lleva a cabo desde hace décadas es proporcionar la mejor formación académica y alentar a sus alumnos a ampliar su mirada mucho más allá de lo que hayan captado en las aulas.

La Universidad forma en el conocimiento, pero también en la actitud que nos debe guiar hasta él, la de la indelegable libertad y responsabilidad en la que hay que crecer permanentemente. Y por ello, su contribución al entorno en el que está inserta tiene mucho más valor y trascendencia que la puramente económico.

Algunas sociedades han entendido bien que lo más importante que en ellas puede haber son buenas universidades, porque son la manera más recta de alcanzar la prosperidad y el progreso. Sin duda, mejor una universidad digna de tal nombre que una planta de montaje de automóviles.

Aquí en Navarra tenemos instalada una visión mezquina y maniquea, en la que algunos se encuentran cómodos tomando la parte por el todo. Nada nos convendría más que generar un gran consenso social sobre el valor y la importancia que tienen nuestras universidades, todas ellas, para nuestro futuro. Nunca es tarde.  


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