Opinión / Profesor de Filosofía en el IES Ribera del Arga en Peralta, filósofo y afiliado a Ciudadanos Navarra.

Euskal Herria y el donoso y grande escrutinio

Por Roberto Sánchez 26 agosto, 2016 - 8:27

Es en el sexto capítulo del Quijote donde el cura y el barbero llevan a cabo el donoso escrutinio con el objetivo de separar las crónicas históricas de los libros de caballería, unos libros de caballería que el cura califica de dañadores y a los que culpa de secar el celebro del bueno de Alonso Quijano.

Entre las obras purgadas se encuentran las Sergas de Espladián, Florismarte de Hicarnia, Palmerín de Oliva, de la que el cura dice: Esa oliva se haga luego rajas y se queme. Sin embargo, salvan el Tirante el Blanco: Aquí comen los caballeros, y duermen y mueren en sus camas, y hacen testamento antes de su muerte, con estas cosas de que todos los demás libros de este género carecen.

El criterio del barbero y del cura no podía ser más claro: se conservarán aquellos libros que estén bien escritos y sobre todo que no mezclen la realidad con la ficción ¡Qué bien nos vendría que esto mismo se aplicara a la redacción de los libros de texto de historia de Navarra! No hay que mezclar la realidad con la ficción. Ni la cultura con la política, cosa que sucede con el omnipresente concepto de Euskal Herria.

Declaro mi amor sin límites por la literatura de Julio Verne y H.G. Wells, sin embargo, no se me ocurriría incluir sus aventuradas anticipaciones en un libro de texto. De la misma manera me parece cuando menos osado incluir a Navarra en esa entelequia conocida como Euskal Herria.

Varios han sido los nombres propuestos para referirse a los territorios vascongados, el más antiguo es el medieval de “Vasconia”, culto y lleno de connotaciones literarias, utilizado por autores como Pío Baroja o Unamuno. Más usado por los emigrantes vascos que por los autóctonos, quizá por ello no gusta demasiado a los gerifaltes del nacionalismo vasco.

“País Vasco” es el más utilizado por la población castellanoparlante, por lo tanto no puede ser el de los prebostes de la patria vasca. Su origen nos retrotrae directamente al turismo de finales del siglo pasado, referido fundamentalmente a la costa vasco-francesa, Biarritz era el centro del mundo para este turismo de sombrilla y sombrero canotier.

“Euzkadi” (bosque de los euzkos) es la aportación del inefable pero no por ello menos infame Don Sabino. Nombre asociado al PNV y que por ello se le empezaba a quedar corto a muchos guipuzcoanos. ¿Cómo hacer de un conjunto de elementos tan diversos como gascones, vascos, vascones, navarros, vizcaínos, várdulos, autrigones, caristios… un todo indistinguible? Muy fácil, introduciéndolos en el conjunto Euskal Herria. Éste sí que es un nombre.

Es la ventaja de la imprecisión, imprecisión que comparte con otros conceptos que no dejan de usar los nacionalistas vascos, como el de pueblo. El pueblo vasco es el elemento del conjunto Euskal Herria, a ver quién es capaz de falsar semejante imprecisión.

A los historiadores nacionalistas ya les hicieron su donoso escrutinio el siglo pasado. Historiadores como Ladislao de Velasco, Arístides de Artiñano fueron ridiculizados hasta el extremo por su bobalicón intento de dar carta de realidad a los protagonistas de sus infundados mitos: efectivamente, ni Jaun Zuria era Napoleón, ni Aitor William Wallace. Lo que no se pudo conseguir con la historia se logró en gran medida con una literatura fuerista, historicista y rural donde los vascos, caracterizados siguiendo el modelo de Walter Scott y Ossian eran casi tan prístinos como el buen salvaje de Rousseau.

Entre el Convenio de Vergara, ley del 25 de octubre de 1839, que confirma los fueros vasconavarros subordinándolos a la unidad constitucional del estado español y la abolición de éstos el 16 de agosto de 1841 (de los vascos, que no de los navarros), surge toda una literatura romántica con el propósito de ensalzar las virtudes de un pueblo vasco inexistente, transformando el folclore en ideología.

Esta literatura no tenía una finalidad estética, sino que pretendía conformar una conciencia diferencial vasca que hiciera del nacionalismo su particular utopía regresiva.

La literatura vasquista puede tener su gracia, el problema radica cuando ésta se quiere incluir en los libros de texto como si de la realidad se tratara. No es la primera vez que políticos nacionalistas intentan el truco, llamémosle, de la muga móvil.

El lector recordará que hace unos años una polémica similar surgió a raíz de una valla de tráfico que daba la bienvenida a Euskal Herria en pleno territorio navarro. Aquella intentona fue burda incluso para un nacionalista. Ésta de los libros de texto, perpetrada por el equipo de gobierno de Barkos con el señor Mendoza a la cabeza es algo más sofisticada. Ya que no podemos poner vallas de Euskal Herria en Navarra, digamos en los libros de texto que Navarra es Euskal Herria.

Quizá el consejero Mendoza piense: si tenemos a Chaho para qué queremos la realidad, que nos dejen hablar de nuestro Tubal al lado de Cristóbal Colón y sobre todo: no permitamos que la realidad nos estropee un buen libro de texto.


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Euskal Herria y el donoso y grande escrutinio