Opinión / Ha sido columnista habitual del periódico El Mundo, colaborando también con otros periódicos, revistas, programas de radio y televisión. Ha participado en el programa debate de TVE, 59 segundos.

Un pacto

Por Rafael Torres 24 febrero, 2016 - 23:32

Tan poca costumbre hay en la política española de pactar de verdad, que el acuerdo firmado por Sánchez y Rivera en representación de sus respectivas formaciones está recibiendo,

desde los extremos, la calificación de "teatro". Semejante confusión entre lo ficticio y lo real, entre el noble arte de Thalía y el no siempre noble de la política, se entiende en el país del "pacto del Majestic", que no era un pacto, sino la ficción que enmascaraba una compra, pero no se entiende, incluso tratándose del mismo país, en las actuales circunstancias de fragmentación del voto y, en consecuencia, de necesidad ineludible de pactos de verdad.

Es más; el acuerdo PSOE-Ciudadanos es, precisamente por ser el único que ha salido adelante, la única cosa que ha cambiado en éstos momentos en que ya estomaga tanta vacía apelación al "cambio". Que por dicho pacto se logre finalmente la investidura del designado para intentarlo, Sánchez, y no digamos la composición de un gobierno, ya no depende de quienes lo han suscrito, sino de los que no han conseguido pactar con nadie, de suerte que en las próximas sesiones de la Cámara habrán de explicárselo a la ciudadanía, que, por lo demás, lo que demanda a los políticos que la administren es la solución a los problemas, y no la creación de más o de ser un problema gravoso e irresoluble en sí mismos.

No hiere a la razón ni a la sensatez el hecho de que dos partidos moderados hayan llegado a un acuerdo. Sí las hubiera herido, o cuando menos habría extrañado, que esa capacidad de diálogo la hubieran mostrado el Partido Popular y Podemos, la previsible pinza en la sesión del día 1. El primero, por hallarse al pairo a causa de su corrupción y del cruel trato dispensado a los españoles, a los más vulnerables particularmente, con las políticas antisociales de su mayoría absolutísima; el segundo, por anteponer su burda ansiedad sectaria de dominación y poder a los intereses de los españoles.

Un pacto de verdad, no como lo que hacían con Pujol o Arzallus, no es teatro, ni aritmética (90+40), sino un pacto, un acuerdo de dos para salir del marasmo y para ahorrar los millones que costarían otras elecciones con un resultado similar. El día 1, en el Congreso, tendrán que explicarse todos, los que sí, y, desde luego, los que no.


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