Opinión / Tribuna

Calleja

Por María Jiménez 21 abril, 2020 - 21:47

La autora recuerda a José María Calleja, periodista vasco fallecido este martes a los 64 años víctima de coronavirus. 

El periodista José María Calleja . EFE/Ángel Díaz/Archivo
El periodista José María Calleja . EFE/Ángel Díaz/Archivo

A los cinco minutos de conocer a José María Calleja, se estaba secando las lágrimas. Y yo, sentada en un bar de Argüelles ante ese hombretón del que me había leído todo antes de ir a entrevistarle para mi tesis doctoral, que sabía de su valentía y de su arrojo, no entendía nada. Era el 12 de julio de 2016. Antes de encender la grabadora me recordó que era el aniversario del secuestro de Miguel Ángel Blanco. Las lágrimas se le cayeron cuando recordó a “las señoras en Ermua, de rodillas [se puso las manos detrás de la cabeza] y gritando ‘ETA, aquí tienes mi nuca” ante la sede de Herri Batasuna.

Se repuso rápido y fue el Calleja de sus libros, sobre todo de su ¡Arriba Euskadi!, ese ensayo en el que contaba escenas de la vida diaria en el País Vasco con absoluta premeditación “para que un señor que se toma un café en Jaén, sin ningún proceso mental, se de cuenta lo jodido que es tomarte un café en San Sebastián”. Cuando lo publicó, ya llevaba escolta. Vivió escoltado diecisiete años y medio. El detonante fue el asesinato de Gregorio Ordóñez, lo que él llamaba su “rompeaguas”. “Esto se ha puesto bravo”, le advirtieron desde la Consejería de Interior del Gobierno Vasco antes de asignarle a varios señores que se convirtieron en su sombra. Hasta en el mar. “A mí me gustaba mucho nadar, me iba a la playa y al principio ves mucha espuma, pero cuando vas más adelante, ves menos espuma, pero yo seguía viendo espuma. ¿Qué pasa aquí? Iba más deprisa y más deprisa la veía. Iba más despacio y más despacio la veía. Era como cuando vas por la calle y sientes que te siguen y aceleras. Me paro, miro atrás y era el escolta. ¡La madre que me parió!”.

Entonces trabajaba en Euskal Telebista como editor y presentador de informativos, un puesto que ni él mismo se explicaba cómo había conseguido, excepto por el hecho de que la cadena necesitaba audiencia. Allí hizo muchas cosas, aunque uno de sus grandes empeños fue arrebatar el lenguaje al nacionalismo radical. “Ortega Lara cumple el trigésimo sexto día sometido a la tortura del secuestro”, decía al inicio del informativo, delante de un calendario en el que iba tachando los días de cautiverio. “¿Usted es ahora más sensible con el dolor de los policías nacionales y los guardias civiles?”, le preguntó a Iñaki Esnaola después de un atentado. “¿Usted sabe a cuánta gente ha asesinado ETA?”, le soltó a Floren Aoiz, que no articulaba palabra, por lo que insistió: “¿Que si usted sabe a cuánta gente ha asesinado ETA?”. Fuera del plató, Aoiz le reprochó un “compañero, esto ha sido una emboscada”. “Punto uno: yo no soy tu compañero. Punto dos: ‘emboscada’ es un término militar que tú sabrás por qué aplicas, esto es una entrevista que se ha hecho como había que hacerla”.

Calleja reconocía que se crecía en la adversidad y ante la furia de aquellos que consideraban que él, “un español, en concreto un español de mierda”, dijera todo aquello en su televisión. Tampoco lo soportaban ilustres vecinos como Valentín Lasarte, que en su bar y cuando él salía en pantalla, rompía en alaridos: “¡Hijo de puta! ¡Cabrón! ¡Español!”. Fue antes de que lo detuvieran por matar a Gregorio Ordóñez.

El despido era cuestión de tiempo y ese día llegó y él lo recordaba perfectamente.

“Julio del 95. Me llama el director de la televisión pública y me dice aquella frase, dos puntos comillas: ‘Calleja, tu especial beligerancia con la violencia me plantea problemas en mi entorno’. Cierro comillas. Y yo, con esta cosa que tengo, le dije: ‘Joder, pues cambia de entorno’. No le hizo ni puta gracia. ‘Además, como vas con escolta, no puedes ser objetivo’. Y yo le dije: ‘Hombre, como soy objetivo, por eso me han puesto escolta’. No le hizo ni puta gracia. Pensé: ‘Estoy muerto’. Me ofreció una pasta. Yo cobraba un dineral, muchísimo dinero, pero muchísimo dinero, era sueldo de estrella porque era autónomo, no estaba en plantilla. Me ofreció un dineral, quitarme de los informativos y ponerme a hacer programas. Yo le dije que agur. Y pusieron a Uxue Barkos y en el Egin dedicaban páginas y páginas. Titulaban: ‘La caída’. La caída era yo, claro. Se ha ido el español que crispa y llega el sirimiri que acaricia la hierba, Uxue Barkos. Me pegué tres meses llorando”.

En la dedicatoria de ¡Arriba Euskadi! escribió: “Hay que tener la dignidad un par de peldaños por encima del miedo”. En los años duros lo cumplió. Entendía que era una responsabilidad ciudadana, por encima de su condición de periodista, y se conformaba con que una señora lo parara por la calle para darle las gracias por decir lo que ella pensaba o que Iñigo Iruin le hicera una confesión que él se tomó como “el mayor piropo periodístico y ciudadano que me han hecho en mi vida”: “Jose Mari, si supieras el daño que nos haces, siempre con esa ironía…”.

Luego, como confesaría en la entrevista, empezó a sufrir “miedo retrospectivo”: “Han pasado los años y te vienen angustias, llantinas y ese dolor que no me lo quito de encima cuando pienso: ‘Joder, estos no vuelven. Yo lo puedo contar pero la gente no vuelve’. No le das a un botón y dices que era una broma y empezamos otra vez. Cuando lees historias, cuando empiezas a recordar, a estar con la gente… Me entra una angustia, una congoja, que lo paso mal”.

Al poco rato de despedirnos, me escribió un mail. Decía que estaba “aún emocionado” con la entrevista y me daba ánimos con la tesis, que él también había afrontado con “antecedentes penales periodísticos”. Desde entonces, siempre estuvo. Presentó mi libro, me escribió por cada uno de los artículos que publiqué, vino a la inauguración de la exposición de Gregorio Ordóñez… También me avisaba cuando estaba en Cádiz, que le encantaba. Se reía a carcajadas cuando se sentaba en su terraza habitual y el camarero, después de servirle y verle cara como de estar en el cielo, le decía que a ver si “los etarras tienen cohones de venir aquí a hacerte algo”.

“Cada vez me cuesta más volver a Madrid”.


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