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Por la bandera que nos une

Por Manuel Sarobe Oyarzun 14 agosto, 2022 - 13:17

Bandera de Navarra en la Plaza de los Fueros de Navarra. IÑIGO ALZUGARAY
Bandera de Navarra en la Plaza de los Fueros de Navarra. IÑIGO ALZUGARAY

Dice Tim Marshall, autor del libro “El poder de las banderas”, que una bandera es un emblema cargado de emoción capaz de evocar sentimientos tan fuertes, que el pueblo seguirá incluso a su tela de colores entre las balas, y morirá por lo que simboliza.

El vexilólogo José Manuel Erbez opina que la gente necesita identificarse con un grupo, y que la bandera es una forma muy sencilla de expresar una idea muy compleja. Gustave Flaubert abogaba, en cambio, por su desaparición, arguyendo que todas ellas están manchadas “de sangre y de mierda”.

Aunque los estandartes y símbolos pintados en una tela fueron usados ya por los antiguos egipcios, asirios y romanos, la invención de la seda por los chinos propició la propagación de las banderas por su histórica ruta comercial.

A finales del siglo XVIII surge la necesidad de identificar la nación con un emblema, lo cual dota a las banderas de una enorme carga simbólica. Dos de ellas representan poderosamente la voluntad popular. La francesa evoca la revolución contra la flor de lis de la monarquía absoluta. El afamado cuadro de Eugène Delacroix con la Libertad, alegorizada en la bella Marianne, guiando al pueblo empuñando la tricolor, es el símbolo de la república gala. La estadounidense encarna el alumbramiento de la nación tras la guerra de Independencia.

Hay fotos icónicas, como la de unos soldados alzando trabajosamente la bandera de EE.UU. en la cima del monte Suribachi durante la batalla de Iwo Jima. Stalin quiso competir con ella con la que Yevgueni Jaldéi inmortalizó el 2 de mayo de 1945 a un combatiente ruso ondeando la bandera roja encaramado al tejado del Reichstag berlinés, conmemorativa del triunfo soviético sobre el nazismo.

Por aquí, aunque la bandera de Navarra fue creada oficialmente en 1910, el historiador Luis Javier Fortún documenta su uso ya en 1556, en la proclamación de Felipe II como rey.

El paño rojo está presidido por el escudo de Navarra -con las cadenas arrebatadas a Miramamolín en la épica Batalla de las Navas de Tolosa (1212)- timbrado por la corona real, que evidencia la inequívoca voluntad del Viejo Reyno de seguir siendo una comunidad diferenciada en el seno de la Monarquía Hispánica. Un pasado incómodo para el mundo abertzale, que mutila dicha corona y patrocina una pseudoenseña -más parecida a la de Macedonia del Norte- degradada a estandarte de un herrialde más de su imaginaria Euskadi.

Argumenta acertadamente Fortún que la permanencia del símbolo de una comunidad política de forma inalterable durante más de cuatro siglos y medio evidencia su solidez y el celo desplegado por las sucesivas generaciones para mantenerla en pie, contra viento y marea. Esa conducta -concluye el sabio- es un llamamiento para preservar nuestra comunidad política diferenciada, transformada y adaptada al mundo actual, capaz de proyectarse hacia el futuro, segura de su personalidad, sin hipotecas ni diluciones.

Los sucesivos gobiernos forales no se han destacado precisamente por fomentar la identificación de los navarros con la enseña que sintetiza lo que fuimos y lo que somos, ni siquiera para contrarrestar la tantas veces impuesta -incluso a sangre y fuego- ikurriña. La única iniciativa al respecto ha partido del alcalde iruindarra, izando la macrobandera que ondea, majestuosa, en la Plaza de los Fueros capitalina.

La decisión no ha estado exenta de polémica. Podemos, Izquierda Unida, Batzarre e Independientes de Pamplona exigieron que su erección se sometiera a votación, petición curiosa teniendo en cuenta que entre todos ellos no suman un solo concejal.

Se ha criticado, sobre todo, su elevado coste, que atribuyo a su solidez constructiva. No podemos permitirnos otra pasarela del Labrit. “No soy lo suficientemente rico como para comprar barato”, decía acertadamente el barón Edmond de Rothschild.

Aunque el coste se antoja un pretexto, estoy dispuesto a comprar dicho argumento. Para neutralizarlo propongo sufragar mástil y bandera mediante una suscripción popular. Así se financió exitosamente el Monumento a los Fueros que conmemora La Gamazada. Reintegremos al Ayuntamiento los 100.000 euros gastados para que los destine a fines sociales -el Banco de Alimentos imploraba recientemente esta misma cifra…-. Insto aquí y ahora a que alguna personalidad o entidad de la máxima confianza, preferentemente apolítica, recoja el guante y vehiculice la cuestación, brindándonos de este modo a todos la ocasión de demostrar nuestro compromiso personal para con la enseña foral y, de paso, ayudar a los más necesitados. Consideraría un orgullo poder contribuir a ello. La bandera de Maya pasaría a ser así la bandera de todos.

No debería ser difícil alcanzar dicho objetivo pues, según el CIS, los navarros somos los españoles con mayor sentimiento de pertenencia a su comunidad. Y es que todos nosotros, desde el cashero de Bortziriak que apenas balbucea el castellano hasta el ribero más socarrón, estamos hermanados por la bandera roja que, dada su vocación inclusiva, también acoge a los llegados de lejanas tierras.

Y si no somos capaces de apoquinar los 15 míseros céntimos por cabeza que ello supone, que la arríen y la guarden en un cajón, pues no seríamos merecedores del valioso legado que nuestro pedazo de tela representa. No acabemos llorando, vayan ustedes a saber como qué, lo que no supimos defender como navarros. Y todo ello sin caer en el patrioterismo barato, y sin excluir la adhesión a cualesquiera otras banderas, igualmente respetables.


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