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Las plañideras de Otegui

Por Luis del Val 27 agosto, 2016 - 9:00

Que la Ley se aplique no debería ser noticia en los estados normales, pero España, como decía un viejo eslogan del franquismo, es diferente. Y no sólo eso, sino que ese cumplimiento provoque que un nutrido grupo de plañideras lloriqueen por una cuestión tan normal.

Las plañideras de Otegui se dividen en cuatro clases: las plañideras obligadas; las plañideras consecuentes; las plañideras afines y las plañideras sorprendentes. En el primer grupo se encuentras todos los palmeros de ETA, forofos y admiradores de los asesinos que pegaban un tiro en la nuca a un hombre arrodillado, o lo secuestraban, y a esos criminales les han denominado siempre "soldados" o gudaris, que queda más fino.

En el segundo grupo están los beneficiarios del nogal agitado, expertos en recoger nueces, miembros acrisolados del PNV, que se referían a los asesinos como "los chicos", y ahí está Urkullu, ejerciendo de plañidera mayor, terriblemente dolido porque el tipo que secuestró, entre otros, a un hombre elegido para el Parlamento, tenga que cumplir la Ley, como cualquiera.

Luego, están las plañideras afines, comunistas de siempre con collares diferentes, pero ladrando su entusiasmo ante todo lo que suponga mover los pilares del sistema, tan comprensivos como Iglesias, peregrinando a los erikotabernas para mostrar su solidaridad con los de las pistolas (hay vídeos que todavía circulan por la Internet).

Y, finalmente, se encuentras las plañideras sorprendentes, quiero decir esas plañideras que no proceden de ninguno de esos grupos y que, además pertenecen a partidos algunos de cuyos miembros fueron víctimas de los verdugos. Entre ellos, la que lloriquea con más entusiasmo es la Batet, que de estar casada con un miembro del PP ha pasado a ser la divorciada que más sufre por Otegui. Claro que, como todo el mundo sabe, las plañideras no lloraban de verdad, sino por la paga. Y cada una de estas plañideras les mueve un interés. Porque Otegui puede causar desprecio o temor, pero es difícil que suscite compasión.


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Las plañideras de Otegui