Opinión / Periodista y escritora

Las ciudades verdes e inteligentes, un proyecto necesario

Por Rosa Villacastín 17 junio, 2016 - 8:08

¿Cuantas veces hemos soñado con vivir en una ciudad donde los pequeños y los mayores puedan pasear por parques y jardines, donde se respeten los derechos de los peatones, donde no te veas obligado a sortear los adoquines levantados de las aceras, donde el descanso sea una obligación, donde se respire aire puro, cuantas veces?. Infinidad de ellas.

Tantas como habitantes, y sin embargo es preciso decir que pese a la cada vez mayor demanda e implicación de los ciudadanos por humanizar sus barrios, se siguen construyendo viviendas sin orden ni concierto, quizá por ese afán recaudador de las administraciones, pero también por falta de proyectos que en vez de mirar el presente tengan la capacidad de mirar al futuro.

De ahí que arquitectos, urbanistas, y representes de más de 50 entidades y organismos internacionales, así como de la mayor parte de las grandes ciudades de España y de Hispanoamérica, estén reunidos en Madrid, en el Foro de las Ciudades, con el fin de estudiar la mejor manera de implicar a las administraciones locales para que puedan llevar a cabo proyectos urbanísticos que tengan en cuenta la voz de la calle a la hora de diseñar las que serán las ciudades del futuro. Ya que a fin de cuentas somos los ciudadanos los que tenemos que trabajar, vivir y luchar para conseguir ciudades más seguras y sostenibles.

Un objetivo que no puede ser producto de la improvisación ni de la casualidad, como bien señaló Carmen Sánchez-Miranda, jefa de la oficina de ONU-Hábitat en España. Quién reconoce que se han cometido muchos errores a la hora de gestionar la segregación a la que se ven abocadas millones de personas, entre otras razones porque se ha dado prioridad a la construcción masiva de viviendas, conjuntos residenciales desconectados de su contexto, segregados y excluyentes.

Un reto el que tiene por delante la Unión Europea pero sobre todo Latinoamérica. Un reto sin duda muy difícil, ya que según el informe que ha publicado la ONU, una de cuatro personas vivirá en la próxima década en un "slums" (chabolas). Pero no solo eso, en la actualidad 1.000 millones de personas en el mundo viven en barrios informales, en ciudades donde no se ha tenido en cuenta las necesidades de la gente, de los niños, de los mayores, de los dependientes que no pueden salir de casa porque se lo impiden las barreras arquitectónicas.

Que el próximo Foro tenga lugar en Quito en el mes de octubre, demuestra el interés de los organismos implicados por solucionar un problema que nos afecta a todos, y de manera muy especial a aquellos países menos desarrollados, a los que por faltar les falta el acceso al agua potable.

Algo de lo que sabemos mucho en nuestro país. Basta con mirar las barbaridades que se hicieron en nuestras costas allá por los años 60, en la época del desarrollo, para comprender que las exigencias y las necesidades son hoy por hoy otras que van más allá de tener un apartamento en la playa. Negar que el cambio climático va a cambiar nuestra forma de vida, es negar la evidencia, hasta el punto de que ni siquiera los que un día ridiculizaban a quiénes denunciaban la repercusión que este fenómeno va a tener en nuestras vidas, ya no se atreven a levantar la voz.

Convencidos como están de que urge tomar medidas drásticas, seguramente dolorosas pero imprescindibles, que pueden causar conflictos por el uso de la tierra y de sus recursos, pero a las que hay que enfrentarse si no queremos sufrir catástrofes hasta ahora nunca vistas.


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