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Vasi, se te ha bajado el equipo entero

Por José Mª Esparza 07 mayo, 2017 - 19:50

A falta de un cuarto de hora, Vasiljevic quitó a su único delantero para cerrar la sangría de goles con dos líneas de cinco y evitar otro resultado de escándalo. Lo consiguió.

El jugador hispano brasileño del Valencia Rodrigo Moreno (i) marca gol ante Osasuna, el cuarto del conjunto Che, durante el partido disputado en el estadio de Mestalla. EFE/Kai Försterling
El jugador hispano brasileño del Valencia Rodrigo Moreno (i) marca gol ante Osasuna, el cuarto del conjunto Che, durante el partido disputado en el estadio de Mestalla. EFE/Kai Försterling

La historia se repite en cada partido, casi en cada jugada, en todos y cada uno de los jugadores. La temporada pesa y, se nota, los futbolistas solo aspiran a ver pasar los minutos a toda velocidad, para evitar un varapalo mayor que el anterior. Decía Vasiljevic esta semana que ningún jugador se ha bajado y que todos pugnan por subirse. Lo cierto es quien se ha bajado es el equipo entero. Nadie se encuentra a gusto en medio de semejante marrón, de tal chaparrón que supone cada jornada. Hay que ser de mármol para aguantar ante miles de espectadores, millones contando la tele, el sonrojo que supone a la plantilla de Osasuna cada partido fuera de El Sadar.

En casa resulta diferente. Con el calor de la afición hay otra vida. El equipo se sostiene no tanto por sus sensaciones futbolísticas, por lo demás muy parecidas a las exhibidas en Mestalla, como por el empuje incesante de la grada que le impide bajar la guardia. Siempre ha sido muy distinto jugar a domicilio que en terreno propio, pero en el caso de este Osasuna media un abismo. En El Sadar aguanta a duras penas, aunque solo haya ganado un partido, pero es que fuera le resulta ya imposible. En Valencia salió derrotado desde el inicio, y con el primer gol se hundió en el abismo, sin que nadie pudiera sujetarlo. En cambio, en Pamplona lo mantiene el griterío. Ante el Granada volverá a pisar césped como si no sumara 88 goles en contra.

Cuando Ezequiel Garay inauguró el marcador, a Salvatore Sirigu ya se le cambió el semblante. Y tras el segundo, casi se fue del partido. Aturdido, perdió toda la motivación, deambulaba en lugar de andar, en vez de estirarse extendía la mano. No hablaba con sus compañeros, ¿para qué? Vagaba como un alma en pena. ¿Dónde me he metido? ¿qué es esto?. “Recibo más goles que en toda mi vida”, pensaría. Lo mismo le ocurría a Vujadinovic, tan descompuesto que falló balones claros, que la grada valenciana, solidarizada con su sufrimiento, le animó en diversas ocasiones. A sus lados tenía a David García y a Fuentes. En el banquillo a John Steven, quizás como premio a su primer gol en Primera.

Lo mínimo que se le puede pedir a un jugador en la máxima categoría del fútbol, y más si se trata de un defensa, es que aguante físicamente la carrera de cualquier rival. Si en el Valencia estuviera aquel ‘Piojo’ López, a nadie extrañarían las excepciones a tal exigencia, pero no era el caso. Lo que no tiene acuse de recibo es que un defensa pierda carreras con éste, con aquél, y con el de la moto. Lo que no puede ocurrir es que el entrenador solo reaccione ante el desaguisado cuando ya son cuatro los goles en contra y la cosa lleva camino del escándalo. En Pamplona el sábado próximo aflorará el orgullo, no queda otra ante tu gente. En Valencia y en tales circunstancias resulta imposible acordarse de él.

 El tándem Vasiljevic-Alfredo alineó cinco atrás, tres en medio y dos adelante, que en realidad se trató de un 5-4-1 con Sergio León perdido a su surte en la soledad de su destino, ya que Oriol Riera trabajaba más en tareas de contención y apoyo al centro del campo. Cuando el Valencia marcó el cuarto, quitó al futuro delantero del Betis y sacó al ‘Flaco’ Olavide para cerrar del líneas de cinco y juntarlas más, que hasta entonces habían permanecido cada una por su lado, sin orden alguno. Si a este desbarajuste se añaden los errores puntuales en la contención, la goleada queda servida, y eso que el equipo de Voro jugó a medio gas, apoyado en su enorme superioridad y confiado en su mayor solvencia.

Para cualquier futbolista del mundo resulta imposible aguantar semejante chaparrón físico, y sobre todo mental, pese a lo cual no puede decirse que cada rojillo no tire de profesionalidad y de lo que haga falta, pero no puede sino terminar cada partido con la autoestima más baja que al empezar. Cuando Miguel Olavide anotó el gol de la honrilla, su primero en Primera División, ni siquiera dibujó es sonrisa personal de complacencia. Las circunstancias colectivas pesan más que los logros personales. Cada profesional trata de cumplir lo mejor posible, pero Vasi debería admitir que el equipo como tal se le ha bajado entero, como también él mismo, que acabó inmóvil en el banquillo, entre su compañero Alfredo y su impotencia.

Eso sí, el próximo sábado en El Sadar y ante el Granada, a empezar de cero. Otro partido, otra historia. La fiesta continuará, regresará el orgullo y la grada se lo pasará en grande. Entonces la plantilla no debería sacar una pancarta de agradecimiento sino quince mil, una por cada uno de los quince mil incondicionales que han soportado estoicamente esta temporada de récords negativos. Lo mismo debería hacer el club, cumplir con algún detalle, una macro pancarta de “volveremos”, o lo que sea. Recibir a la afición con idéntico agradecimiento, sabedor de que una victoria ante el Granada facilitaría acabar la temporada fuera del farolillo rojo y salvar la temporada. Increíble. ¿Quién da menos?


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