Opinión / Tribuna

Gregorio Ordóñez, un trending topic inesperado

Por María Jiménez 25 enero, 2016 - 22:55

El pasado domingo el diario Gara publicó una llamativa viñeta firmada por Tasio. 

Consistía en un bolígrafo suspendido en el aire y orientado en diagonal. El extremo del que debía salir la punta estaba hueco y de su interior surgía una nube de humo. En el otro extremo se veía la capucha colocada hacia abajo, como si fuese la empuñadura de un arma. El autor había colocado un punto de mira en la parte superior, lo que daba la pista definitiva de que aquel aparente bolígrafo era, en realidad, una pistola humeante. El título de la viñeta, “El relato”.

La obra admite interpretaciones. Quizá una de ellas sea que quienes antes utilizaban las armas para lograr sus fines, ahora saben que el poder no recae en una pistola ya disparada, sino en un bolígrafo que escriba eso que llaman “el relato”, que no es otra cosa que la versión de la Historia con mayúscula que quedará plasmada en los libros y que aprenderán quienes no han vivido los envites del hacha y la serpiente.

Sea o no la idea que el autor manejaba en su cabeza cuando trazaba el dibujo, lo cierto es que publicada en el medio que sigue siendo altavoz de las reivindicaciones de ETA y sus secuaces, al menos da una pista creíble de dónde están ahora sus prioridades. El tiempo de empuñar las armas ha pasado, parecen decir. La batalla se libra ahora en decidir quién empuña el bolígrafo.

Un par de días antes de publicarse la viñeta, Ana Iríbar, presidenta de la Fundación Gregorio Ordóñez, había firmado un artículo coincidiendo con el aniversario de la muerte de su marido a manos de ETA. En él se lamentaba de que no encontraba signos de victoria en el asesinato de Ordóñez cuando, 21 años después, los pistoleros no habían entregado las armas y más de 300 familias aún no saben quiénes mataron a sus familiares.

Al final del texto se aferraba, sin embargo, a su última esperanza: “Tal vez no ha llegado todavía el momento. Tal vez la victoria la consigan las generaciones que están por venir, alejadas de prejuicios y sectarismos trasnochados”. A continuación, añadía: “De ellos será tal vez la victoria, si son capaces de entender la Historia y de construir el relato veraz de lo sucedido”.

Ana Iríbar venía a poner sobre las espaldas de las generaciones del futuro una responsabilidad crucial: la de hacer justicia con la Historia. Señalaba sin ambages a aquellos que no han vivido la historia de ETA, a los que a duras penas aciertan a recordar un puñado de nombres de sus víctimas, a quienes apenas han manejado un libro de Historia en el instituto en el que se explique el currículum criminal de quienes pusieron en jaque a un país durante cinco décadas a golpe de bombas, de disparos y de miedo.

Y todo ello sin mencionar al enemigo al que tendría que enfrentarse ese pelotón de jóvenes soldados, articulado en un aparato cultural diseñado durante décadas por la izquierda abertzale con el objetivo de impregnar el último rincón de la existencia cotidiana con su blanqueante versión de lo ocurrido. Visto así, el reto se presume difícil. Sólo pasaron 24 horas para que surgiera un atisbo de esperanza.

El sábado 23 de enero la Fundación Gregorio Ordóñez organizó su ya tradicional homenaje a Gregorio Ordóñez ante su tumba, en el cementerio de Polloe, en San Sebastián. Sorpresivamente, el acto atrajo a un abanico de personas más amplio de lo habitual, cuando durante años eran las mismas caras conocidas las que se atrevían a cruzar las puertas del camposanto. Entre los asistentes se contaban varios periodistas de medios internacionales enviados a San Sebastián para cubrir la inauguración de la capitalidad cultural y desconcertados porque, mientras las instituciones enarbolaban el lema de la “convivencia”, una familia recordaba a su asesinado a los pies de su tumba. “Qué paradoja”, repetían.

Ese sorprendente interés también se reflejó en un ruedo complicado: Twitter. En un albero donde buena parte de sus usuarios aguardan con el colmillo afilado cualquier ocasión para descargar sus iras, no es habitual que alguien acapare comentarios siquiera amables de forma masiva.

Sin embargo, ocurrió algo inesperado. A partir de las once de la mañana, coincidiendo con el inicio del homenaje en Polloe, comenzaron a multiplicarse los tuits que mencionaban a Gregorio Ordóñez. Los tuiteros enlazaban vídeos con sus intervenciones en los platós de televisión frente a los mensajeros de ETA; reproducían las portadas de los periódicos que reflejaban la conmoción tras sus asesinato; o recordaban algunas de sus frases más contundentes, como aquella de que “con ETA sólo hay que negociar el color de los barrotes de la cárcel”. Pero sobre todo recordaban su valentía, su firmeza y sus principios, suficientes para que muchos confesaran que seguía siendo “un referente”.

Entre los tuiteros que mostraban su admiración también había algunas apreciaciones compartidas: “no lo conocí”, “no tengo recuerdos de él”, “tenía un año cuando lo mataron”. Otros no lo decían explícitamente, pero un vistazo por sus perfiles desvelaba que pocos recuerdos pueden amasar de aquel lejano 1995. Pero ellos, quizá las “generaciones del futuro” que mencionaba Ana Iríbar, también querían recordar a Gregorio. Puede que acabaran de descubrir su historia, pero la cuestión es que para ellos también se había convertido en un referente. A fin de cuentas, quizá el reto que planteaba su viuda no sea tan inalcanzable. Quizá, incluso, esté en buenas manos.


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