Opinión / Ha sido columnista habitual del periódico El Mundo, colaborando también con otros periódicos, revistas, programas de radio y televisión. Ha participado en el programa debate de TVE, 59 segundos.

La desaparición de Diana

Por Rafael Torres 13 septiembre, 2016 - 8:16

Todos los días desaparecen varias personas en España, unas de grado y otras a la fuerza.

Las primeras suelen reaparecer como desaparecieron, más o menos voluntariamente, pero a las segundas rara vez se las encuentra, pues su localización exige un esfuerzo de investigación policial que la falta de recursos y la débil voluntad política de quienes debieran allegarlos en cantidad suficiente hacen difícil o imposible.

Sin embargo; también hay, en el actual estado de radical desigualdad que padecemos, desaparecidos de primera, de segunda y de tercera, y sólo los primeros reciben la adecuada atención institucional.

Es el caso de la desaparición de la infortunada Diana Quer López-Pinel, que junto a esa atención, que no reciben la mayoría de los desaparecidos, recibe también una atención mediática, un tratamiento periodístico, en los que prevalece el irrespetuoso y fantasioso folletín sobre el drama del propio suceso.

De tratamientos periodísticos infames relativos a la desaparición de muchachas, fenómeno que a menudo deviene en una modalidad particularmente espantosa de feminicidio, sabemos algo: aún repugna a la memoria mucho de lo visto y oído en relación a las niñas de Alcásser. Cuanto de digno y apasionante tiene el género periodístico de sucesos lo pierde en manos de quienes lo usan no para informar, ni para ayudar en las pesquisas, ni para suscitar en el público el análisis y la reflexión sobre cuanto los casos contienen, sino para alimentar el morbo, o, como en el desazonador caso de Diana, para deslizar repugnantes moralejas.

Diríase, oyendo y leyendo algunas de esas cosas, que la joven desaparecida en la aldea natal de Valle es, más que víctima, culpable de la suerte que haya podido correr. Sin duda que su corta biografía, sus relaciones familiares, sus aficiones y hasta su extracción social interesan para tratar de dilucidar el misterio, pero no tanto como para extraer de esos datos someros la conclusión a la que disimuladamente, groseramente, se llega en los libelos, algo así como que quién mal anda, mal acaba.

Si así fuera, los indeseables que entenebrecen el mundo habrían acabado muy mal hace tiempo, pero es que, además, se está hablando de una muchacha, una niña casi, que merece, como todas, una vida segura en libertad, y respeto.


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