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Opinión / Periodista y analista político.

Claro

Por Pedro Calvo Hernando 04 mayo, 2016 - 1:45

Durante la agónica/angustiosa espera del estallido o no de esa gran novedad querida por la gente y rechazada por los partidos -el acuerdo para la gobernabilidad, claro-,

las mentes de muchos se volvían más calenturientas que de costumbre, mi mente también, claro. Una reflexión permanente era la de cómo explicarían los partidos su actitud en el caso de que provocasen las elecciones para el 26 de junio.

Compromís propuso una solución postrera, que disponía ya de muy poco margen, y no alcanzaba el éxito. Yo estaba seguro de que los demás ya tenían maquinadas las explicaciones, siempre falaces, claro, a pesar de que el ciudadano Felipe, mostrando de nuevo una comparativa superioridad política, les había aleccionado en sus conversaciones de despacho. Aleccionado para que se dejasen de  majaderías y resolviesen el gran problema que ya duraba cuatro meses.

Aleccionado para que dejasen de lado de una vez sus egoísmos y dieran marcha a la voluntad popular expresada en las urnas en plenas Navidades. Pero también estaba seguro de que tendrían una explicación para el caso de que siguieran los consejos del monarca, explicación válida para los lanzadores de la salida del pozo y no válida para los recalcitrantes del 123 y del 130. Compromís y el Rey hacían un buen tándem. Qué lástima. Este martes ha comenzado el suplicio renovado.

Casi nadie lo decía claramente, pero lo más angustioso era pensar en el desastre de una prolongación cuasi infinita del impasse ya insoportable solo cuatro meses después del 20-D.

Cuatrimestre desolador por lo que pasaba pero sobre todo por lo que se temía que pasaría a continuación. Porque era evidente que no se atisbaban razones suficientes para confiar en que tras el cuatrimestre maldito no vendrían otros cuatrimestres igualmente malditos.

No, más malditos, porque las posibles consecuencias económicas, sociales, políticas, exteriores, psicológicas serían previsiblemente más agudas. Me gustaría saber quiénes de la clase política se habrían planteado de verdad las tales consecuencias, que no eran solo eso de que España se había vuelto nadie en el panorama internacional, o que sobre ella se cernía la amenaza de más desempleo o menos producto interior bruto, o de una caída generalizada de la tensión psicológica popular que nos condujera a no se sabe qué o no se sabe dónde.

Todos deberíamos haber reflexionado mucho más sobre la necesidad de haber sostenido con espíritu firme el positivo momento psicológico alcanzado en las horas del 20-D. Como no lo hemos hecho, pues tendremos que hacerlo ahora, antes de que luego los lamentos solo sirvan para alimentar más la angustia de todo un pueblo. Claro.


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