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Opinión / Opinón

Su guerra, nuestra guerra

Por Manuel Sarobe Oyarzun 15 marzo, 2022 - 10:13

Emociona ver la respuesta de la sociedad navarra al grito de socorro del pueblo ucraniano.

Un hombre sostiene una bandera ucraniana en una calle de Kieve que ha sufrido los daños de los ataques rusos. 

Sergei Chuzavkov/SOPA Images via ZUMA Press Wire/dpa
Un hombre sostiene una bandera ucraniana en una calle de Kieve que ha sufrido los daños de los ataques rusos. Sergei Chuzavkov/SOPA. ZUMA Press Wire/dpa

El pasado mes de enero devoré “Nunca”, el último “best-seller” del aclamado Ken Follett. El autor de “Los pilares de la tierra” abandona la Inglaterra de la Edad Media para sorprendernos con un vertiginoso thriller político y militar ambientado en la actualidad. Su adictiva trama me dejó desasosegado.

Y es que una mecha prendida en un recóndito paraje africano acaba desembocando en un conflicto planetario con misiles nucleares cruzando el Atlántico. El desasosiego obedecía a que esa historia con tan apocalíptico final resultaba inquietantemente verosímil. Nada hacía presagiar entonces que, pocas semanas después, estaríamos inmersos en un escenario mundial cuya realidad supera la ficción del escritor de Cardiff.

Hemos tomado súbitamente consciencia de que las guerras en Occidente no son materia reservada a los manuales de Historia, sino una realidad trágicamente recurrente; de que un tanque no es un anacrónico artilugio bélico, sino una mortífera arma que circula hoy por nuestro continente sembrando destrucción. Me pregunto si la exhausta Europa que ha sobrevivido al horror de dos guerras mundiales puede siquiera imaginar que una chispa desencadene una tercera que, con unas potencias nucleares que acumulan 15.000 bombas atómicas, probablemente sería la última, como predijo Einstein…

Lo que se suponía un paseo militar para Putin ha resultado no ser tal. La heroica resistencia de quienes luchan a brazo partido por conservar su preciada independencia, recuperada en 1991, equilibra la superioridad ofensiva de quienes, creyéndose enviados a unas maniobras, han acabado siendo carne de cañón de un megalómano que perderá esta guerra -ya la ha perdido a nuestros ojos- por muchas batallas que gane. Y es que los rusos se han convertido en los nuevos parias de un mundo del que se resisten a quedar desconectados, como evidencian las largas colas en busca de la última hamburguesa de un Mc Donalds, icono de la globalización llegada con la Perestroika de Gorbachov. Muchos jóvenes occidentalizados van a conocer, treinta años después, lo que fue la URSS. Y les aseguro que no les va a gustar nada.

Con la guerra arriba el drama migratorio, aunque tengo por seguro que los ucranianos, a nada que puedan, regresarán a su país para rehacer sus vidas, si es que Putin deja algo en pie. Y es que siempre he admirado en los ciudadanos del Este con los que me he cruzado sus fuertes convicciones y su abnegación para salir adelante, con el amargo recuerdo de los años de dominación soviética grabado a fuego. Qué tendrá el comunismo que todos los países que vivieron bajo el yugo de Moscú ansían abrazar la Unión Europea y la OTAN. No me pregunten por qué, pero Rusia es el único destino del que en su día salí con la certeza de que no volvería a pisarlo.

Nuestros corazones albergan una generosidad infinita para con los refugiados ucranianos, pero la capacidad de acogida es limitada. Quizás por ello deberíamos replantearnos las prioridades. Pasaportando, por ejemplo, a aquellos llegados de fuera que han dado sobradas muestras de no tener intención alguna de aprovechar la oportunidad que se les ha brindado para labrarse un futuro mejor. Me refiero a los irrecuperables que alteran cada día más nuestra convivencia, alguno de los cuales acumula más de un centenar de detenciones; a los que dilapidan, en suma, unos preciados recursos que hoy meritan otros mucho más necesitados de ellos. Porque una cosa es ser generoso, y otra muy distinta hacer el canelo. 

Emociona ver la respuesta de la sociedad navarra al grito de socorro del pueblo ucraniano. Los centros de ayuda están desbordados; las familias de acogida se aprestan a alojar sine die a quienes hasta ahora solo nos visitaban por vacaciones. Pero también importa lo simbólico. El bueno de Juan Carlos Unzué bien podría estar acompañado en un Chupinazo cuyas imágenes dan la vuelta al mundo por alguno de estos navarros de adopción llegados de la fría estepa huyendo de la muerte. 

Algo inimaginable con una alcaldía de Bildu, que se ha negado a condenar la invasión rusa. Tiene suerte Asirón de que los ucranianos no puedan votar en las elecciones municipales, aunque nadie debería hacerlo a una formación que rechazó, textualmente, el compromiso “con los valores democráticos, con la paz, el respeto a la legalidad internacional, los derechos humanos, así como la solidaridad y la cooperación humanitaria con el pueblo ucraniano”. ¿Dónde está el problema, Joseba? Nuestros primarios abertzales, que no desaprovechan ninguna ocasión para mear fuera del tiesto, no han tenido la habilidad de los nacionalistas catalanes, que han cortado de raíz los flirteos con la Rusia de Putin que el “procés” afloró.

Toca reflexionar sobre lo extraordinario de tantas décadas de paz y bienestar, rotas aquí solo por ETA; sobre los sacrificios que estamos dispuestos a hacer para defender unos derechos y libertades que creíamos garantizados, más allá de pagar dos euros el litro de gasolina o de reducir un grado la temperatura de la calefacción; sobre nuestra determinación para infligir a Putin un daño tal que le haga desistir de toda tentación de considerar que Ucrania no es sino el primero de una larga lista de países a invadir; sobre si la inacción de la comunidad internacional frente al conflicto con Georgia o a la anexión de Crimea explica cuanto ahora está sucediendo; sobre si estamos cometiendo con Putin los mismos errores que con el insaciable Hitler, a quien se le consistió demasiado antes de que la invasión de Polonia desencadenara la última gran guerra. Recuerden la lapidaria frase sobre la guerra y el deshonor que Churchill espetó a Chamberlain cuando vendió Checoslovaquia a las ansias expansionistas nazis…

Alguien dijo con mucha razón que los pueblos que no conocen su historia están condenados a repetirla. Y eso pasa hoy por aceptar que la guerra de Ucrania, querámoslo o no, es también nuestra guerra, con todo lo que ello significa.


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