Opinión / Director del Observatorio Internacional de Estudios sobre Terrorismo (OIET).

En nombre de la paz

Por Juanfer F. Calderín 01 marzo, 2016 - 7:54

Es curioso cómo algunas acciones, bien preparadas y encuadradas de forma adecuada en la opinión pública, pueden hacer que determinados personajes sean recordados por las virtudes que se desprenden de un acto concreto. 

En estos casos, los fines no importan, sí los medios, la acción concreta. Algo así le paso a un tipo llamado Strom Thurmond.

Abogado, político y militar, lo que más se recuerda de él es que aún hoy es el máximo exponente del filibusterismo, una técnica de obstruccionismo parlamentario. Consiste en bloquear la aprobación de una ley gracias a un discurso de muy larga duración.

En 1957 Thurmond quiso prepararse para una labor titánica. Cenó un buen filete, se enfundó un traje claro y le añadió una corbata oscura, echó mano de pastillas para la garganta y de tabletas de malta. Restaban seis minutos para las nueve de la noche del 28 de agosto. Y comenzó a hablar. Lo hizo sin parar hasta las 21.12 horas del 29 de agosto. A lo largo de 24 horas y 18 minutos habló y habló escudándose en la lectura de la Declaración de Independencia y en discursos de presidentes americanos. Lo logró, su intervención pasó a la Historia como el discurso de bloqueo más largo.

Cuando poco queda para que se reciba con honores al preso de ETA Arnaldo Otegi –así le define la sentencia que le metió en prisión–, hay que reconocer que ha logrado convertirse en el Thurmond de la paz. Hoy Otegi es ensalzado por quienes siguen justificando el terrorismo de ETA y por algunos de los que se opusieron y aún se oponen a presentar a terroristas como personas comprometidas. Si bien Thurmond utilizó un discurso para construir la leyenda, Otegi se sirvió de un posicionamiento: dijo que la violencia de ETA ya no es la respuesta, que no cree que ETA deba seguir asesinando.

No fue el primero. También hay Thurmonds en Irlanda del Norte, un lugar modelo para la izquierda abertzale, un lugar en el que el atrezo es capaz de construir referentes de paz aunque estos llamen “objetivos legítimos” a víctimas del IRA. Aunque estos se nieguen en público a condenar brutales atentados terroristas como el perpetrado contra cinco soldados británicos en octubre de 1990. En aquella ocasión, el IRA Provisional obligó al cocinero Patsy Gillespie a conducir un coche bomba contra su voluntad –su familia estaba retenida– para que este explotase en un el control fronterizo. Patsy y cinco soldados volaron por los aires. Quien se negó a condenar ese atentado terrorista se llama Martin McGuinness y es miembro del Sinn Fein, el Sortu norirlandés. Lo hizo en 2013, cuando era viceministro principal de Irlanda del Norte. Aún lo es.

Hoy en Irlanda del Norte el Sinn Fein, como Sortu, el partido de Otegi, justifica a diario la conveniencia de haber asesinado a seres humanos, pero lo hace desde el Gobierno y controlando carteras tan claves como la de Educación. ¿Cómo es posible? Todo por la paz. McGuinness y su Sinn Fein han abrazado la paz. Como Otegi, como la izquierda abertzale, han dicho en alto que ya no es necesario matar.

Situar como ejemplos de convivencia o de paz a personas como McGuinness o el propio Otegi supone ensalzarles por la escenografía que adoptan para presentarse ante la opinión pública. Primero lo hizo el Sinn Fein y hoy, pese a que la experiencia norirlandesa está ahí para ser consultada, lo hace la izquierda abertzale. Encajan su narrativa utilizando un discurso que descarta la utilización futura del terrorismo para alcanzar objetivos políticos. Eso sí, ese mismo discurso concibe la paz como la ausencia de terrorismo, no como la presencia de Justicia. La Justicia, claman, es venganza. La paz…

Algo pasa. Thurmond es recordado por haber pronunciado el discurso de bloqueo más extenso de la historia de Estados Unidos; en definitiva, por llevar a cabo una acción decorada con tintes heroicos que hoy es rememorada en sí misma. Lo que no suele aparecer en las referencias a Thurmond es que hizo lo que hizo para bloquear una legislación a favor de la igualdad de derechos entre blancos y negros.

Quienes ensalzan a Otegi justifican su proceder presentándole como alguien que pide la paz. Sin embargo, dejando a un lado el atrezo heroico de un pronunciamiento medido, puede que las conclusiones sorprendan a muchos. Y es en este punto donde entra la afamada paz. ¿Es la paz la ausencia de terrorismo o la presencia de Justicia y de dignidad? Quienes escojan la última opción estarán protegiendo a las nuevas generaciones de planteamientos antidemocráticos, sectarios y adoctrinadores. Quienes se decanten por la primera opción hacen bien en ensalzar a Otegi en nombre de la paz. 


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