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Opinión / Opinón

Jesús Ulayar, nuestro 'Txato'

Por Manuel Sarobe Oyarzun 17 enero, 2021 - 17:30

El autor repasa la figura de Jesús Ulayar y la terrible presión social a la que el pueblo de Etxarri-Aranaz sigue sometiendo a los vecinos no abertzales. 

Salvador y José Ignacio Ulayar, en uno de los actos celebrados a las puertas de la casa familiar en Etxarri-Aranaz, donde fue asesinado su padre. Jesús Ulayar, por la banda terrorista ETA.
Salvador y José Ignacio Ulayar, en uno de los actos celebrados a las puertas de la casa familiar en Etxarri-Aranaz, donde fue asesinado su padre. Jesús Ulayar, por la banda terrorista ETA.

El "Txato" es el malhadado protagonista de la novela "Patria"; Jesús Ulayar, el de otra titulada "Morir para contarlo", escrita por su hijo Salvador.

El primero es un personaje de ficción; el segundo no, aunque nadie lo diría, pues hemos vivido todo cuanto Fernando Aramburu narra en su aclamado bestseller; y el biográfico relato de Salvador Ulayar es tan cruel que parece salido de una mente sádica.

A ambos hombres buenos los mató ETA. Sus historias presentan dramáticas similitudes. El hostigamiento que padecieron en sus pueblos de origen, que el nacionalismo vasco animalizó. El doloroso distanciamiento de los acobardados amigos conforme se iba dibujando una diana sobre aquéllos. Su negativa a huir de sus raíces, aún sabiéndose sentenciados. Los múltiples disparos que les descerrajaron vecinos de su propio municipio, a escasos metros de sus casas. La encomiable entereza de sus prematuras viudas.

El abyecto papel de los párrocos locales. La lacerante comprobación de que su muerte no puso punto y final al sufrimiento, sino que fue un eslabón más de un calvario infinito. Las secuelas psicológicas que arrastraron sus desamparadas familias, víctimas también. El ostracismo al que fueron condenadas mientras, para su escarnio, los verdugos eran ensalzados. La legítima búsqueda de justicia, tachada de provocación. También la ausencia de todo ánimo de venganza en unos damnificados que concedieron su perdón a quienes poco o nada hicieron para merecerlo.

La responsabilidad penal es siempre individual. La del asesinato de Jesús -que incluía una indemnización de siete millones de pesetas, recaudados mediante cuestación popular- recayó sobre Vicente y Juan Nazábal Auzmendi, Jesús María Repáraz Lizarraga y Eugenio Ulayar Huici, pariente del tiroteado.

Pero a dicha responsabilidad hay que añadir, en este caso, la colectiva de un pueblo convertido, por mor de las decisiones de su Ayuntamiento, en un parque temático de la ignominia. Repasemos la lista de los horrores.

El Consistorio -con mayoría del PNV- no reconoció a los tribunales que juzgaron a los criminales y pidió su libertad. Sus fotografías se exhibieron en el balcón de la casa consistorial. Ya en prisión, recibieron dinero de unas arcas municipales sin fondos para socorrer a la viuda y los cuatro huérfanos. En el lugar en el que Ulayar fue ejecutado colocaron contenedores de basura. La plaza contigua pasó a denominarse «Plaza de los gudaris». Ya libres, los malhechores fueron agasajados como héroes. Vicente Nazábal fue nombrado hijo predilecto merced a la abstención de PNV y EA. Nafarroa Bai desoyó la petición de revocar esta infamia cuando, tras la ilegalización de ANV, ocupó todas las concejalías. El asesino –que pateó en la calle a un hijo de Jesús- fue distinguido con el lanzamiento del chupinazo en las fiestas patronales. El concejal batasuno del ramo pidió a los Ulayar dinero para financiar el programa festivo, que exaltaba a los criminales. Los verdugos figuran como víctimas en el “mapa del sufrimiento” elaborado por el Ayuntamiento y subvencionado por el Gobierno de Uxue Barkos.

El tormento para los Ulayar continúa -imagino- viendo a Bildu en el puente de mando de Navarra merced a unos socialistas que ya les fallaron en 2004, desmarcándose del reconfortante homenaje a Jesús que congregó en Etxarri a dos mil personas. Aduce el PSN, tratando de sacudirse en vano el oprobio que le perseguirá por asociarse con los herederos políticos de ETA, que la banda ya no mata. Algo tan cierto como la absoluta falta de sincera contrición de los abertzales por su siniestro pasado. Y es que, también en este caso, la realidad supera a la ficción pues, a diferencia de lo que acontece en “Patria”, donde se atisba un principio de atrición y reconciliación, ni el matarife de Jesús se ha arrepentido, ni los etxarriarras parecen querer zafarse del nacionalismo exacerbado que, pretextando liberar a un pueblo, llenó tumbas y cárceles, a la vista de los 10 concejales sobre 11 que Bildu obtuvo en las últimas elecciones, gracias -todo sea dicho- a la ausencia, por miedo, de candidaturas de Geroa Bai, PSN y Podemos. El único concejal de Navarra Suma acude protegido. No les estoy hablando de los años de plomo. Está sucediendo ahora.

Harán falta varias generaciones para extirpar todo el odio acumulado en este enclave tan necesitado de concordia, cuyas paredes siguen profanadas por la apolillada propaganda proetarra -en casa Ulayar todavía se lee hoy "Gora ETA"- ante la vergonzante pasividad de las autoridades. Lástima que la eficiente pareja de forales que se apresuró a destrozar el icónico beso entre María Chivite y Bakartxo Ruiz que nos regaló LKN no esté destinada en esta zona. Pintadas que -como si no hubieran tenido ya suficiente- continúan convocando a la lucha a unos jóvenes que recuerdan a Hiroo Onoda, el soldado japonés que perseveró combatiendo treinta años, ignorando que la II Guerra Mundial había acabado... El "Día del inútil", con el vejatorio "Tiro al fatxa" que los jueces consienten, tampoco contribuye precisamente a apaciguar Etxarri, que nos recibe con una bandera de Navarra -sin corona-, la ikurriña y una estelada catalana. Villa donde -y hablo por experiencia propia- hay gente magnífica, silente ante el opresivo ambiente que les atenaza.

Sugerí a su alcaldesa un acto de desagravio a la familia Ulayar. No he recibido respuesta. Pero también hay margen para la autocrítica, pues creo que la sociedad civil debería pedir perdón a las sufridas víctimas del terror por no haberlas arropado suficientemente cuando más lo necesitaban.

Dice Salvador Ulayar que "nuestro país no se merece sus víctimas, pues éstas han estado muy por encima de una nación que tardó décadas en mirarlas de frente e intentar ponerlas en valor". Cuánta razón tiene.


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