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Opinión / Tribuna

El comensal

Por María Jiménez 05 noviembre, 2015 - 9:47

“Sabía que querían matar a mi padre. A veces lo miraba transcribiendo entrevistas o leyendo libros y trataba de comprender los motivos.

La mayor parte del tiempo no tenía miedo, solo en los momentos en los que el peligro se hacía evidente. Por lo demás, vivía ajena al conflicto. Las historias de ‘La ETA’ y del asesinato de mi abuelo se mezclaban con otras que contaba mi padre sobre Pompeya, las bailarinas de Degas, el poema de ‘La princesa está triste’ y los hombres pájaro de Max Ernest”.

La cita pertenece a la novela El comensal, firmada por Gabriela Ybarra. La autora elige dos hitos de su biografía, y la de su familia, para armar la trama de la obra: el cruel asesinato a manos de ETA de su abuelo, Javier de Ybarra, en 1977, y la inesperada muerte de su madre en 2011 a causa de un cáncer que la fulminó en seis meses. Entretanto, Gabriela Ybarra reconoce que ha rellenado los agujeros de la memoria con la ficción, aunque existen pasajes descritos con una precisión tan milimétrica que resulta difícil creer que en ellos haya espacio para la imaginación.  

El valor de El comensal –más allá de su escritura limpia, su capacidad de acelerar o frenar el ritmo del relato sin exabruptos, o la soltura al redondear los párrafos- está en su propia existencia. Durante décadas, el terrorismo ha sido un espacio casi vedado para la literatura. Pocas obras –con excepciones brillantes como Los peces de la amargura, de Fernando Aramburu, u Ojos que no ven, J.A. González Sáinz- se han atrevido a abordar sin ambages lo que estaba ocurriendo a escasos kilómetros de nuestros mundos particulares.

El escritor Raúl Guerra Garrido, otro de los contados atrevidos en novelar el terror, aporta una explicación para esta omisión escandalosa en un texto que escribió para la obra Relatos de plomo. Para él, todo era una cuestión de miedo. “El miedo se instaló en el cuerpo social decidiendo todo un código de comportamientos, una forma de entender la vida bajo la amenaza a soslayar”. Continúa explicando que había “una moda del miedo, una arquitectura del miedo, unas diversiones del miedo, hasta por ausencia una literatura del miedo, los periódicos salían sin editorializar, o sea sin opinión, y todas estas características cristalizaron en un paisaje urbano del miedo definido en paredes pintarrajeadas y sudarios intocables, sabanas con esotéricos mensajes que únicamente las inclemencias meteorológicas se atrevían a descolgar. Fue la socialización de la violencia sin utopía”.

Ahora que ETA ya no mata, es hora de ponerse a contar. Hay que hacerlo en tercera persona, sí, recogiendo los testimonios de los supervivientes, preguntándonos qué hacíamos nosotros mientras todo aquello estaba ocurriendo y admitiendo que en alguna ocasión, como apuntaba Raúl Guerra Garrido, sucumbimos al miedo.

También se puede contar en primera persona, como hace Gabriela Ybarra. Y también, por qué no, con trazas de ficción, para llegar quizá allí donde no alcanzan los recuerdos ni las crónicas de la época. La autora, aunque escudada en lo imaginario de algunos pasajes, se abre en canal para contar una parte de la historia de su familia, del dolor, del miedo y de la supervivencia. El suyo sólo es el relato de un puñado de las centenares de vidas que ha marcado el terrorismo. Pero si a veces las pequeñas historias encierran un mundo entero, El comensal es sin duda una de ellas.




 


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