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Opinión / Tribuna

Martina, la brava

Por María Jiménez 15 marzo, 2016 - 11:12

“Petra, ármate de valor porque ahora es cuando vamos a enfrentarnos al Ayuntamiento”. 

Cuando Martina Ulayar pronunció aquella frase corría septiembre de 1979. Hacía nueve meses que ETA había asesinado a su hermano, Jesús Ulayar, exalcalde de Etxarri-Aranatz, frente a la puerta de su casa de la calle Maiza. Ocurrió el 27 de enero: dos terroristas esperaron a que Jesús saliera de su domicilio y uno de ellos descargó su arma en presencia de su hijo Salvador, que entonces tenía trece años. Ante el revuelo que se levantó en la calle, Martina, que salía de misa, le preguntó a una vecina qué había pasado. “Han matado a tu hermano”, le espetó sin anestesia. “Aquí está el odio de este pueblo”, gritaría Martina segundos después a los pies del cadáver.

Ese 27 de enero la esposa, los hijos y los hermanos de Jesús Ulayar comenzaron a comprender la angustia que había sufrido el exalcalde. Rehicieron las piezas de un puzle compuesto de un ambiente social cada vez más maleado, de críticas al alcalde por la gestión de un solar, de manifestaciones que pasaban por delante de su casa coreando su nombre y de los largos silencios en los que se sumía Jesús. “Nunca nos dijo nada, pero debió de sufrir mucho”, se lamentaba Martina años después. También hubo quien lo acusó de “antivasco” y “fascista”, quien retiró el saludo a la familia y quien, el 24 de septiembre de 1979, cuando la Guardia Civil detuvo a los asesinos, fue al cuartel a pedir explicaciones. Los arrestados resultaron ser miembros del comando Sakana y vecinos del pueblo. Uno de ellos, incluso, era hijo de un primo carnal del asesinado.

El Ayuntamiento de Etxarri-Aranatz decidió entonces reunirse para discutir cómo podían ayudar a los detenidos. Era 24 de septiembre. Las dependencias del Consistorio se abarrotaron: además de los miembros habituales, llegaron personas de los pueblos cercanos, simpatizantes en su mayoría de Herri Batasuna. La gente ocupaba hasta las escaleras. Aquello llegó a los oídos de Martina, que decidió que había llegado el día de aclarar algunas cosas y le ordenó a su hermana: “Petra, ármate de valor porque ahora es cuando vamos a enfrentarnos al Ayuntamiento”. 

Muchos años después, sentada en la cocina de su casa, rememoró con detalle aquel momento. “Nosotras nunca habíamos ido al Ayuntamiento. Cuando llegamos, se hizo el silencio. Un portavoz estaba leyendo un escrito. Se me quedó grabada una frase: ‘Estamos en un clima terrorista asesino’. Luego preguntó que qué postura iban a tomar para defender a los cuatro detenidos. Cuando acabó de leer, se hizo otra vez el silencio, y yo dije: ‘Oye, según tú, estáis bajo ese clima terrorista asesino. Los demás, ¿qué diríamos?’. Me empezaron a silbar, a gritar ‘¡Fuera, fuera!’… Yo tuve mucha serenidad. Uno me dijo: ‘Si has venido a esta sala, di todo lo que sabes. Si no, no hubieras venido’. ¡Un descarado! En voz alta, dije: ‘¿Sabéis quién es el asesino de mi hermano? Vicente Nazábal’. Algunos empezaron a salir y otros se enfrentaron conmigo. Me dijeron que hablara en vasco. ‘¿Vasco? Ya te costará hablarlo tanto como yo, que lo hago desde niña’. Les dije que a todos a la vez no les podía contestar, que, por favor, me hablaran uno por uno, que les iba a responder a todos. En vasco, claro. Les dije también que no metía a todos en el mismo saco, que yo sabía quiénes habían ido al cuartel a pedir cuentas a los guardias y quiénes no. ‘Fuisteis a defenderlos’, les dije. Me empezaron a gritar pero, ¡ay, las que oyeron! No me callé por ninguno”.

Preguntada por cómo se sintió después de aquello, Martina respondió: “Yo descansé aquel día. Fue una terapia que me curó para toda la vida”.

Aun así, después vendrían otros episodios ominosos, como la fiesta de bienvenida a los asesinos de su hermano cuando salieron de prisión, su nombramiento como hijos predilectos del pueblo o el premio de lanzar el chupinazo de las fiestas. Pese a todo, Martina nunca se planteó marcharse.  “Nunca. Yo nunca me iré de aquí... Cuando me lo preguntan, yo respondo que todavía no le he estorbado a nadie. Nací aquí y aquí pienso morir. Nos han amargado la vida, he sufrido mucho, pero no tengo por que irme. Estamos en nuestro pueblo”.

Martina Ulayar falleció el pasado 9 de marzo en Pamplona, a los 80 años, tras sufrir un desgraciado atropello en la calle Mayor de Etxarri-Aranatz. A sólo unos metros de allí se encuentra el Ayuntamiento, donde esta “brava mujer”, como la ha definido uno de sus sobrinos, protagonizó una hazaña insólita gracias a una memorable dosis de valentía y por la que tendremos que estarle siempre agradecidos. 


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