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Opinión / Tribuna

La farsa de EH Bildu con la soberanía de Navarra

Por Manuel Sarobe Oyarzun 18 diciembre, 2022 - 9:19

Desmontemos tamaña falacia con la misma claridad argumentativa con la que los buenos de Epi y Blas nos explicarían en Barrio Sésamo la diferencia entre cerca y lejos, tras apuntar que ni ellos mismos saben exactamente qué quieren.

La candidata a la presidencia del Gobierno de Navarra por EH Bildu, Laura Aznal (d), junto con el coordinador nacional de la formación abertzale, Arnaldo Otegi (c), durante el acto político celebrado en el frontón Labrit de Pamplona. EFE/ Villar López

Hay artículos cuya lectura no resulta especialmente atractiva por tocar temas muy manidos. Algo de ello sucede con este, que versa sobre la contumacia con la que la izquierda abertzale insiste en obtener el favor de los navarros invocando la soberanía, siendo así que ellos son los únicos que amenazan la nuestra. Un engaño que se prolonga desde hace décadas, reiterado en el mitin recientemente celebrado en el frontón Labrit al que asistieron sus primeros espadas, incluida la presidenciable Laura Aznal.

Desmontemos tamaña falacia con la misma claridad argumentativa con la que los buenos de Epi y Blas nos explicarían en Barrio Sésamo la diferencia entre cerca y lejos, tras apuntar que ni ellos mismos saben exactamente qué quieren, pues lo mismo hablan de nación vascona, de república confederal vasca, o afirman, como Otegi en Pamplona, que su patria es Euskal Herria y “su Estado es Navarra.”

De acuerdo con la Ley de Amejoramiento de 1982, las instituciones en las que se basa nuestro autogobierno son el Parlamento o Cortes de Navarra, el Gobierno de Navarra o Diputación Foral, y su Presidente. Si triunfara la ensoñación bildutarra todas ellas desaparecerían, pues nuestro viejo Reyno quedaría reducido a un herrialde o provincia más de Euskadi. ¿A esto es a lo que llaman soberanía?

El Parlamento Foral representa al pueblo navarro, ejerce la potestad legislativa, aprueba los presupuestos y controla la acción de la Diputación. Esta institución hunde sus raíces en la Curia regia, posteriormente Cort general o Cortes de Navarra, que ya en 1253 incorporan los estamentos representativos de “todo el pueblo del regno de Navarra”. De consumarse el proyecto abertzale, nuestra cámara echaría el cierre a cambio de los 25 parlamentarios que nos asignarían en el legislativo de Vitoria, de apabullante mayoría nacionalista. El Gobierno Foral sería sustituido por el Ejecutivo con sede en la capital vasca. Faltos de presidente, los navarros pasaríamos a ser súbditos del lehendakari. La ikurriña -diseñada en 1894- se convertiría en nuestra bandera oficial. La roja con cadenas y corona que ahora nos aúna -usada ya en 1556- completaría uno de los cuatro cuarteles que nos reserva el escudo de Euskadi, del que en su día fue retirada tras sentenciar los tribunales que solo Navarra podía disponer de sus símbolos. ¿A todo esto es a lo que llaman soberanía?

A ello seguiría el desmantelamiento de los restantes organismos propios de nuestra comunidad. La Policía Foral, que data de 1928, sería fagocitada por la Ertraintza, creada en 1982, como ya sucediera con el Cuerpo de Miñones alavés. La fiscalización de las cuentas públicas no correspondería por más tiempo a la Cámara de Comptos, erigida en 1365, sino al Tribunal Vasco de Cuentas Públicas, que vio la luz en 1.988. El ararteko reemplazaría a nuestro Defensor del Pueblo… Y así, todo. ¿A esto, disculpen mi insistencia, es a lo que Laura Aznal llama soberanía?

Laminadas nuestras instituciones públicas, ¿qué sucedería con nuestro derecho privado? La Ley 5/2015, de 25 de junio, regula el derecho civil vasco con una forzada vocación uniformizadora, pues las normas privadas han regido históricamente en ámbitos territoriales limitados -el Fuero de Vizcaya, en su Infanzonado o Tierra Llana; el Fuero de Ayala, en los municipios de Ayala, Amurrio, Okondo y algunos poblados de Artziniega; el de Guipúzcoa, en dicha provincia-. La reseñada ley crea la hasta entonces inexistente vecindad civil vasca. Frente a ello se alza nuestro Fuero Nuevo, un corpus iuris civilis integral -con 596 leyes o artículos, frente a los 146 de la norma vasca-. ¿Los unificamos también a martillazos? ¿Por qué se obstinan en mezclar el agua y el aceite?

Hay que tener poca autoestima como navarro para abrazar las tesis abertzales. Y es que cuesta creer que haya quienes se encuentren más cómodos sometiéndose a la tutela de terceros; quienes ansíen que sean otros, más allá de nuestra muga, en Vitoria o en Sabin Etxea, los que decidan por nosotros. Conste que nada tiene que ver ello con el hecho de sentirse -como yo mismo- vasco navarro, sino con los que equivocadamente concluyen que albergar dicho sentimiento exige integrarse en un ente político que desborda las fronteras de nuestro viejo Reyno.

La España de las autonomías es un país muy descentralizado, más incluso que algunas repúblicas confederales. Pretender a estas alturas una independencia que convierta a Euskadi en el Estado número 194 de la ONU es una quimera que solo cabe en las infantiles mentes de quienes se han empachado de las simpáticas historietas de la irreductible aldea gala de Astérix.

Navarra es ya, de facto, cuasi soberana, pues salvo en materia de acción exterior y defensa, prácticamente todo cuanto nos afecta lo decidimos aquí. Así llevamos haciéndolo exitosamente desde hace un milenio, como Reyno, Provincia Foral o Comunidad Foral. Los servicios públicos que peor funcionan son, de hecho, los prestados por el Estado, como los relacionados con la Seguridad Social o la Extranjería, en cuyas inexpugnables oficinas quien más trabaja es el guardia jurado apostado en la puerta para impedir el paso a todos aquellos a quienes les resulta imposible obtener una cita para ser atendidos presencialmente. Un problema, recuerden, del que José Luis Arasti tuvo la ocurrencia de culpar al escaso interés por opositar que, a su juicio, tenemos los navarros.

El mitin bildutarra dio para más. Laura Aznal apostó por una Navarra “más justa y democrática”. Tengan por seguro que la novel política no será quien rompa las cadenas que atan a los abertzales a su siniestro pasado. Así las cosas, hay que tener muy poca vergüenza para que los valedores -no arrepentidos- de una banda terrorista menten la justicia; o para que quienes todavía hoy son incapaces de condenar el asesinato de aquellos políticos que no comulgaban con su proyecto totalitario -Adolfo Araiz sabe de esto más que nadie- pretendan darnos lecciones de democracia.

También abogó Aznal por el reparto de la riqueza, anunciando un aumento de la presión fiscal. Considera quizás que todavía no se ha deslocalizado el suficiente número de empresas. Para repartir riqueza lo primero que hay que hacer es crearla, algo que compete a unos empresarios a los que Bildu maltrata. Su hostil política tributaria está vaciando Navarra de emprendedores al tiempo que se multiplican los funcionarios. Entre tanto Urkullu, también nacionalista pero sin duda más listo que Aznal -y que Barkos- anuncia que actualizará la fiscalidad para mantener la competitividad, atraer la inversión y captar proyectos tractores. El problema de Navarra no es tanto haber sido gobernada por nacionalistas, sino haberlo sido por los más lesivos para nuestros intereses de entre todos ellos.

Particularmente impostada resultó su defensa del sector primario teniendo en cuenta que Bildu ha aprobado una reforma impositiva que, sustituyendo los módulos por una estimación directa especial, ha elevado sustancialmente la carga fiscal de agricultores y ganaderos, a lo que se añade su cerril oposición al Canal de Navarra, que niega a los labriegos el agua que imploran sus cada vez más sedientos campos.

La bildutarra se refirió finalmente a los “obscenos beneficios” de la banca y de los laboratorios privados. Olvida la ruina a la que nos condujo la gestión pública de las Cajas de Ahorro, o el esfuerzo ímprobo de las empresas farmacéuticas que en un tiempo récord nos han provisto de vacunas contra el Covid, algo que difícilmente habrían conseguido unos funcionarios trabajando de 8 a 3.

El programa de Bildu es tan falso como el ridículo chupa-chups al que han reducido la bandera y el escudo de Navarra, al que amputan la corona que simboliza nuestra soberanía. Una elocuentísima metáfora de su más absoluto desprecio por la misma. Si quieren votarles, háganlo, pero no invocando soberanía, sino sumisión; no en nombre de la justicia o de la democracia, sino de su secular negación, y tampoco buscando el progreso, sino la vuelta a las políticas más pueblerinas. Y recuerden que para implementar las ocurrencias bildutarras lo mismo da votarles a ellos que a unos socialistas desnortados, incapaces de negarles nada a quienes les han aupado al poder. Tanto monta, monta tanto, Aznal como Chivite.


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