Opinión / Ha sido columnista habitual del periódico El Mundo, colaborando también con otros periódicos, revistas, programas de radio y televisión. Ha participado en el programa debate de TVE, 59 segundos.

El galeón San José

Por Rafael Torres 07 diciembre, 2015 - 23:18

Teniendo en cuenta que la actividad submarina del Estado español en lo tocante a la localización, protección y rescate de pecios históricos es nula, y que, rodeados como estamos de mar por casi todas partes, no emplea recursos ningunos para la preservación de los muchos tesoros que contiene, no podemos hacernos muchas ilusiones respecto a recuperar lo que pudiera correspondernos del galeón San José, de la armada española, hundido en 1708 en aguas de Colombia y apalancada hoy su posesión y sus riquezas, unilateralmente, por el gobierno de ese país.

El tesoro hundido con el San José, que hacía la carrera de las Indias cargado de oro y esmeraldas cuando los ingleses lo atacaron y echaron a pique, no es, pese a su inmenso valor monetario (¡unos 10.000 millones de euros!), el tesoro que España necesitaría, que no es otro que el de tener algún día un Estado eficaz y diligente en la defensa de los intereses nacionales. El tesoro del San José, de pertenecer a alguien, sería de las miles de criaturas esclavas que se emplearon en la extracción, la transformación y el acarreo del oro, de la plata y de las piedras preciosas que, arrancadas de las entrañas de América, se embarcaban para la Metrópoli, y no precisamente en beneficio del pueblo español, ni para disminuirle un poco las hambres siquiera. Pero por eso mismo, porque ya no es de nadie, España debería hacer valer, cuando menos, los derechos de propiedad sobre su nave cuando emerja con su triste tesoro del sepulcro de agua en que ha yacido trescientos años.

Al Estado colombiano y a la misteriosa empresa privada de cazatesoros con la que pretende hacerse con el pecio les interesa, sin más, el oro, el bronce, la plata y las esmeraldas, como a nosotros hace tres siglos, y por ahí no creo que pudiéramos ahora pillar ni un doblón, ni un maravedí, pero el barco, sus restos, su rica arqueología y la memoria de los cientos de españoles que se ahogaron con él, sí que deberíamos reclamarlo por un elemental prurito de decoro nacional. Lamentablemente, cosas como ésta del San José, es decir, la Cultura, la atención debida a nuestra cultura, no figura, ni de pasada, en los propósitos ni en las consignas de nadie en la campaña electoral.


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