Opinión / Ha sido columnista habitual del periódico El Mundo, colaborando también con otros periódicos, revistas, programas de radio y televisión. Ha participado en el programa debate de TVE, 59 segundos.

Siberia

Por Rafael Torres 19 enero, 2017 - 7:59

Hay cosas que le dejan a uno frío, y cosas que le dejan a uno helado, pero una misma cosa puede dejar, dependiendo de a quién, frío y helado.

La situación de los refugiados que sufren en campamentos improvisados, o al raso, las sucesivas olas glaciales que están azotando Europa, ayer la polar y hoy la siberiana, nos deja helado el corazón en nuestra impotencia para remediarla, pero más helado nos lo deja el que esa situación inhumana les deje fríos a nuestros gobiernos, indiferentes ante el drama que amenaza con diezmar, por congelación, enfermedades y desesperación, a la multitud que se ha estrellado contra nuestras fronteras.

Nuestro frío es otra cosa, salvo el que padecen, entre los nuestros, aquellos que se ha dado en llamar "pobres energéticos", que tanto se parece al de los refugiados, y más ahora, que las eléctricas y las gasísticas han aprovechado la ola siberiana para cobrar el calor de los radiadores a precio de oro. Salvo para ellos, unos cuantos cientos de miles de españoles, nuestro frío es otra cosa: materia para el sensacionalismo en los boletines meteorológicos de los noticiarios y para el trueque de instantáneas bellísimas en las redes sociales.

Nuestro frío, el frío de los que vamos abrigados y nos espera una casa caliente, es otra cosa, nada que ver, ni en el fondo ni en la forma, con Siberia, ni con el de los varados en las ralas fronteras de Bulgaria, de Hungría, de Serbia, ni con el de los ancianos que se arriman más de la cuenta, buscando un calor imposible, al brasero de la mesa camilla y salen ardiendo. Nuestro frío, éstos días, es mucho, pero es otra cosa. Es cierto que los diez grados bajo cero que registra el termómetro son los grados del termómetro, en tanto que los nuestros, menos veinte, son los de la sensación térmica, que son los reales, los que padecemos, pero también lo es que éste frío no es el mismo, sino muy inferior, calor casi, que el de los que nada tienen.

Se llama ola siberiana a lo que antes se llamaba invierno, y todo se puebla de bellas imágenes de playas nevadas o de catedrales difuminadas por la ventisca, pero la Siberia de verdad está en el alma de los que condenan a morir, de frío o de lo que sea, a sus semejantes.


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