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Opinión /

Yo, mientras viva, seguiré recordándolo

Por Juan Frommknecht 12 noviembre, 2020 - 10:14

 Aquí hubo y sigue habiendo mucho miedo. Y aquí, últimamente, se quiere mentir sobre lo que pasó. 

Una furgoneta cargada con 25 kilos de amonal y abundante metralla estalló al paso de la tanqueta en la cuesta de Larraina de Pamplona el 16 de octubre de 1988 y mató al Guardia Civil Julio Gangoso Otero. FOTO: RELATOS DE PLOMO
Una furgoneta cargada con 25 kilos de amonal y abundante metralla estalló al paso de la tanqueta en la cuesta de Larraina de Pamplona el 16 de octubre de 1988 y mató al Guardia Civil Julio Gangoso Otero. FOTO: RELATOS DE PLOMO

Me ha gustado el relato de mi vecino de columna, Javier Ancín, relatando los crímenes de ETA que él conoció directamente. Además de una idea acertada, me parece un ejercicio de memoria absolutamente necesario para que, al menos nuestro relato escrito, llegue a otras generaciones y sepan que pasó aquí, en su tierra, no hace tantos años.

En medio de un clima en el que parece que los agredidos eran los terroristas y los agresores la ciudadanía a la que al parecer querían liberar, o los policías que le protegían, contaré con un cierto desorden cronológico, tal y como van saliendo de mi recuerdo, hechos y circunstancias que marcaron mi vida y que el relato oficial se olvida de contar, vividos cuando tan solo era un niño un adolescente o un joven, y por lo tanto, permítanme, en aquella época totalmente inocente de cualquier cargo en contra que me hiciera merecedor, ni a mí ni a nadie, de vivir lo que viví.

Uno de los primeros recuerdos extraños e impactantes, cuya relación con ETA no relacioné hasta muchos años después, fueron las reuniones de ciertas celebraciones familiares de cumpleaños en las que nos juntábamos unas pocas personas, entre ellos un tío de mi padre. Yo sabía que era policía, sin más. Desde 1979 aproximadamente, descubrí que iba siempre armado, incluso con dos armas. Esta situación se produjo hasta mucho después de su jubilación. Hace unos cuantos años descubrí que por aquellas fechas en las que empezó a ser ostensible su prudencia, ETA había asesinado a sus compañeros y amigos Joaquín Imaz y Carlos Sanz Biurrun.

Vivía mi familia en uno de los primeros números de la avenida de pío XII, y aquello me hizo ser testigo de varios acontecimientos que el relato olvida, y que un niño nunca debiera haber visto. 

Creo que uno de los primeros que tengo conciencia es el asesinato del Teniente Coronel Prieta en las proximidades del Colegio del Huerto. Recuerdo pasar por allí pocos días después y ver todavía flores puestas. Luego supe lo que había pasado. Aquel hombre era el padre de mi luego compañera y amiga Paz.

Con aquella edad íbamos muy a menudo, todas las semanas al Club natación. Yo tendría 12 años. Era habitual cruzarse con una tanqueta que vigilaba un centro de Iberdrola. Un día la tanqueta sufrió un atentado, la reventaron. Murió un policía. Desde entonces, una pequeña especie de porche de piedra ubicado a la izquierda de la entrada a la carretera por donde se accede al Club, frente al puente de la Magdalena, quedó destrozada, hasta que no hace demasiados años quitaron los últimos restos.

La cercanía de mi casa con la jefatura superior de tráfico me llevó a conocer desde 1982 al menos tres atentados con bomba contra el edificio. A la segunda, estábamos tan acostumbrados que cada vez que oíamos de noche un estruendo pensábamos: ¡Habrán puesto otra bomba en tráfico! En el 83 la bomba fue contra la sede del Banco Bilbao Vizcaya a la altura de Sancho el Fuerte 59. Fue un señor bombazo que escuchamos perfectamente a no más de 250 metros de casa.

Creo que era por esas fechas cuando quienes apoyaban a los terroristas empezaron a quemar coches franceses (Citroën y Renault), o con matrículas francesas. Vi a alguno arder en Lekeitio, y otro una vez ardido en Pamplona.

También tuvimos que esperar muchas veces a que las manifestaciones en la Bajada de Labrit amainaran para poder volver a casa después de entrenar. Vimos atacar y cruzar  Villavesas y coches en las calles de lo viejo, fui desalojado junto con mis abuelos y hermanos de la casa de estos en la calle Estafeta por un aviso de bomba.

El día de Santiago de 1984 estaba con mi familia en Lekeitio cuando ETA asesinó, en pleno centro, a un policía municipal, Juan Rodríguez Rosales. En un pueblo de veraneo, por el camino que había que coger para ir o volver a la playa, nadie vio nada.  Yo tampoco. Vi el lugar del asesinato muy pocas horas después de ocurrido, pero no encontré a nadie que supiera en el pueblo que había pasado…o que me lo quisiera contar, meses antes ETA se había cargado el día de mi santo a escasos metros del puerto a un pescador, pero en aquella ocasión el crimen había sido de noche y hubo tal silencio sobre el asunto que ni me enteré.

La más terrible experiencia que viví relacionada con estos hechos fue el asesinato de mi amigo Alfredo el 30 de mayo de 1985. Lo he contado muchas veces así que no me detendré aquí ahora. Solo decir que fue aquel atentado el que me hizo adoptar para siempre una actitud militante contra el terrorismo.

Pocos meses después vi el cuerpo del general Atarés asesinado en la vuelta del castillo, a escasos 200 metros de mi casa. Desde entonces, todos los días, para ir y volver al colegio pasaba primero por donde la iglesia de la Paz, donde a diario la policía militar desplegada en vehículos recogía a un alto mando, y pasaba por el lugar exacto del asesinato del general. Tal vez por eso decidí, muchos años después, promover un recuerdo a todas las víctimas antes de navidad en ese lugar.

Recuerdo también la bomba contra Roche Bobois, en el cruce de pío XII con Sancho el Fuerte, a 100 metros de mi casa, en el 87. Les juro que yo no me movía, eran las desgracias las que ocurrían a mi alrededor.

Y la desgracia estuvo a punto de consumarse. No sé si fue el 89 o el 90, pero recuerdo perfectamente que era época de exámenes, y que bajé a la calle, para ir creo que a la universidad, un minuto después que mi hermana. Oímos una explosión grande. Yo estaba el portal del número cinco de pío XII, sin embargo, nada ardía, nada se había roto. Tras mirar un rato, continué mi camino. Al volver a casa Susana y yo nos enteramos que habíamos estado más cerca que nunca de una desgracia. ETA había colocado un lanzagranadas oculto en un carrito de niños en el inicio de la avenida de Barañain. No se había construido todavía el Civican de Pío XII. Junto a ese carrito estaba un grupo de alumnas de Miravalles, entre ellas la que después sería mi mujer, a la que entonces no conocía. La idea era atentar contra la camioneta de policía que solía proteger el domicilio de dos personas muy amenazadas que vivían allí. El retroceso del disparo hizo que la granada se elevara y explotara en la fachada de pío XII 3, sin causar apenas daños. Estuvimos a muy pocos metros, no tan siquiera quince. Es más, a los días, un amigo policía, con un instinto digno de encomio, se dio cuenta de que un coche viejo que usaba mi hermana tenía un agujero en el malero. Nos pidió examinarlo y se llevaron el coche. El agujero lo había producido la espoleta de la bomba, que quedó incrustada en el interior. Yo estaba en el momento del impacto a cuatro metros. Espero que jamás me vuelva a pasar metralla tan cerca.

Después de aquello, que recuerde con claridad, tan solo encuentro una noche en la que explotaron cuatro bombas seguidas, una ellas en la avenida Bayona, que también oímos perfectamente y, por supuesto, también recuerdo al rector de mi universidad siempre escoltado. La universidad donde, estudiamos el señor Asín y yo,  ha sufrido, como bien reflejó en su artículo, varios atentados.

En 1998 mi mujer tenía una charla con José Luis Diez en los edificios inteligentes. Fue allí donde se enteraron de inmediato del asesinato de Tomás, a quien tanto Sara, como sobre todo José Luis y yo conocíamos. Creo que fueron de los primeros en saberlo. No recuerdo si se trasladaron al lugar, muy cercano a donde estaban.

Y aquí dejo el relato de la normalidad que me tocó vivir. Lo dejo porque en 1999 accedí a un cargo público, y por lo tanto, en la mentalidad terrorista, me convertí en culpable y objetivo. Así que solo me he referido a las cosas que viví en una época en la que era inocente hasta para la propia ETA. Los  asesinatos de amigos, cuerpos destrozados, años con escolta y miedo al convertirme en objetivo a partir de ese año, no los narraré, pues están ya dentro del “algo habrá hecho”, tan popular entonces, que justificaba cualquier atrocidad.

Y sí, hice algo. Me rebelé contra tanta violencia e injusticia que como a todos los pamploneses me tocó vivir, e hice cuanto pude para que aquello acabara. Hoy que ETA está no existe, me rebelo contra el olvido y contra la perversión de la batalla del relato. Aquí se asesinó a servidores públicos que vivían en condiciones inaceptables, morían sin saber dónde estaba el enemigo y se trasladaba sus cuerpos con prisa y sin respeto a sus lugares de origen. Aquí vivieron cientos de servidores públicos en un clima de máxima hostilidad por parte de unos y de mínima empatía por parte de la mayoría. Se extorsionó a empresarios y empresas, se pusieron bombas,   murió asesinada mucha gente, se mutiló a otros, siendo todos, con uniforme o sin él,  seres humanos inocentes. Aquí hubo y sigue habiendo mucho miedo. Y aquí, últimamente, se quiere mentir sobre lo que pasó. 

Puede que dentro de treinta años nadie recuerde lo que fue e hizo ETA. Yo, mientras viva, seguiré recordándolo.


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Yo, mientras viva, seguiré recordándolo